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Crónica: Renace el tabaco boricua (horizontal-x3)
El secado de las hojas es un paso vital en la calidad del producto final. (Vanessa Serra Díaz)

Después de serpentear entre varias frondosas colinas de Cidra, interrumpidos a cada rato por majestuosas vistas hacia los valles, llega al pequeño local donde han instalado el negocio, cargado con una paca de hojas de tabaco. Su padre ya le espera allí para empezar el proceso de escoger las hojas. Su abuelo no tarda en llegar, con un galón de maví frío en mano. 

Allí se acomodan Ángel, su padre, también llamado Ángel, y el abuelo Ramón. Los hombres de tres generaciones laboran para producir un producto que estuvo cerca de desaparecer por completo, y de cuyo rescate se enorgullece la familia Otero: un tabaco puertorriqueño a partir de la semilla original boricua. 

Con esa pequeña empresa, Papiro’s Cigars, además de revivir un viejo oficio, el trío logró también salir adelante, pues estaban todos dedicados al negocio de la construcción, que en los últimos años ha estado experimentando un marcado declive. 

Para Ramón en particular fue como volver a su origen, pues según relató mientras nos refrescábamos con su maví, su papá era agricultor y entre otras cosas sembraba tabaco. Él empezó desde pequeño a ayudarlo a sembrar y vender. 

“Bregué con tabaco desde el 1936, con siete años. Mi papá lo sembraba, los distribuía, lo fumaba, lo mascaba. Yo lo ayudaba, me ponía los tabacos en una bolsa como las de recoger café, y yo iba casa por casa con una canasta para cambiar los tabacos por huevos”, narró Ramón, al tiempo que su hijo y nieto escogían cuidadosamente las hojas, separando las que mejor lucían para dedicarlas a la envoltura del tabaco.  Las hojas se seleccionan por tamaño, color y calidad (es decir están más rotas o más completas). Las hojas más rotas son para la picadura, las sanas para el capote y la capa. Las hojas tienen además otra división, según la parte de la planta de la que provienen. De abajo a arriba se dividen en combustión, aroma y fortaleza. 

Una vez separadas van al pilón a pasar por la segunda fermentación. Allí reposan de tres meses a tres años, o incluso más. Esta parte del proceso, sin embargo, la mantienen en secreto. 

“Es como la fórmula del maví. Eso es secreto. Ni lo revelamos ni lo vendemos”, asegura el abuelo.  Luego del pilón, entonces comienza la confección del cigarro. La hoja se despalilla (le quitan el tallo central) y comienzan a enrollar, de forma espiral. Poco a poco el tabaco va tomando forma. Unos los hacen de la manera criolla tradicional, otros con un molde, que resultan más compactos.  Cuando el mazo está listo, le cortan las puntas con una vieja guillotina, y pasa a la terminación. Entonces le enrollan alrededor hojas a las que le cortan cuidadosamente los bordes con una gran cuchilla. Con la misma cuchilla lo hacen rodar sobre la mesa. Finalmente le pegan el borde y un redondel en la punta, y luego la etiqueta. 

Los tabacos salen en varias formas: torpedo, robusto, Churchill, figurado, perfecto. También los tamaños son diversos, teniendo en cuenta el tiempo que puede dedicarle la persona al tabaco. Ángel hijo explica que este producto no es para el vicio de fumar, sino “para degustar”. 

“Es un placer para un momento. Por eso cada cigarro, según su tamaño está sujeto al tiempo que tenga la persona para dedicarle. Es algo para celebrar, para reuniones de negocio, para compartir con amigos, para buenos momentos”, insiste el joven empresario, recordando como nuestros antepasados indígenas le daban al tabaco usos ceremoniales y medicinales. 

Antes de llegar a Papiro’s, sin embargo, la historia de ese peculiar tabaco comienza a un par de lomas de distancia, en la parcela de Randal, un jíbaro que se negó a que desapareciera la semilla boricua y por años siguió plantando al menos unas pocas matas de tabaco.

En una cuerda en la falda de una colina, Randal produce el tabaco para Papiro’s, y también un sinnúmero de otros productos, como habichuelas, batatas y tomates. Todo lo hace a la manera tradicional, arando con yunta de bueyes, sin fertilizantes, pesticidas ni yerbicidas. Tan solo utiliza un abono natural que él mismo prepara con materia vegetal, tierra y estiércol. 

Randal calza botas altas de goma, y se cubre la cabeza con un gran sobrero de pava. Sus gruesas y callosas manos revelan los muchos años que ha estado trabajando la tierra. Camina hacia la parcela y sube por unos tramos inclinados y resbaladizos sin tambalearse siquiera, como si su pisada lo integrara a la tierra de la que tantos frutos extrae. Habla en un acogedor tono pausado, respetuoso y cariñoso. No pasa mucho tiempo en que uno se sienta como si lo conociera de muchos años. 

“Llevo en esto toda la vida, desde que estaba chiquito”, dice Randal con orgullo al saber que otros celebran su parcela. 

Camina hacia las plantas de tabaco, a las que ya le quedan pocas hojas, pues le han hecho ya ocho cogidas. Entonces coge la punta de una planta y arranca una parte que luce como un pequeño bulbo. Lo tritura en su mano y deja ver cientos de granitos. Ese es el secreto mejor guardado, las semillas, pequeños granitos que recuerdan a la huella que deja el comején tras destrozar la madera. 

Con esas semillitas, Randal hace el banco de plantas, y el proceso vuelve a nacer cada año, entre octubre y mayo. El resto del año no siembra el tabaco, porque asegura que hay una mosca que perfora las hojas y las daña.

Randal recuerda cómo el tabaco puertorriqueño pasó de ser un preciado producto que en la década de los 1940 se distribuía por todo el mundo a un producto que fue dejándose de sembrar, en favor de las hojas que venían de otros países, hasta caer en un mortal declive en la década del 1980, y finalmente en un coma profundo luego de un fallido intento de revivirlo en 1997 y 1998. 

“A pesar que el tabaco de aquí era mejor, no lo pagaban. Preferían traer la hoja de Costa Rica, Honduras, Nicaragua”, lamentó Randal. “A mí me gusta esto desde que nací, y mantuve viva la semilla puertorriqueña. La sembraba todos los años”. 

Hace unos años, el destino hizo que los caminos de Randal y los Otero se cruzaron. 

“La hoja que producimos es exclusiva para Papiro’s. No lo mercadeamos en hoja, porque no se puede competir con los costos de otros países”, dice Randal mientras se acercaba con un paquete de hojas sobre sus brazos. 

El joven Ángel agarra parte de la carga. Al cambiar de brazos, bajo una hoja se revela la confirmación de que es una siembra sin pesticidas en la forma de una gran oruga. El insecto exhibe el mismo color de la planta, y aunque se camufla en ella con perfección, no logra eludir la experimentada mirada de Randal.

Dejamos la parcela y caminamos loma arriba de vuelta, hasta detenernos en el rancho que ha levantado Randal para el secado de las hojas. Al igual que la siembra, se trata de una estructura hecha a la antigua. Allí cuelgan las hojas, en diferentes etapas, unas más frescas, todavía verdosas; otras amarillentas, y la mayoría de color marrón. Randal explica en detalles lo que sucede en el rancho, donde la hoja cuelga por 30 días y sufre su primera fermentación.  Lo primero es hacer la varilla. Randal toma una gran aguja y ensarta las hojas “lomo con lomo y cara con cara. Porque si no se hace bien, las hojas se pegan y se pudren”. Luego la varilla se cuelga en la armazón de madera dentro del rancho. Cada varilla tiene más o menos una quincena de pares de hojas. Una vez colgada, las hojas se separan, y se quedan allí a secarse.

Después de los 30 días, la varilla está lista para entregársela a Ángel. Las une en un gran paquete envuelto en tela de saco. 

Ángel agarra el paquete y lo lleva al taller algunos pasos loma arriba, para pesarlo sobre una vieja balanza que es casi una pieza de museo, aunque todavía funciona. Son 28 libras. 

Antes de seguir, Ángel, que lleva una camiseta que lee “jíbaro en la ciudad”, añade con orgullo que esa semilla ayudó a salvar al tabaco de Cuba, luego que sufriera el ataque de una plaga. 

“Allá cogieron la semilla y la alteraron genéticamente para que resistiera la plaga que tenían y para que diera hojas grandes”, comentó. “Pero nosotros la trabajamos original, sin ninguna alteración genética. Es la semilla criolla virgen”.  Dejamos a Randal, que nos despide con la invitación de que volvamos a visitarle cuando queramos. 

Tomamos la ruta a la sede de Papiro’s, donde se lleva a cabo el proceso para confeccionar los cigarros que Ángel insiste son tan buenos que hace que los demás tabacos sean “mitos y leyendas”. 


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