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Sin pensar jamás que la movida les costaría cientos de miles de dólares, la comunidad de North Androver, en Massachusetts, firmó en 1985 un contrato a 20 años con una empresa que erigió allí una planta incineradora.

El contrato disponía, entre otras cosas, que la comunidad llevaría sus desperdicios sólidos a la incineradora o, de lo contrario, serían multados.

La planta, con capacidad para procesar 1,500 toneladas de basura al día, también generaría electricidad.

Tras siete años de operación, la cantidad de desperdicios se redujo por la recesión económica de la década y los programas de reciclaje emergentes.

Según se recoge en el texto Environmental Science, Systems and Solutions, la comunidad se vio forzada a pagar hasta $300,000 al año a la empresa como penalidad.

Lo anterior ejemplifica que si bien es cierto que las plantas de conversión de desperdicios sólidos energía (“waste to energy”) necesitan mucha basura para operar, también lo es que las buenas prácticas de reducir, reusar y reciclar amenazan su operación.

A fin de que en Puerto Rico no se repita esta historia con las incineradoras propuestas para Arecibo y Barceloneta, el capítulo local de la organización Sierra Club impulsa una filosofía conocida como “basura cero”.

Orlando Negrón, presidente del Sierra Club en la Isla, explicó ayer que “basura cero” consiste en que, antes de quemar o enterrar desperdicios sólidos, estos sean recuperados y reinsertados al ciclo de producción.

“Sería una industria que en Puerto Rico no tenemos y le sacaríamos mucho provecho, ya que importamos el 85% de lo que consumimos”, dijo.

Negrón admitió que “basura cero” exige “cambios de raíz” en cómo se trabaja con los desperdicios en el país.


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