Los casos de abuso sexual contra menores que se reportan son solo una pequeña parte de las agresiones que ocurren. (GFR Media)

Daniela” abre la puerta y, ante sus ojos, se revela la sala donde encarará un trauma profundo, de esos que hacen añicos el alma. Debe enfrentar sus miedos, los recuerdos en pedazos.

Necesita palpar ese salón con todos sus sentidos porque ahí dará a conocer su aflicción.

Requiere entender cada paso. Precisa transformar la congoja en confianza.

Tiene que hablar con claridad y provocar una transmutación en quienes imparten justicia para que se conviertan en oídos gigantes y finos, de forma tal que escuchen cada detalle de esa cruel vivencia.

La psicóloga María López la lleva de la mano. Dan unos pasos y entran.

Se trata de una réplica exacta de una sala de un tribunal, desde donde “Daniela” intentará que el hombre que la agredió sexualmente pague por el crimen que le destrozó la vida.

“Recuerda que el alguacil es la persona que se encarga de que, en el tribunal, se sigan las órdenes del juez. Hay que esperar por él. ¿Te acuerdas quién es el juez?”, le pregunta, muy suave, la psicóloga.

“Um... sí, más o menos”, responde “Daniela”.

“Pues vamos a repasarlo. El juez es la persona que se encarga de manejar todo lo que ocurra aquí en el tribunal. Yo estoy trabajando y tengo un uniforme, pues él también lo tiene. Ven para que lo veas”, le dice la también directora del programa Desafío del Centro Salud Justicia de la Universidad de Medicina San Juan Bautista, de Caguas.

Y, entonces, López le muestra la toga. “Daniela” la observa con detenimiento.

“A veces, uno se atemoriza con esta toga. ¿Quieres ponértela? Quiero que veas que el juez es una persona como cualquier otra”, agrega.

“Daniela” asiente, y la psicóloga se la pone con mucha delicadeza.

“Él no sabe nada de lo que le vas a contar, así que es importante que le cuentes toda la verdad”, le recalca.

“Daniela” es un personaje ficticio, pero representa la realidad de los menores que se atienden en el programa Desafío, donde se les apoya, fortalece y prepara como antesala al proceso judicial en el que enfrentarán los monstruos que les agredieron sexualmente.

La meta es clara: que se haga justicia.

El Centro Salud Justicia es el programa más completo para las víctimas de violencia sexual. Es un trabajo multidisciplinario que atiende a víctimas a nivel isla, incluyendo en Vieques y Culebra.

Pero falta mucho por andar.

Y falta mucho cuando se ven las estadísticas que colocan el grave problema a niveles de epidemia, según los expertos del Centro Salud Justicia, liderado por la ginecóloga forense Linda Lara.

Los datos más recientes, publicados por el Departamento de Salud el año pasado, revelan que 67,269 personas respondieron que fueron víctimas de agresión sexual en algún momento de sus vidas y 5,938 dijeron que sufrieron violencia sexual el año anterior al estudio. Otras 154,919 dijeron que, contra ellas, se intentó algún tipo de agresión sexual el año previo al análisis.

A eso, se suma la encuesta Youth Behavioral Risk Factor Surveillance, del Centro para el Control y la Prevención de Enfermedades, que revela que 14,000 estudiantes de escuela superior del sistema de enseñanza público de la isla experimentaron alguna forma de agresión sexual.

Es un escenario grave y preocupante.

“Y solo se conoce una ínfima parte de los casos”, advirtió López.


¿Cómo se salva un niño con un trauma tan brutal?

—El primer paso es que los padres le crean.

¿Les creen como una norma o por excepción?

—Hemos visto más casos de padres protectores, pero tampoco es la excepción los padres que no les creen a sus hijos. Lo más que marca a un niño, más que el abuso sexual, es que los padres no le crean.

¿La mayoría de los agresores están en el entorno familiar?

—Sí, en la mayor parte de los casos el agresor es alguien conocido de la familia. Lo que estamos viendo, especialmente en abuso sexual infantil, es que la persona es bien cercana a ese niño, comienza a hacer unos acercamientos para ir “preparando” a ese menor para el abuso... Le hace creer que la agresión sexual es por su culpa. Les dicen que no le van a creer, que si lo dicen les van a hacer más daño y, en algunos casos, amenazan con que, si hablan, le harán daño a sus seres queridos. Eso puede llevar al niño a callar, a sentir que es tan responsable como el agresor.

¿Cómo puede uno identificar un caso de un menor aterrorizado que calla? ¿Existe un perfil?

—No hay un perfil. Hay niños que están siendo abusados y se refugian en las escuelas, son los que tienen mejores notas. Otros tienen cambios abruptos en su conducta... Es importante estar alerta.

Los jóvenes se comunican por las redes sociales, ¿cuáles son las alertas allí?

—No permiten que mamá ni papá se acerque o, si lo hacen, se sobresaltan o tratan de estar borrando páginas. Como padres, tenemos que estar alertas.

¿Qué deben hacer los padres?

—Hay que verificar los celulares. Si tienen Instagram, Facebook, hay que verificarlos. El agresor está al acecho. Por ahí es que comienza ese acercamiento.

¿Cómo un niño pide auxilio?

—El abuso sexual se alimenta del silencio. Son menos los niños que hablan. Cuando uno logra hablar es porque, en un momento de crisis, ya no tolera más. O porque lo han visto o porque los papás lo descubren accidentalmente. La Organización Mundial de la Salud lo describe como un “iceberg”. Lo que conocemos es solo la punta de ese “iceberg”.

¿Cuán grave es el problema?

—Es un problema de salud pública. Los números, que ya son alarmantes, ni siquiera reflejan la seriedad de este problema.

¿Se puede decir que es una epidemia?

—Sí.

De los 380 casos que le han referido al Centro Salud Justicia, 259 son menores de edad, que equivale al 68% del total. De enero a junio pasado, le llegaron 65 casos y de esos, 47 niños.

La víctima más joven que ha llegado, un bebé de cuatro meses. La víctima de mayor edad, 78 años.

Cuando el cerebro actúa en modo de sobrevivencia durante la agresión sexual, los recuerdos son en pedazos, no en una secuencia exacta. Eso choca con la precisión que se requiere en un juicio. Por eso, la preparación de esa víctima es trascendental.

Cada caso es un mundo. El ritmo de la recuperación lo marca cada víctima.

“Es importante ir al paso de cada víctima”, dijo López.

La psicóloga no olvida el caso de una menor de 14 años que fue agredida sexualmente por un conocido. Pisó el tribunal a los 18 años. Le tomó 48 meses, 1,460 días, sentirse fuerte para enfrentar a su victimario. Hoy, ella está fuerte y él, en prisión.

¿Hay esperanza para las víctimas?

—Siempre hay esperanza. El proceso es bien duro, de mucho dolor. Hay que ir al ritmo de la víctima... Ayudamos a los fiscales para que los casos puedan seguir.

¿Cuáles son los escollos que encuentran?

—Muchas veces, es la comunicación y otras, la distancia, que puedan llegar al Centro.

¿Cuáles son los problemas de comunicación?

—Hay fiscales que son excelentes, nos refieren casos, nos llaman, están todo el tiempo ahí. Los menos, quizás por desconocimiento, muchas veces el poder contactarlos se nos hace difícil. No solo fiscales, (también) agentes.

A la trabajadora comunitaria Ilia Vázquez, le preocupan las estadísticas al grado de epidemia y se cuestiona la capacidad del gobierno para responder a un escenario tan devastador.

“Nos sorprende que no haya trascendido ninguna acción con respecto al estudio que reveló que 14,000 estudiantes de escuela superior de escuelas públicas han sufrido alguna forma de agresión sexual”, dijo Vázquez.

“En esa misma encuesta, 5,000 estudiantes dijeron que experimentaron algún tipo de violencia sexual en citas. ¿Qué hace la Policía si hoy 14,000 estudiantes deciden hacer una querella o 14,000 adolescentes visitan una sala de emergencia? El Estado no tiene la capacidad de responder a esa necesidad de servicio. ¿Qué está pasando que no llegan los casos?”, añadió

¿Qué hay que hacer?

—Necesitamos hablar del tema, que sepan que hay servicios, dónde están y que hay profesionales capacitados y con el deseo y compromiso de dar el servicio. Es alarmante, por eso digo que es epidémico. Si me dejo llevar por los 1,300 casos que llegan a las querellas, pensaría que tal vez no es un problema tan severo, pero sí lo es porque lo que me dicen las estadísticas, y lo afirma la Organización Mundial de la Salud, es que los menos casos son los que llegan.

¿Por qué los números son tan altos?

—Cuando no tienes un control del manejo del problema, no estás pudiendo prevenir ni tampoco dar los servicios... Necesitamos que el Estado responda de una manera más ágil.


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