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“Steal, steal, steal”. Eso le recomendó a Lázaro Calderón la directora de escena Joanna Marestta, con la que trabajó mientras hacía su maestría en la Universidad de Memphis, en Tennessee, en el campo de “vocal performance opera”.

“En su inglés más o menos nos decía ‘roba, roba, roba’ y eso es lo que yo he hecho en cada lugar que canto: observar cómo los expertos desarrollan sus personajes y aprender, aprender, aprender”, resalta el tenor puertorriqueño radicado en Nueva York, quien retornó el pasado fin de semana, como Camille di Rosillon, para la puesta de la opereta “La viuda alegre”, con la participación de Antonio Barasorda, Hilda Ramos y Rosa Betancourt en los papeles principales.

La opereta exige actuación de los cantantes, así que esta vez la lección provino de Joaquín (Jarque) y Ernestito (Concepción) “que tienen mucha tabla en la actuación”.

“Los uso de ejemplo y pido mis ‘pointers’ para desarrollar mi personaje. Cada experiencia hay que aprovecharla”, señala y expresa su emoción de compartir escenario con voces como las de Hilda Ramos y Barasorda -a quienes escuchaba cuando apenas hacía coros- y con Rosa Betancourt, “con quien estudié en el Conservatorio de Música”.

Ya ha aprendido este sanjuanero egresado de la universidad musical de Puerto Rico que en el escenario todo es nuevo cada vez que sube el telón.

“Cada vez que estás en el escenario es una experiencia de aprendizaje, no importa que lleves cuarenta años cantando. Y es mucho más fácil para los cantantes de ópera utilizar como muletilla, hasta cierto punto, el cantar para ayudar a la actuación, pero uno tiene que ponerse en su sitio y lo he aprendido”, asegura.

No siempre pensó así. En las ediciones del 2002 y el 2003 participó de las audiciones que celebra el Metropolitan Opera Council en Puerto Rico y en el 2002 logró el primer lugar en aria italiana. Un integrante del jurado, Charles Briecker, le dio un consejo.

“Me dijo ‘no le van a dar espacio a tu voz, vete y te puedo hacer mejor’ ”, recuerda las palabras del profesor de canto que vino a la Isla como parte de las audiciones del programa adscrito al Metropolitan Opera House.

“No le hice caso el primer año”, recuerda. “Y cuando ya estaba cansado y estaba a punto de retirarme de esto le dije: ‘tenías razón, haz algo por mí’. Me ayudó a conseguir una beca y en la universidad conocí a la mezzosoprano Mignon Dunn -que cantó con Justino Díaz y Antonio Barasorda-, que aún hoy sigue siendo mi maestra”.

Que no se olvide

En el 2004 inició su carrera profesional, asegura el tenor que describe su voz como “lírica, agradable al oído y recordable”.

“Al principio eran papelitos pequeños, fui alterno de las audiciones 2007 del Chicago Lyrics y finalmente ese año hice Rodolfo en mi primera ‘La Boheme’, en Nápoles, Italia. Desde ahí todo ha seguido viento en popa”, cuenta y hace una pausa para tocar madera con sus nudillos.

Comprobó que su mundo estaba donde lo invitaran a cantar, porque es lo que más anhela. En esta etapa de su carrera lo más que interpreta es repertorio bel cantista.

“Mucha gente critica que la ópera es para la elite, pero me di cuenta en Italia que el más pobre y el más rico la disfrutan porque es parte de su cultura. En Europa se estima esa forma de arte a diferencia de aquí”, compara, y confiesa que aspira radicarse en dicho continente en algún momento de su carrera.

La ciudad de Houston, en Texas, ha sido benévola con su carrera. Allí hizo a Riccardo Percy, en “Anna Bolena”, dirigido por Enrique Carrión Robledo.

“Aprendí mucho del rol y las críticas fueron buenísimas. La gente allí me quiere muchísimo. Cuando cantas, lo que comes es el aplauso del público y la reacción hacia mí fue bien positiva”, manifestó quien ahora regresa a Houston a encarnar a Tebaldo en “Capuleti e Montecchi”, de Bellini.

“Esta es mi pasión y mi carrera. Estoy agradecido de poder decir que hoy vivo de esto”, culmina Calderón.