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En esta comunidad cubana, algunos entienden que la salida de Raúl Castro provocará cambios, pero otros no

(Nota del editor: El Nuevo Día recorrió Cuba de punta a punta para recoger las opiniones de los cubanos sobre el proceso de cambio presidencial en el país. Se visitaron Arroyos de Mantua -punta occidental-, Hershey -afueras de La Habana-, Placetas -centro de Cuba-, Segundo Frente -pueblo fundado por Raúl Castro Ruz en oriente- y Punta de Maisí -extremo oriental de la isla-.)

Arroyos de Mantua, Cuba - Cuando sea mayor, Lázaro López Ledesma quiere convertirse en el Leonel Messi cubano, dominar el balón de fútbol y ser la máxima estrella de ese deporte a nivel global. Si no lo logra, a este niño de 12 años no se le espantará el sueño, pues tiene claro cuál será su “plan B”, que es convertirse en médico, como su papá.

“En el futuro quiero estar en la máxima categoría del fútbol, ser también buen estudiante, y si no soy futbolista, seré médico como mi papá. A pesar de ser cubano, quiero ser igual que Messi”, afirma el niño con su marcado acento cubano, su camiseta de la selección argentina con el número 10 y el Messi en la espalda, y los pies descalzos repletos de polvo rojo, lo cual prefiere para no dañar el calzado que sus padres le compran para ir a la escuela o salir del pueblo.

Lázaro no tiene preocupaciones con dar alas a la imaginación, pues sabe que tiene garantizada la formación en el fútbol, mediante entrenadores que se ocupan cada tarde de entrenarlo de forma gratuita junto a otras decenas de jóvenes del poblado de Arroyos de Mantua, el enclave más occidental de la isla de Cuba.

Si esa ruta no le resulta exitosa, como ha pasado con casi la generalidad de los cubanos que practican el fútbol en la isla, él sabe que, siempre y cuando sea un buen estudiante, podrá ir a la universidad y aspirar a ser médico, sin que su familia tenga que pagar un centavo por su formación.

El caso de Lázaro representa la realidad que enfrentan los cubanos en su día a día, pues se la pasan navegando entre los extremos de sufrir la carencia de los artículos más básicos y tener la posibilidad de recibir tratamiento médico de forma gratuita.

Lázaro no tiene zapatos para las prácticas diarias de fútbol, pero sí puede ir a la escuela de forma compulsoria y gratuita hasta el noveno grado; no vivirá en un apartamento de lujo, pero su barrio es seguro y puede jugar por sus calles sin temor alguno a brotes de violencia; no tiene un celular de última generación, pero si sufriera de una enfermedad terminal, los médicos cubanos harían todo lo posible para salvarle la vida y no le costaría un centavo.

El pequeño Lázaro vive en un país lleno de contradicciones, que por casi 60 años ha sido dirigido por el que fue un grupo jóvenes idealistas que logró derrocar un gobierno y armar el primer estado netamente socialista del hemisferio.

Ese liderazgo enfrenta el ocaso natural causado por el paso del tiempo y la transición generacional se ha tornado impostergable, por lo que el primer gran paso se dará el próximo jueves, 19 de abril, cuando tome posesión una nueva Asamblea Nacional del Poder Popular y en ella se elija al sustituto del presidente Raúl Castro Ruz.

Lo que ocurra el jueves representará un hito, que dejará a Cuba sin la presencia de un Castro Ruz ni de ningún dirigente de la llamada generación histórica en la presidencia del país.

Toda la isla está a la expectativa de qué ocurrirá, incluyendo Arroyos de Mantua, un pueblo de 3,500 habitantes localizado a 315 kilómetros al oeste de La Habana.

Aquí, entre el polvo rojizo de sus caminos y la villa pesquera que representa la principal industria del pueblo, los residentes viven en plena tranquilidad, deseando que el relevo generacional, de alguna manera, los ponga en el mapa y traiga desarrollo a un enclave que pide a gritos algo de modernidad.

“Aunque estamos en una comunidad que está en el extremo occidental y algo apartada, la vida funciona, uno se adapta de cierta manera y fluye”, dice Oriván Zambrana Fiallo, un pescador de 37 años que tiene su propio bote.

“El futuro en esta comunidad, para los jóvenes, está un poco reducido. Aquí sólo hay un puerto pesquero y pocas instituciones donde trabajar, y generalmente lo que hacen estos jóvenes es irse a la cabecera del municipio o de la provincia para buscar como desenvolverse, muchos como deportistas, o a estudiar medicina o enfermería”, agrega.

La vida en Arroyos de Mantua es modesta y tranquila. No hay lujos, los caminos está deteriorados y las instalaciones públicas batallan con el paso de los años, pero tampoco hay miseria.  Mientras los niños se entretienen con el fútbol, el que se ha convertido en el deporte principal del pueblo, los adultos lo hacen con el dominó o la costura. Ambos coinciden en la casa para ver la novela nocturna o a la hora de las comidas. Es un típico pueblo de tercer mundo alejado de las cabeceras poblacionales.

Esa enajenación provocada por la distancia, sin embargo, no significa que los pobladores estén desconectados de la realidad del país, todo lo contrario, están conscientes de que viene un proceso de transición que traerá cuotas altas de incertidumbre.

Aún así, ellos enfrentan el nuevo escenario con positivismo y creen que, como siempre, los cubanos sacarán los pies del plato.

“Al cambio generacional yo no letengo miedo, porque la base está creada desde el principio de la Revolución. Y el jefe de la Revolución, Fidel, hizo una obra creadora para que todo el mundo pueda seguir adelante. Tenemos la enseñanza del jefe, que murió, pero está aquí. Avanzando sobre esas líneas no vamos a tener pérdida, el camino está clarito, clarito”, dijo Graciliano García Escandel, un pescador de 76 años, jubilado y ex administrador del puerto pesquero de Arroyos de Mantua, quien asegura que vivió en el pueblo cuando la gente se moría por no tener servicios médicos y estar plagado de analfabetismo porque los niños no tenían educación.

Graciliano mira el futuro de la comunidad en el ocaso de su vida y piensa que hay mucho por recorrer para darle a los ciudadanos un mejor nivel de vida, sobre todo, a sus amigos pescadores.

“Yo quisiera  que en el futuro la comunidad y el pueblo siguieran progresando, con barcos modernos, que existan las condiciones para que los pescadores puedan vivir mejor, con barcos como uno que trajeron ahora nuevo que tiene televisión, grabadora, que es un palacio. Los pescadores de ese barco casi no quieren venir a tierra, ¡qué van a venir! Sólo vienen a ver su muchacha. Qué otra cosa van a pedir. Así es como yo quisiera que fuese para todos”, afirma risueño.

Los residentes de este pueblo, contrario a lo que ocurre, por ejemplo, en La Habana, no miran el futuro con pesimismo ni tampoco piensan que llegará una hecatombe que derrumbará el sistema, como se percibe fuera de las fronteras de la isla.

“Tenemos las ideas, y los que vienen también las tendrán porque han sido formados en la Revolución. Yo pienso que no cambiará nada, que seguiremos avanzando para seguir teniendo mejores resultados”, indica María Elena Riveiro Otero, nacida en Arroyo de Mantua y directora de deportes del municipio, donde ha logrado desarrollar jugadores que están en el programa nacional a través de su mejor carta de presentación, el trabajo duro.

Es en ese programa que practica Lázaro todas las tardes con mucho compromiso y alegría. Corretea sin parar, defiende, ataca, maneja el balón y lo pierde. Ríe alegremente, se enoja cuando comete un error y escucha con detenimiento a su entrenador.

Hace un aparte y conversa con El Nuevo Día. Confiesa lo evidente, su admiración por Messi, pero sorprende a todos con la respuesta a la pregunta que puso fin a la entrevista.

¿Cómo quisieras que fuera Cuba en un futuro?, se le preguntó.

“Me gustaría que Cuba siguiera siendo libre y soberana”, remató con una seriedad inesperada.

Quizás la respuesta de este niño de 12 años resume lo que hace que Cuba sea tan contradictoria y tan poco entendida fuera de su realidad socialista, un contexto que enfrenta un serio desafío en pocos días, cuando se elegirá un nuevo presidente, a quien corresponderá cumplir con los deseos de Lázaro y, a la vez, lidiar con un inevitable escenario de cambio.


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