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Desde el siglo 17, su larga historia ha estado ligada a la prohibición.

Con solo sentir el olor, al abrir la botella, le comienza a salivar la boca a muchos. Baja suave con un calentón que se amarra a la garganta. A algunos, hasta les eriza la piel. El uso no es un secreto; mucho menos la producción. Cuando toca la hora del brindis, hasta el que menos bebe se da el trancazo. El que lo lleva, se convierte en el héroe de la fiesta. Aunque ilegal, el que lo consume sabe bien dónde y a quién se lo compra.