El cineasta mexicano Alejandro González Iñárritu reflexiona sobre el impacto que crea en el individuo mudarse de su país natal.
El cineasta mexicano Alejandro González Iñárritu reflexiona sobre el impacto que crea en el individuo mudarse de su país natal. (The Associated Press)

Esta semana el director mexicano Alejandro González Iñárritu se unió al grupo de cineastas que ha estrenado su filme más arriesgado bajo el financiamiento y la distribución de Netflix. “Bardo: falsa crónica de unas cuantas verdades” ya está disponible en un número limitado de cines en los Estados Unidos, y en las salas de Fine Arts en Puerto Rico, para poder cualificar para las próximas nominaciones al Oscar. El filme luego estrenará en la plataforma digital de Netflix el 16 de diciembre.

Independientemente de donde el espectador vea su nuevo filme, Iñarritú ha creado una propuesta audiovisual que tiene que ser vista en la pantalla grande para poder experimentar toda su ambición, profundidad y poder. La película funciona como un experimento cinematográfico que gira alrededor de la crisis existencial de un aclamado periodista, interpretado por Daniel Giménez Cacho, que se ve obligado a examinar los traumas de su vida personal, profesional y del país que abandonó en búsqueda de nuevas oportunidades.

Durante una conferencia de prensa en Beverly Hills, el director de “Amores Perros” y “Birdman” discutió con un grupo selecto de periodistas porque no considera que su filme es una autobiografía y como la intimidad que se logra en pantalla es lo que le da a la producción su valor universal.

Después de ver el filme habrá mucha discusión del significado de Bardo. ¿Como lo definiste tú?

AGI- Pues para mí es ese espacio entre medio de cuando algo muere o termina. Algo está a punto de transformarse pero no ha llegado al final todavía. Y es algo que está lleno de incertidumbre. Así es ese espacio donde no es una cosa o la otra. El proceso de hacer el filme fue una forma de poder reflexionar que cuando uno emigra de su país, algo dentro de uno muere. Desde ese momento se crea una dualidad de quien eras cuando vivías en tu país y quien eres cuando estás afuera. Y hay este espacio entre medio que no pertenece a ninguno de los dos lugares, y ese es el que habitas constantemente. Para mí el filme fue una forma de tratar de expresar ese sentimiento como inmigrante.

Con un filme tan personal, ¿fue diferente el proceso de crear el guion?

AGI- Para mí el proceso de escribir el guion requirió que cerrara mis ojos y poder dar un paseo por mi memoria. En ese sentido, todo lo que está en el filme viene directamente de mí. El proceso fue bien similar a limpiar un clóset. Yo estoy cercano a cumplir 60 años y llega un momento donde uno dice, es mucho lo que tienes acumulado. Es hora de dejar ir y hacer espacio para otras cosas (Sonríe) Hay mucho de los últimos 25 años de mi vida que fue parte del proceso de escribir la película. No hay nada de mi infancia, porque en realidad no la recuerdo. Tengo solo tres fotos de cuando era niño. Más nada. Y por alguna razón no tengo acceso a memorias de ese momento de mi vida. Me encantaría, porque sería excavar lo que creó el punto de partida de quien soy. Pero por alguna razón esa parte está bloqueada. Así que eso me llevó a darle una mirada a las últimas dos décadas y las vivencias que si me han definido y de cómo llegué hasta este momento. Fue un proceso bien profundo de revisar con detenimiento todo los sentimientos que llegaban con esa introspección. Una vez me di cuenta que eso era la clave para el proyecto me tardé cuatro años en sacar todo del clóset y ponerlo sobre la mesa. No solo cosas íntimas y personales de mi vida. También hay elementos de la memoria colectiva de mi país y eventos que nos han cambiado permanentemente como mexicanos.

Durante las rondas del estreno de Bardo en festivales has refutado el que el filme sea una autobiografía. ¿Por qué te resulta problemático clasificar la película de esa forma?

AGI- Durante el proceso de trabajar en el guion me di cuenta que definitivamente no estoy interesado en hacer una biografía, primero porque sería la biografía más aburrida del mundo. La realidad es que para mí las biografías son problemáticas porque no hay forma de confirmar que lo que estás presentando pasó de esa forma. Hay una hipocresía inherente en eso. Es como uno lo recuerda, porque no hay forma de confirmar que así fue. Así que yo opté por traicionar esa realidad en mi memoria y buscar algo más puro en la ficción. Yo siento que la ficción es una forma más poderosa de revelar lo que está debajo de lo que construimos como la verdad. Así que tomé todo y lo convertí en ficción para poder entenderlo mejor. Creé a Silverio Gama como un alter ego, pero luego del proceso, él no soy yo. Y cuando me tocaba llegar a la filmación y dirigir al actor, nunca pensé. ‘Él me está interpretando’. Él estaba interpretando a Silverio, un personaje que en muchas ocasiones me hizo sentir empatía y muchas otras no me agradaba para nada. Pero eso fue una forma de crear distancia del material para poder procesarlo mejor como director y lograr que fuera universal. Eso no quita que fue un proceso de creación bien íntimo. Mientras más íntimo y más personal eso es lo que permite una conexión universal. Pero para yo lograr eso tenía que poder mirar al personaje y saber que él no era yo. De esa forma el filme termina siendo un paseo por el subconsciente de este personaje donde sus vivencias personales se mezclan con el contexto de su identidad y su cultura. Eso me permitió ir de momentos triviales de humanidad a examinar el trauma de la conquista de México, que es una de muchas heridas que no se han sanado en mi país. Tener esa escala y poder explorar como una cosa esta atada a la otra fue mucho más gratificante que colocar todo eso en el contexto de una biografía.

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