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La ilusión de hallar nuestra imagen proyectada en aquella ciudad se desvaneció. Aquel era un lugar con respuestas, mientras los puertorriqueños vivíamos atascados en las preguntas. (Laura N. Pérez Sánchez)

No eran  las ocho de la mañana y el azote del calor al salir del aeropuerto me transportó, por un momento, de regreso a casa. Pero estaba muy lejos. Con 24 horas y media de vuelo, comenzaba un recorrido por el paraíso prometido de ideólogos y políticos boricuas de todo tipo. Singapur, la república más próspera del sureste asiático, está en las antípodas de Puerto Rico y, como comprobaría durante mi visita, esa distancia no es solo geográfica. 

Fueron motivos de asueto los que me llevaron hasta el otro lado del mundo, pero bastó medio día por las calles de esta ciudad estado para saber que Singapur me enseñaría tanto de sí como de la realidad de la isla caribeña que mantendría a mano en el recuerdo durante todo el recorrido. 

Porque, después de tanto escuchar mentar a la Ciudad del León como uno de los ejemplos a seguir por la colonia más antigua del mundo, las comparaciones entre ambas naciones fueron, más que inevitables, necesarias. 

¿Sería posible encontrarnos en el reflejo que nos ofrece el espejo de esta ciudad? 

A Singapur no llegué sola. Junto a mí, 30 puertorriqueños arribaron a la joven república y sumaron un sello más a sus abultados pasaportes turísticos. Antes de partir, varios amigos me cuestionaron: ¿por qué Singapur? Es cierto que les ofrecí mis razones, pero es igualmente cierto que, una vez allí, me asaltó la misma pregunta sobre mis compañeros de viaje: ¿qué buscan tres decenas de boricuas en esta pequeña isla al otro lado del mundo?

Lo que encontramos, con cada visita y con cada nueva explicación social y cultural que nos ofrecía Victoria, nuestra guía turística, fue un catálogo de retos que ha afrontado Singapur a lo largo de su historia que son perfectamente familiares para nosotros -pequeña extensión territorial, limitados recursos naturales, incluso, epidemias del virus del dengue-. Pero hasta ahí llegaban las similitudes. A cada problema que nos relataba Victoria, le seguía el recuento de una solución.

“Como nuestros recursos naturales son limitados, el mejor recurso que tenemos son los singapurenses”, dijo Vicky en su casi perfecto español. Ella decía esas frases tan contundentes sin saber que me forzaba a despojarme del sombrero de turista para recordar la cara, la voz y los gestos de los políticos que repiten lo mismo en Puerto Rico como si fuera un lema. 

En mi mente rondaba una pregunta obligada: ¿cuántos de esos apreciados singapurenses están sin empleo? Victoria -triunfal como su nombre castellano-,  nos dijo que el nivel de desempleo no supera el 2%. El nuestro, confesamos sin remedio, ha rondado el 16% en los últimos años. Así, poco a poco, afloraron las diferencias.

Vicky nos habló de inversiones en la industria de biotecnología y del puerto de trasbordo; que la primera desarrolla una vacuna contra el dengue y que el segundo, el motor económico del país, es el de mayor tráfico en el mundo, luego del de Shanghái. Si ella lo hubiera sabido, seguro que lo mencionaba antes, porque fue decir “puerto” y de inmediato captó la atención del grupo que, hasta ese momento, parecía más interesado en sus propias conversaciones.

“Igualito que el de Ponce”. “Cuéntaselo a Mayita, a ver qué dice”. La guía reía sin saber de quién hablaban ni qué pasaba con un puerto en Ponce. No sabía Vicky que las vistas del estrecho de Singapur, colmado de buques de carga a la espera de su turno para entrar al puerto, fueron para algunos de los boricuas que llegamos hasta su país una cruel estocada. 

Para los que conocían del proyecto inconcluso en aguas del Caribe, ver materializado el sueño a 12,000 millas de distancia provocó bromas y burlas, aunque igual cantidad de lamentos. Lo que se prometió y no fue, la constatación de que la utopía borinqueña es una realidad palpable en otro punto del planeta.

El espejo devolvía respuestas, pero los puertorriqueños seguíamos atascados con tantas preguntas en la cabeza. 

Después de tantas historias de éxito, confieso que salí a la calle en busca de unos cuantos fracasos. 

Cerca del hotel en el que me hospedaba, todo relucía con la pátina del lujo. La sensación de estar en una ciudad recién nacida, erigida a imagen y semejanza de los deseos más osados de sus creadores, me empujó a los barrios históricos. Quería conocer el verdadero Singapur.

El primer destino sería el barrio chino, hogar de la herencia cultural de casi el 75% de los más de 5 millones de habitantes de esta isla superpoblada, que, por increíble que parezca, cabría 14 veces en Puerto Rico. 

Aunque todo estaba cerca, me transportaría en metro a casi todos los lugares. En parte, para huirle al calor, pero, más que nada, por curiosidad. Al llegar a la estación seguí confirmando mitos: estaba tan limpia que parecía que acababan de cortar la cinta inaugural. “Si esto fuera en Puerto Rico…”, fue la frase más repetida por quienes me acompañaban, seguida de una subida de mentón y una trompa dubitativa. 

Los suelos inmaculados de la estación me trajeron a la mente el cliché de que podría sentarme a comer allí mismo. Tan pronto se me ocurrió, y  aunque no pensaba hacerlo, me convencí de que seguramente me lo impedirían porque, como también corroboré, en Singapur, el civismo se ha alcanzado a fuerza de leyes represivas. Aparte de que todavía está vigente la pena de muerte para crímenes como el narcotráfico, las multas por arrojar basura pueden llegar hasta los 1,000 dólares y, encima, el castigo puede incluir 12 horas de trabajo en la limpieza de áreas públicas, vistiendo un distintivo chaleco que no dejará duda a los conciudadanos sobre la falta cometida.

Ya en el tren, y sin que diera tiempo para mucho más que advertir que la higiene era tan absoluta como en las afueras, la voz del altoparlante avisó que nos acercábamos a la estación de “Chinatown”. Ese mensaje, primero en inglés, se repetiría en seguida en mandarín, malayo y tamil para cumplir con cada uno de los cuatro idiomas oficiales de esta república, que el próximo año cumple 50 años de fundación.

De esta forma, nos paseamos unos cuantos puertorriqueños a lo largo y ancho de la zona colonial, donde, además del chino, están los barrios árabe, malayo e indio. Al recorrer estas callecitas, repletas de  tiendas, restaurantes y templos que evidenciaban la multiculturalidad de Singapur, y la aceptación de cada una de estas etnias, empecé a esbozar una respuesta a la pregunta que rondaba  mi cabeza desde hacía mucho y que imaginaba que se alojaba también en la de algunos de mis compañeros de viaje. ¿Qué diferencia a este pueblo del nuestro? ¿Por qué aquí ha cuajado el proyecto que en Puerto Rico pisó y no arrancó?

Y de inmediato recordé una anécdota que me había hecho Vicky, en uno de esos momentos cuando ambas caminábamos adelantadas al grupo y yo aprovechaba para sacar todas las preguntas que había traído en el equipaje.

Mientras hablábamos sobre la carrera de Fórmula 1 que se celebra en Singapur en septiembre en uno de dos trazados urbanos del circuito internacional, Vicky me explicaba que las calles que recorrerían los monoplazas no existían hace solo unos años. La zona turística de Singapur está enclavada en una fracción de las decenas de kilómetros de terreno ganados por los singapurenses al mar y se convirtió en el lienzo en blanco donde inversores locales y extranjeros echaron su imaginación a volar. Aquí todo es grande y todo es caro. Es la zona más cotizada y, aun así, el gobierno de Singapur -en una muestra inequívoca de pragmatismo- cedió una parte a Malasia. 

Las razones para este acuerdo, aunque insospechadas, parecen lógicas: Malasia, que hace medio siglo echó a Singapur de la federación malaya tras varios desencuentros políticos, mantenía la titularidad de los terrenos de una antigua estación de trenes en una zona céntrica de la ciudad. Singapur, por supuesto, deseaba el control sobre esa propiedad, así que le propuso un intercambio a su vecino del norte y le cedió una porción de las nuevas tierras, donde ahora Malasia construye el primer complejo residencial de la zona conocida como Marina Sur.

Vicky lo relató como un episodio más de la historia de su país, pero, para una puertorriqueña acostumbrada a las guerras intestinas por las más ínfimas diferencias ideológicas o políticas, este episodio pareció reflejar mucha de la idiosincrasia de  este pueblo. Aquel era una especie de relato fundacional de una nación dispuesta a acoger como uno de ellos a quien quiera que esté dispuesto a aportar -casi el 40% de la población de Singapur es extranjera- y a dejar de un lado los complejos para adoptar la mejor idea, no importa de dónde venga. 

Al escucharlo, pensaba que, tal vez, quienes apuntan sus prismáticos para avistar esta pequeña isla desde un punto en el Caribe deberían posar sus ojos, más que en las semejanzas, en todo aquello que nos diferencia.


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