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Si la literatura es un país donde vivimos una vida alterna que, como dice Vargas Llosa, puede ser mucho más satisfactoria que la “real”, entonces hay que concluir que la “nación letrada” ya no tiene una sola capital. Durante muchos años –aquí y en todas partes- existió un “establishment” literario: unas figuras rectoras e imprescindibles; unas editoriales cuyas publicaciones tenían un efecto consagratorio; una “intelligentsia” enjuiciadora y unas corrientes centrales en el sentido de temas y modos privilegiados por los escritores del momento.


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