Colón Tarrats se integró a la Fundación Comunitaria de Puerto Rico, en 1987, y 13 años después fue nombrado presidente. GFR Media)

Mucho antes de dirigir la Fundación Comunitaria de Puerto Rico, Nelson I. Colón Tarrats aprendió el valor del trabajo ayudando a su papá, que era pulidor de diamantes, y más tarde, siendo universitario, haciendo labores de mantenimiento a cambio de un vivir en un cuarto.

Esos trabajos son parte de una historia en la que destacan su compromiso con el servicio a los demás, los derechos humanos, la afirmación de su afrodescendencia, la lucha por la equidad y el trabajo por mejorar la calidad de vida del “otro” en diversos ámbitos.

Nació en 1947 y se crió en la calle Victoria del casco urbano de Ponce, en una familia negra de clase media que valoraba mucho la educación, hasta el punto de que él, sus tres hermanas y sus tres hermanos terminaron estudios universitarios. Su madre terminó el cuarto año con estudios nocturnos y, luego, estudió pedagogía. Su padre hizo dos años universitarios en Administración, pero se destacó como empleado de una fábrica de Ponce, donde pulían diamantes y en la que escaló todos los puestos, desde aprendiz hasta llegar a dirigirla. Sin embargo, un infarto a los 42 años motivó a su padre a montar un taller de pulido de diamantes en su casa, que fue donde él tuvo su primera experiencia laboral.

Esa experiencia fue parte de los “pilotes” que lo formaron y que lo han ayudado a transitar por una vida que inició con “una niñez con sus retos y sus oportunidades. Uno de los obstáculos era ser una familia negra en Ponce, que tenía clubes y escuelas a las que no podías ir”, recuerda. Sin embargo, su familia, una escuela pública de calidad y experiencias extracurriculares en la organización Boys Scouts of America y la YMCA “fueron el apoyo que tenía como joven para seguir la vida hacia delante”, asegura el hombre de 73 años. Parte de ese apoyo también lo obtuvo en la iglesia bautista a la que asistía con sus padres, “donde se desarrollaba liderazgo, servicio y un sentido de conexión con algo más allá de uno”.

El coro al que perteneció de niño y, luego, en la escuela superior, también ayudaron. De hecho, “ahí me encuentro a quien era el gran director de esa época, Augusto Rodríguez, me identificó y entré a la Universidad de Puerto Rico (UPR) con una beca del coro”.

Se hospedó en el Seminario Evangélico, donde tuvo gran influencia de corrientes teológicas, particularmente, de la Teología de la Liberación, y donde se empapó del pensamiento de servicio y defensa de los derechos humanos. Consideró ser ministro bautista, pero optó por hacer un bachillerato en Sociología, en una época en la que quiso ser más independiente y se mudó a un cuarto, que pagaba haciendo labores de conserje.

Posteriormente, estudió una maestría en Antropología en la Universidad de Nueva York, regresó para dar clases en la UPR y, luego, en la Interamericana en San Germán, de donde regresó a Ponce cuando nació su primera hija. Pero eran los años 70 y en plena era de la Guerra de Vietnam. “Había persecución contra personas de pensamiento progresista y fui perseguido”, lamenta.

Regresó a San Juan, donde laboró en una corporación de servicios de salud y, al año (1980-81), se fue a hacer un doctorado en Educación y Antropología en la Universidad de Harvard, en Boston. En ese período conoció el mundo de las organizaciones sin fines de lucro y, al graduarse, dirigió la Oficina Hispana en esa ciudad. En 1987, regresó a Puerto Rico y se integró como director de programas en la Fundación Comunitaria, hasta que en 2000 fue nombrado presidente.

Rol transformador

Desde esa organización filantrópica -que respalda a otras organizaciones que hacen trabajo comunitario mediante la inversión económica o la asesoría técnica- Nelson busca transformar a las comunidades para que las personas que las habitan “se desarrollen hacia un mejor punto en la vida desde donde están”. Y advierte que ese “mejor lugar” no se refiere únicamente al aspecto económico. Incluye acceso a servicios de salud, educación, arte, cultura, ambiente más limpio y una buena infraestructura para vivir.

Los llaman los capitales de las comunidades, que tienen que darse simultáneamente: capital humano, social, financiero, ecológico, cultural y de infraestructura, detalla.

Para fortalecer esos capitales es que la Fundación respalda proyectos como los acueductos comunitarios, “donde apoyamos a las comunidades para que hagan buen uso y manejo de ese recurso”, y la primera comunidad solar en Toro Negro, Ciales, donde los vecinos son dueños del sistema y lo mantienen.

“Ahora, nos estamos moviendo a la Comunidad San Salvador, en Caguas, que será la segunda comunidad solar. Será una cooperativa de energía solar”, anticipa el antropólogo.

Asimismo, desarrollan un proyecto en Loíza, en acuerdo con el Municipio, para becar jóvenes afrodescendientes, construir 30 viviendas con sistemas de energía solar y rehabilitar un museo en el Parque Histórico Cueva María de la Cruz, entre otras iniciativas.

Adultos mayores

Como parte de los trabajos en las comunidades, la Fundación ha desarrollado una iniciativa para proteger a los adultos mayores contra el contagio del COVID-19. Con el asesoramiento de un epidemiólogo, hace unos tres meses crearon un plan dirigido a que las comunidades se organizaran “para que ninguna persona mayor de 65 años muera como consecuencia del COVID-19. Si la comunidad se organiza alrededor de esa meta, todo el mundo va a estar más saludable y más protegido porque los viejos no se convierten en una puerta rotativa de contagio entre los familiares”, explica.

Para realizar la iniciativa, Fundación Comunitaria apoyó con una inversión económica a la organización sin fines de lucro VAMOS Corporación Ciudadana. Esa entidad inició el proyecto en la comunidad Arenas, en Guánica, y el modelo se ha expandido a 15 comunidades.

El proyecto tiene un elemento de educación a las comunidades, distribución de desinfectante y equipo de protección y reuniones telefónicas semanales que no solo permiten recoger y diseminar información, sino que operan como una gestión de rastreo comunitario. También, incluye los servicios de médicos y una enfermera que hacen cernimiento y referidos y el acuerdo con Centros de Salud Primaria (330), donde se realizan pruebas de detección del COVID-19.

“La meta de cero muertes para personas de 65 años o más se ha cumplido y el número de contagiados es muy bajito. Esto es un recurso que tiene a su disposición el gobierno, la descentralización, que las comunidades asuman su responsabilidad. Mi invitación es que el gobierno mire ese proceso y nos tomen como eje central para replicar esta estrategia, que ha funcionado muy bien”, declara.


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