Los hombres buscaban una mejor vida, pero terminaron trastornados, sin poder dormir y "con frío en el pecho" (Vanessa Serra, Jessica Ríos Viner)

Nota de la editora: Los nombres de las personas que ofrecen los testimonios en la siguiente historia han sido cambiados para proteger su identidad.

Jeff coloca ambas manos en los bordes de la silla para poder ponerse de pie. Cuando se para, se tambalea, se estira con dificultad y camina lento, cojeando. Luce como cuando un virus, como el chikungunya o el zika, ataca feroz las coyunturas e impide y dificulta los movimientos cotidianos.

El dolor en la espalda lo siento hasta en los huesos. Tengo un dolor fuerte en el área de los riñones. Me salieron unas ronchas en el cuerpo que nunca supe de dónde venían”, explica.

Hace unas tres semanas que el joven de 25 años abandonó su trabajo en la rampa del Aeropuerto Internacional Luis Muñoz Marín, donde ganaba el salario mínimo, para trabajar en una planta procesadora de salmón en Alaska, donde le habían asegurado que generaría de $10,000 por hasta tres mes de trabajo .

Jeff es uno de 250 puertorriqueños que se fueron a trabajar a una fábrica de la empresa Silver Bay Seafoods en Alaska, la cual se encontraba reclutando personal en Puerto Rico. Su historia se suma a la de otros dos boricuas que llegaron hasta El Nuevo Día para denunciar las vivencias de humillación, explotación y abusos que enfrentaron.

Charlie es uno de ellos. Es padre de un niño con autismo y también renunció a su trabajo para poder guardar el dinero que iba a cobrar en pocos meses y así mudarse con su familia a alguna ciudad de Estados Unidos, en donde pudieran darle a su hijo la asistencia que necesita.

El rash en el cuerpo de Jeff apareció tanto en su espalda, como en su abdomen y brazos. (Suministrada)

Los recuerdos de los tres boricuas están cargados de terror. Cuando vuelven a aquellos días, se entrecortan las voces, sus miradas se pierden, bajan las cabezas o se tapan el rostro con las manos.

Nosotros lo que no queremos es que ningún puertorriqueño pase por lo que nosotros pasamos”, asegura Jeff. 

Tres días en una fábrica de “zombies”

Tan pronto se montaron en el último de varios aviones que los debía transportar hasta la ciudad de Sitka, según el contrato que habían firmado, un representante de la empresa “le quitó el micrófono a la azafata” y les indicó que las posiciones en la planta ya estaban llenas, que los llevarían a la ciudad de Naknek, a más de 800 millas del destino original. Fue la primera señal de que algo no estaba bien, contó Scott.

Cuando llegaron al pequeño aeropuerto de King Salmon, en Bristol Bay, los recibió una fila de hombres, quienes a gritos y empujones les ordenaron subir a una guagua. Llegaron hasta el “bunker” que utilizan como hospedaje y acomodaron a 60 personas. 

El personal de Recursos Humanos les dio la segunda sorpresa: contrario a lo que les habían indicado los empleados de SilverBay que participaron de las orientaciones llevadas a cabo en Ponce e Isla Verde, los obreros no cobrarían semanal, sino que la empresa retendría las primeras 190 horas, y estas serían pagadas al culminar otras 190 horas adicionales.

“Ellos nos dijeron que no sabían quiénes nos habían reclutado y que no les importaba lo que nos habían prometido, que ese no era su problema. Yo me llevé un poco de dinero, pero había gente que no llevaba nada. Allí van personas con mucha necesidad de trabajo”, explicó Scott.

Luego de la orientación, les dieron una hora y media para dormir hasta que llegaron los choferes que los transportarían a la fábrica. “Nos levantaban gritando, dando puños en la puerta, quitándonos las frisas”, recuerda.

Había hasta 10 personas compartiendo un cuarto y tan solo dos baños para todos.

No había calefacción, ni agua caliente. Vi personas durmiendo juntas para darse calor”, cuenta Scott.

Una vez en la planta, les dieron un traje azul y unas botas de construcción. “Las botas exotérmicas y que impiden que pase el agua solo las tenían los japoneses. Las nuestras resbalaban y se nos mojaban las medias”, detalla Scott. 

Los guantes no eran los apropiados y les dificultaban el movimiento de los manos para trabajar. “Yo me quitaba los guantes y después tenía las manos tan hinchadas que no me cabían para ponérmelos. No teníamos gafas ni algo que nos protegiera la boca, por lo que toda la amonia, clorox y sangre nos caía en la cara.  A mí me llegó a caer sangre en los ojos en varias ocasiones. Si se me caían los ‘plugs’ de los oídos al piso (que estaba lleno de vísceras) me obligaban a ponérmelos así todos llenos de sangre”, añade Jeff.

No había agua potable. La que tenían disponible era amarilla, con sedimentos y un amargo sabor a pescado. “Ellos decían que se podíabeber, pero los supervisores tenían filtros y botellas de agua. La tubería tenía unos gusanitos”, describe.

Separados en guetos

Latinoamericanos a un lado, americanos blancos en otro, afroamericanos en otro espacio y los asiáticos en el ‘bunker’ más cercano a la fábrica. Scott asume que la razón para separarlos era evitar que los empleados se sublevaran. 

El régimen era estricto. Tenían horas específicas para comer, pero eso no les garantizaba el almuerzo o la cena. Si un supervisor les ordenaba a quedarse más tiempo, los puertorriqueños no tenían opción. “Esa tarde no comías, porque tampoco te daba la opción de ir a comer y regresar al trabajo”, explica Scott.

Al dejarla reposar, así se ve el agua que tienen disponible los empleados en la planta para tomar. (Suministrada)

Cuando alguno de los empleados se quejaba de las condiciones, les decían que renunciaran y que tenían 30 minutos para abandonar los predios. Con el aeropuerto operando de 8 am a 6 pm, les tocaría dormir en la calle. 

La humillación, amenazas y maltrato, dicen, era constante.

No hay doctores ni enfermeras

El primer día de trabajo, Charlie, el padre del niño con autismo, enfermó. Lo encontró una de las secretarias vomitando y luego de darle un termómetro le dijo que tenía hipotermia. “Yo le pregunté si ella era enfermera, me dijo que no, me dio una sábana y me mandó a bañarme con agua caliente”, cuenta Charlie.

Allí mismo entablaban piernas, brazos, muñecas, dedos. Ni siquiera les ofrecían, llevarlos a uno de los tres hospitales que hay en la zona. “Vi como 30 personas lesionadas. Tres piernas fracturadas, tres brazos dislocados, y lo más común eran dedos rotos. Tí veías cómo las personas llegaban bien y en cuestión de horas estaban desmejorados, como zombies”, describe Jeff.

“Uff”. Charlie se estremece y se abraza para calentar los escalofríos. “Nosotros pasamos horas bien difíciles allí”, se disculpa por la interrupción

“Permiso para disparar”

Una de las experiencias más traumatizantes fue la muerte de una compañera de trabajo por un infarto. “Una de las tardes, una de las muchachas, dominicana, estaba en la cafetería hablando de los planes que tenía con el dinero cuando terminara. A los dos días me entero que murió. Se quejó de un dolor de pecho con el supervisor, y él le dijo que siguiera trabajando, hasta que colapsó”, reveló Jeff.

El tipo de procedimientos que hacían las secretarias en la planta. (Suministrada)

Según los hombres, la producción en masa era tan rápida que forzaban las máquinas y se dañaban constantemente. 

Mientras en los hospedajes, hombres con armas largas custodiaban los alrededores, dando miradas intimidantes a los obreros. “Era como si nos estuviesen amedrentando”, dice Scott.

Al maltrato en la planta, hay que sumarle la desprotección. En Alaska, les robaron las copias de sus tarjetas de seguro social e identificaciones, las cuales estaban en bultos que tenían guardados en su hospedaje. 

Cuando Scott y Charlie fueron a renunciar, luego de unos tres días de trabajo en la planta, entraron a un cuarto donde había un radio transmisor y un empleado. “Tengo tres corriendo, permiso para disparar. Permiso para disparar”, se escuchó por el radio poco antes de que el encargado apagara el aparato.

Luego de permanecer varios minutos con la cara tapada, mirando al suelo, Scott revela que ese día escapó de la planta casi de rodillas porque le llegaron a disparar. “Escuché el tiro y vi la bala cuando cayó al lado mío. Me escondí detrás de una guagua y escuché dos disparos más”.

Según los boricuas, cuando abandonaron la planta, personas que vestían camisas de la empresa los persiguieron hasta el pueblo y hasta intentaron entrar a la iglesia donde se refugiaron.

Charlie no quería irse de Alaska. Su meta era trabajar y guardar dinero, así que decidió buscar empleo en otra de las muchas fábricas que hay en el pueblo. En una de ellas lo entrevistaron y cuando les dijo dónde había trabajado lo rechazaron: “Aquí no puedes trabajar porque estás contaminado, tienes que beber mucha agua”, le dijeron a Charlie, a quien también le duelen los huesos y tiene problemas para orinar. 

Jeff tampoco quería irse de Alaska. “De verdad, quería quedarme allí y paralizar aquello. Parar la producción para obligarlos a mejorar nuestras condiciones, pero cuando me di cuenta que estaban robando nuestra información, me levanté por la mañana, agarré mi bulto y caminé al aeropuerto. Ni siquiera renuncié”, contó.

Los hombres saben que algo en ellos cambió. Su cuerpo está débil, sin ánimos, no pueden dormir. Y cuando lo logran, los sueños los atormentan. “Mi esposa me levanta por las noches porque estoy hablando sobre cosas que vivimos”, dijo Jeff.

También los atormenta la angustia por los puertorriqueños que dejaron atrás. “Yo quería traérmelos a todos”, lamenta Scott mirando al suelo. “De mi grupo queda uno y nadie lo consigue, y él tenía comunicación con su familia acá, pero nadie lo consigue”, se preocupa Jeff.

Scott mantiene comunicación con dos puertorriqueñas que aún están en la planta. Poco ha cambiado desde que los puertorriqueños abandonaron la fábrica hace unas dos a tres semanas.

Endi.com entrevistó a una de ellas por teléfono. “Ayer vomité cuatro veces, las últimas dos fueron con sangre. Le pregunté (al supervisor) si me podía ir y me dijo que no, que no hay personal. Aquí, todo el mundo tiene desgaste físico. Todo el mundo está vomitando, escupen flema, hasta sangre. Me duele la espalda, tengo calambres en las muñecas. Se me caen las cosas porque no las puedo sostener. No puedo. En verdad es que yo no puedo”, expresa angustiada, con la voz débil y pide que no se revela la identidad. 

Ninguno de los boricuas ha ido al médico hasta el momento porque no cuentan con los recursos. 

No es la primera vez

Según Charlie, los empleados que se han mantenido más de dos semanas en la planta es porque no tienen los recursos para regresar ni logran comunicarse con sus familiares para que los ayuden.

“No es la primera vez que ocurre este tipo de situación abusiva y peligrosa contra los trabajadores inmigrantes”, explica el exsecretario del Departamento del Trabajo, Ruy Delgado Zayas.

De hecho, en las últimas semanas ha salido a relucir investigaciones sobre abusos a empleados puertorriqueños en una empacadora de vegetales y frutas en Carolina del Sur y en una finca de manzanas en Michigan.

¿Qué están haciendo los Departamentos de Trabajo y Estado?

La Ley 87 del 22 de junio de 1962 estipula que las empresas que vayan a reclutar trabajadores en Puerto Rico para trabajar en Estados Unidos tienen que tener un permiso del secretario del Departamento del Trabajo local.

“El secretario tiene la facultad y la obligación de proteger esos trabajadores. Lo que pasa es que, ahora mismo, el departamento no tiene los recursos para ir a Alaska a plantear eso, y tampoco tiene jurisdicción para sancionar”, explica Delgado Zayas.

El subadministrador auxiliar de Servicios de Empleo, Carlos Román, aseguró que las quejas que hicieron los empleados desde Alaska fueron atendidas.

“De alrededor de 400 puertorriqueños reclutados, tenemos una queja de cuatro empleados. Los trabajadores llamaron y, en ese momento, se estaban quejando por las largas horas de trabajo, no tenían agua caliente, que no los dejaban salir del edifico una vez terminara el turno, ni entrar a sus cuartos y había una serie de personas con armas largas merodeando”, reconoce Román.

El funcionario asegura que se comunicó con Silver Bay Seafoods y que la empresa reconoció las deficiencias en cuanto a la calefacción y agua caliente, pero que aseguró que se habían arreglado. Además, justificó el personal armado por la presencia de osos en el lugar. Según dijeron desde la empresa, según Román, a los puertorriqueños no los dejaban entrar al cuarto porque era compartido.

“Esas quejas que se dieron, Silver Bay SeaFoods las corroboró y dijo que eran ciertas. Esos hallazgos se corrigieron. Ante no poder corroborar, tengo que confiar en la buena fe del patrono, lo que él me escribió”, explica Román.

Endi.com pidió copia de lacomunicación escrita donde Silver Bday Seafoods discutió los hallazgos y las medidas que se tomaron para corregirlos, pero Román se excusó de entregarlos indicando que son documentos confidenciales de la agencia.

Cuando este medio le detalló la gravedad de los testimonios, Román aseguró que volvería a confrontar a la empresa. “No me puedo quedar con las manos cruzadas”, prometió.

Por su parte, Eduardo Arosemena, secretario auxiliar de Relaciones Exteriores y Gobierno del Departamento de Estado, indicó que están al tanto de la situación y la han referidoa las autoridades federales para las investigaciones de rigor.

A preguntas de si este caso puede caer bajo la trata humana por explotación laboral, Arosemana explicó que “la trata presupone la imposibilidad de irse y la falta de voluntad para someterse a tal conducta. Estas personas se trasladaron con libre albedrío, se les hizo unas falsas promesas, pero no se les privó de su libertad de movimiento”.

Según el funcionario, lo que podría proceder son cargos por prácticas engañosas o incumplimiento de contrato.

No obstante, la Alianza de Puerto Rico contra la Trata Humana indicó que están evaluando distintos ángulos del caso en conjunto con una agencia federal.

Endi.com se comunicó en múltiples ocasiones con la Oficina de Asuntos Públicos del Departamento del Trabajo federal y con las oficinas corporativas de la empresa Silver Bay Seafoods, así como con la planta en Naknek, para solicitar una reacción. Aún no han dado respuesta. 


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