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Hace unos tres años, en uno de los fríos salones de audiencias de la Cámara de Representantes, el expresidente del Banco Gubernamental de Fomento (BGF), Carlos M. García, explicaba cómo cuadrarían el presupuesto ese año.

Habló del Fondo de Estabilización al que se allegaron unos $2,000 millones, a través de una emisión de bonos a emitirse a través de la Corporación para el Financiamiento del Impuesto a la Venta y Uso (Cofina) y de cómo se había disparado la deuda pública.

A preguntas de un legislador en torno a cómo traer más dinero recurrente al fisco, García dejó entrever que no quedaba tela de dónde cortar. El país adeudaba entonces casi lo mismo que el tamaño de la economía: unos $60,656 millones. “Esta escandalosa estadística es el resultado de la falta de disciplina fiscal y los déficits enmascarados”, dijo García.

El legislador insistió. Y fue entonces cuando García reveló que al Gobierno le quedaba a lo sumo entre un año y un año y medio para operar, antes de su insolvencia absoluta.

Al escucharlo, paré de escribir. Miré a todos lados, pero nadie –ni siquiera el que hizo la pregunta–, se inmutó.

Han transcurrido unos 29 meses desde ese día y desde la nota que este diario publicó.

También hemos tenido, desde entonces, una decena de ajustes crediticios por parte de las casas acreditadoras, pues las señales de alerta no llegaron con las elecciones de noviembre pasado. También hemos recibido al menos tres cambios de perspectiva de estable a negativa en distintos emisores y al menos seis corporaciones públicas tienen sus bonos en la categoría de chatarra.

Sobre todo, también tenemos una deuda que en los pasados 12 años creció dos veces lo que creció nuestra economía.

Consumado el vaticinio, nos encontramos sin auxilios federales, sin capacidad para tomar prestado y con ocho años de contracción económica. Además, comenzamos a hablar de chatarra y degradación como cosa casual.

El liderato político y privado no estuvo el día en que García anticipó la crisis de insolvencia que vivimos hoy. Ojalá y ahora haya tiempo y gallardía para evitar su terrible desenlace.