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Sus maestras de Educación Especial eran sus “superheroínas”: Victoria García, en la elemental. Isabel Alonso, en la intermedia. Lillian Alicea, en la superior. (Luis Alcalá del Olmo)

“El miedo es la discapacidad más grande de todas”, Nick Vujicic

El primer recuerdo que tiene de su vida es la voz suave de su madre, Virginia. La ternura de la mujer que lo parió, amó y protegió. La matriarca que iba arañando el mundo, buscando esperanzas para que su niño “Manolo” pudiera ver. Su peregrinaje por médicos y hospitales, siempre junto a ella.

Tenía una combinación de enfermedades de la visión graves y progresivas. Nació con retinitis pigmentosa. A eso sumaron otras: uveítis crónica, cataratas, glaucoma y condiciones en la córnea.

Enfrentó múltiples tratamientos y operaciones. La fe de los suyos por la cura era inconmensurable.

El sendero que los iba llevando a hacer las paces con el destino fue largo, pedregoso y empinado.

Cuando no pudo hacer más, su mamá le dio el mayor regalo: enseñarle a luchar por sus derechos, cómo enterrar el miedo y lustrar su espíritu con fuerza y valentía para encarar un mundo en tinieblas plagado de discrímenes.

El profesor José Manuel Álvarez Cabán fue estudiante de Educación Especial toda su vida. Hoy, siendo un fiel combatiente de la pena y las excusas, forma a los futuros maestros de Educación Especial en la Universidad de Puerto Rico (UPR).

“Mi primer recuerdo es que mi mamá siempre estaba conmigo, cuidándome”, dijo a El Nuevo Día Álvarez, quien, además, es programador de computadoras y creador de softwares para no videntes.

¿Qué veía, si algo, de niño?

—Borroso, distorsionado y sombras. Nunca vi rostros, detalles.

¿No vio el rostro de su mamá?

—No, nunca vi su rostro.

¿Cómo la identificaba?

—Por su voz amable. Su ternura. Se paraba al lado mío y ya yo percibía que mi mamá estaba ahí.

¿Ahora percibe todo negro?

—No negro, es marrón oscuro.

¿Cuál sentido tiene más fino?

—Aprendí a usar todos mis otros sentidos para ser independiente. Veo con mis oídos, mis dedos.

¿En su cerebro hay formas, destellos o es solo el intelecto?

—Puedo relacionar formas que había visto, pero lo visual no es importante para mí.

¿Siente la energía de otros con más fuerza que los que vemos?

—Sí, por la manera de hablar, el tono de voz, si está triste, si es positivo o negativo, que te chupa la energía. Lo percibo rápido, porque lo visual para mí no importa.

Álvarez nos abrió las puertas de su hogar. Al entrar, hay un camino sin barreras, entre la pared y la sala. A la derecha, está su oficina. Allí tiene su computadora, con teclado regular y en Braille, igual que el que usa para su celular.

Vive cerca del Tren Urbano. Es su medio de transporte al trabajo. Usa bastón. Tiene cuatro y su favorito es el más largo, porque con ese recoge más información.

Su clave es la organización y memorizar. Por ejemplo, el lado izquierdo de la nevera es suyo. Y la tecnología, su pasión y una gran aliada en su diario vivir. La utiliza hasta para vestirse combinado. Compra ropa monocromática y usa una aplicación en su celular que le dice los colores.

Desde su balcón, se ve el tren cuando pasa por la estación Hato Rey y discurre un canal de agua.

“No ver el agua desde el balcón no me hace más feliz o infeliz. Sentir la brisita, eso sí. Oír el tren, el Choliseo cuando hay conciertos. Ese balcón es multisensorial y por eso me encanta”, dijo.

¿Cuándo asimiló que nunca vería?

—En la universidad, cuando entré a un ambiente competitivo. Dije: “Recuperar la vista, no es algo por lo que pueda esperar. Quiero competir, aunque esté en desventaja”.

Llegar a ese punto le costó. Retó las bajas expectativas que otros tenían sobre él. Hoy es exitoso.

Este hombre de 51 años, sin duda, encarna un refrán que resume su vida: “El que quiere, puede”.

Vivía en Summit Hills, en Río Piedras, y a los 5 años debía ir a la escuela Rafael Hernández. Pero, el principal no lo aceptó.

“Mi mamá me llevaba todos los días. El principal decía no y ella, sí. Mi mamá consiguió una maestra de Educación Especial itinerante. Iba cada dos o tres semanas”, contó.

¿Qué hizo el principal?

—Dijo: “No estoy convencido que sea solo ciego, puede tener retardo mental”. Un niño ciego no tiene los estímulos que los que ven, pero eso no significa que cognoscitivamente tenga un problema.

¿No lo aceptó en la escuela?

—Mandó una prueba sicológica.

¿Qué pasó con la prueba?

—Fue una sicóloga y me hizo preguntas. En una parte, abrió un libro y me dijo: “Mira esa lámina y dime qué ves”. Yo no veía. Eso fue en 1972 y el resultado de mi evaluación fue punto bicicleta... Era una prueba estandarizada.

¿A los cinco años, en kínder, vivió su primer discrimen?

—Sí, me acuerdo perfectamente.

¿Le dio miedo?

—Los niños son genuinos. Aunque a veces son crueles, la mayoría eran buenos y hacían el proceso de inclusión de forma natural. Eso es algo que nunca volví a vivir.

¿Qué crueldades le hacían?

—Me ponían los pies para que me cayera. Burlas, me decían ciego, Mr. Magoo. Maestros que me decían: “Eres un turista porque eres el único que no escribes de la pizarra”. ¡Pues si no la veía!

¿Cómo reaccionaba?

—Me sentía mal, distinto. A veces, otros niños se reían. Me sentía peor, porque era una aprobación. Por dentro eso me fue formando.

¿Lo hacían llorar?

—Sí, y a veces me hubiera gustado ver bien. Jugar... Fue parte de mi proceso y me ayudó. De pequeño supe cómo es la vida: una jungla y el más fuerte sobrevive.

¿Estaba aislado?

—Aprendí a estar solo, aislado. Me sentaba en una esquina a observar con mi audición todo para saber cómo iba a actuar.

¿Qué estrategias hacía?

—Me quedaba en un banquito cerca del salón y entraba antes que los otros al sonar el timbre.

¿Y con los maestros?

—Tenían bajas expectativas. Mi mayor recuerdo fue en Matemáticas. En fracciones, la maestra hizo una pregunta y dijo: “¿Quién contesta? Manolo no, porque es visualy es ciego”. ¡Yo entendía!

¿Y qué hizo?

—Decidí que mi clase favorita era Matemáticas. Y cuando venía mi maestra de Educación Especial, hacía los ejercicios en Braille.

La independencia comenzó en la escuela intermedia. Su mamá logró que lo aceptaran en la Sotero Figueroa, donde había una maestra de Educación Especial fija. Para llegar, cogía la guagua #28, que lo dejaba frente al plantel escolar.

“Eso me ayudó. Asumí responsabilidades desde pequeño, estando en desventajas grandes. Aprendí que la vida es uno proponérselo y echar hacia adelante”, recalcó.

¿Cuán difícil fue la adolescencia, que lo es para todos?

—Fue difícil. Las muchachas no se fijaban en mí y yo, ok... No guiaba y eso fue lo más que me dolió. Aunque lo sabía, cuando llegó el momento y no pude sacar la licencia, me dolió. Eso lo lloraba.

¿Qué le daba fortaleza?

—El saber que competía en desventaja y que lo hacía bien.

De ahí, pasó a la escuela superior University Gardens, especializada en matemáticas y ciencia. Fue la que marcó la vida de Álvarez. La consejera le tenía pena. Cuando iba a tomar el College Board, le dijo: “Tienes que estudiar algo teórico en la universidad”.

“Ese tienes me hizo sentir con una rabia tremenda. No importaba lo que hiciera, era la misma pena y la baja expectativa”, dijo.

¿Qué le respondió?

—Bien seguro de mí le dije: “Ya sé lo que voy a estudiar: programador de computadoras”.

¿Y ella cómo reaccionó?

—Dijo: “¿Qué pasa si una persona ciega no puede ser programador porque es visual?” Le dije: “No sé si puede o no, pero si no hay ninguno, voy a ser el primero... Mi meta era llevarle la contraria al mundo. Quería llegar ahí.

Y llegó a la UPR en 1985. Rápido preguntó dónde era el Centro de Cómputos. Llamó y se ofreció a trabajar como voluntario. Insistió tanto, que le dijeron que pasara a apuntarse en una lista. Antes de colgar hizo dos advertencias: “No sé nada de computadoras y soy una persona ciega”. Al otro lado del teléfono, hubo silencio.

Al rememorarlo, ríe. Retó al mundo, justo lo que quería.

Cuando llegó al Centro de Cómputos, lo pasaron a la oficina del director académico Joseph Carroll. También usaba bastón, porque padecía de polio y cojeaba.

“Me acuerdo que cuando entré me dijo: ‘Hello, tell me’. Con mi inglés de escuela pública, le dije: ‘I want to work as a voluntary. Me contestó: ‘¿Tú siendo ciego?’. Y yo: ‘Yes, soy ciego’. Y me dijo: ‘Welcome to the club, chief’”.

¿Se sintió como la gloria?

—Oh, sí. Y por él fue que conocí que había computadoras parlantes, printers en Braille. Fue mi jefe, mi mentor y a él le debo llegar al área de las computadoras.

¿Cuándo y cuál fue la primera persona ciega que conoció?

—Tenía 18 años y fue en la oficina de Joseph Carroll. Se llamaba Héctor “Tito” Román, iba al Centro a tener materiales en Braille... En mi proceso de aprendizaje en la escuela me hubiera gustado tener otras personas como pares.

Hizo un bachillerato en Administración de Empresas, porque ahí podía estudiar Programación. Siguió con una maestría en Educación Especial y está terminando su doctorado.

En la UPR conoció a Miltia Santiago. Era su lectora y amiga. Se enamoraron y se casaron. Tienen una hija y el 18 de febrero cumplen 20 años de matrimonio.

Es una mujer importantísima en su vida. Nunca la ha visto. Y me explica que con la palma de la mano se toca y con la parte superior se palpa un rostro, porque los contornos se definen mejor.

¿Cómo se imagina su esposa?

—Preciosa. Es jovial, siempre ha apoyado todos mis proyectos.

En 2005, se convirtió en padre de Ambar. Son muy unidos.

“Desde pequeña supo que tenía un papá ciego. Mi responsabilidad es que sea feliz”, insistió.

Si pudiera ver por un instante, ¿le gustaría ver a su hija?

—Si tuviera la oportunidad, por solo 10 segundos, sí me gustaría ver el rostro de mi hija. También una fotografía de mi mamá, porque ella es como un ángel. No estaría aquí si no fuera por ella.

Álvarez creó la Fundación Manolo.Net y desde ahí, ayuda a personas ciegas o con otras discapacidades a usar la tecnología no solo como consumidor de información, sino como herramienta laboral. Le había ofrecido ese software al Departamento de Educación y no hicieron nada.

Lo que nuestro sistema ignoró, otros lo acogieron. Ahora lo trabaja con FOAL, una fundación para América Latina de la organización de ciegos La Once, que tiene 72,000 afiliados en España.

¿Es feliz?

—Totalmente feliz. He probado que la felicidad no es ver bien. Cuando me dicen: “¿Tú eres el de Manolo.net? Yo uso tu software desde hace mucho tiempo. Gracias por esos desarrollos”. ¿Qué más satisfacción que eso?

¿Cuál es el límite?

—La mente nos guía y el miedo es la diferencia entre ser exitoso o no. No puedes vivir con miedo, porque te paraliza y es infundado.


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