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El exprisionero político cuenta su experiencia en la libre comunidad

Lo ha tenido que ver en prisión la mitad de su vida. 

Mercedes lo visitó en cada una de las cárceles donde estuvo durante sus 36 años de cautiverio.

Desde los tiempos en que en el barrio de Chicago algunos la señalaban como familia del “terrorista”, hasta los años más recientes cuando desde Aguada, donde ahora vive, vio cómo se forjó un fuerte consenso entre el liderato de Puerto Rico y la diáspora a favor de la excarcelación de su hermano Oscar López Rivera.

Recuerda con emoción cómo, en una visita a un hospital en San Luis (Misuri) en que le internaron de un padecimiento menor, ella y su hermana Zenaida lograron llegar hasta donde él en un pasillo, y el prisionero político, al verlas, les encadenó, literalmente, en un abrazo, pese a las objeciones de los carceleros. “Eso fue lo más lindo y emotivo”, dijo.

Aquel momento, narró Mercedes, solo fue superado con el pleno reencuentro que tuvieron en febrero en San Juan, en la casa de su sobrina, Clarisa, donde el prisionero independentista ha pasado los últimos cuatro meses de su condena, bajo arresto domiciliario.

Mercedes se ríe sola al recordar. “Poder verlo con una camiseta, mahones y abrazarlo de verdad. Eso fue especial”, contó Mercedes, quien a sus 76 años es dos mayor que el prisionero independentista.

El pasado lunes, a López Rivera le dieron permiso para visitar a su hermano mayor Juan Alberto, quien está en un asilo en San Juan. Mercedes lo acompañó. “Los tres juntos después de tanto tiempo”, subrayó.

El miércoles todo les será distinto.

Justo a las 8:00 a.m., el último prisionero político puertorriqueño de la Guerra Fría y el que más tiempo ha cumplido en cárceles estadounidenses, habrá extinguido su condena.

El pasado 17 de enero, el entonces presidente Barack Obama, 68 horas antes de su salida de la Casa Blanca, le conmutó la sentencia, sujeto a que cumpliera cuatro meses más de su condena, que sumó 70 años.

Convicto principalmente por conspiración sediciosa tras ser vinculado con el grupo clandestino Fuerzas Armadas de Liberación Nacional (FALN), López Rivera estuvo 35 años, ocho meses y nueve días en prisiones estadounidenses.

Los últimos 94 días de cárcel, los ha pasado bajo arresto domiciliario en la casa de su hija, Clarisa, en San Juan.

“Un día se va a poder entender la enormidad” de que dos presidentes distintos, Bill Clinton y Barack Obama, con más de 17 años de diferencia, conmutaran la sentencia de un hombre acusado de querer derrocar el gobierno de EE.UU.”, dijo el congresista Luis Gutiérrez (Illinois).

En el campo político, Gutiérrez encabezó una campaña que convirtió a López Rivera en el prisionero independentista de más prominencia desde Pedro Albizu Campos y Lolita Lebrón.

“A Oscar le tocó dar la lucha desde la diáspora. Lo que hizo Oscar por sus compañeros y la lucha independentista, al demostrar que se pueden anteponer principios y resistir sin que lo puedan romper sicológicamente, es una cosa de leyenda”, indicó el presidente del Comité Pro Derechos Humanos, Eduardo Villanueva.

La vida de este prisionero independentista de 74 años, que sus defensores comparan con Nelson Mandela y el FBI describió como un terrorista, comenzó en el barrio Aibonito Guerrero de San Sebastián, donde nació el 6 de enero de 1943.

Es el cuarto de siete hermanos. Llegó a Chicago en diciembre de 1957, donde ya estaban su padre y su hermana mayor, Clari, a un mes de cumplir sus 15 años. Su mamá y sus demás hermanos le siguieron un par de años después.

Cuando los López Rivera llegaron a Chicago hace seis décadas, eran unas de las pocas familias puertorriqueñas en una zona residencial blanca no hispana y polaca.

El padre de López Rivera, Alberto López, conocido como Millo, fue agricultor en Puerto Rico. Se fue a Chicago –donde trabajó en una fábrica de construcción de tubos de acero– como parte de la gran migración puertorriqueña de mediados del siglo pasado.

La mamá de López Rivera, Andrea Rivera, fue el tronco de la familia. En Chicago, trabajó en una empresa industrial de planchado y limpieza. Por un tiempo tuvo una pequeña fonda boricua en el barrio. “Doña Mita” nunca aprendió a leer o escribir. 

Pero, el abuelo materno de Oscar, quien fue líder fundador del Partido Independentista Puertorriqueño (PIP) en Isabela, le enseñó historia, poesía y le habló de los próceres de Puerto Rico.

“Nos declamaba la poesía de Luis Lloréns Torres, José de Diego, Julia de Burgos y otros”, sostuvo José López Rivera, de los varones el menor, y encargado del Centro Cultural Puertorriqueño de Chicago, el motor que hace girar la organización de la comunidad boricua de esa ciudad.

 Oscar López Rivera fue el primero de su familia en ir a la universidad, en el Colegio Wright.

Cuando su padre les abandona, López Rivera deja la universidad para ayudar a cubrir las necesidades inmediatas de la familia.

Trabajaba en un laboratorio, cuando le llegó la carta del Ejército que le ordenó reportarse a las Fuerzas Armadas de EE.UU., que entonces combatían en Vietnam, una guerra que nunca le hizo sentido. Fue movilizado a Vietnam de marzo de 1966 a marzo de 1967.

Regresó a Chicago decidido a ayudar a organizar su comunidad. “Fui quien le abrió la puerta. Nos abrazamos, me da su uniforme, la medalla que le dieron y en referencia al uniforme militar me dice ‘no quiero ver esto jamás en mi vida’”, indicó su hermano José, quien ha llevado la carga de la campaña a favor de su liberación.

Por su desempeño en la Guerra de Vietnam, Oscar López Rivera fue condecorado con la Estrella de Bronce, que se concede a las personas que, al servir en las Fuerzas Armadas de EE.UU. en un teatro de combate, se distinguen por heroísmo, logro excepcional o por servicio meritorio.

Estando en Vietnam se dio la llamada “rebelión de 1966”, en la que su comunidad salió a protestar en contra de la brutalidad policial. Los sucesos se desarrollaron alrededor del histórico parque Humboldt, donde ahora una calle llevará simbólicamente su nombre.

Oscar López Rivera ha dicho que desde Vietnam se planteó por qué estaba en medio de una guerra contra personas que no le habían hecho nada, mientras su comunidad se defendía de abusos policiales y la discriminación.

Cuando fue enviado a Vietnam, López Rivera aún no se consideraba independentista. “La experiencia de la guerra transforma a las personas”, afirmó López Rivera en una entrevista con El Nuevo Día publicada en junio de 2013.

Como organizador y líder comunitario, la primera institución que ayuda a fundar en Chicago, en 1973, fue la escuela Pedro Albizu Campos, hoy más vigente que nunca en el corazón del barrio. Luego vino el Centro Cultural Puertorriqueño.

Para finales de 1974, el trabajo de López Rivera tomó ribetes políticos.

Y las FALN estaban en formación.

Clandestinidad

No es, sin embargo, hasta 1976 que Oscar López Rivera se va a la clandestinidad. “Él limpió todo el cuarto, lo dejó limpio, sin ningún rastro de lo que tenía”, recordó su hermana Mercedes.

Su familia ha indicado que el FBI les acosaba en sus casas y en sus centros de trabajo.

“Los agentes del FBI se trepaban en el poste de teléfono a escuchar las llamadas. Se escondían detrás de los árboles. Me iba a trabajar y estaban todo el día conmigo”, señaló su hermana menor, Zenaida, entrevistada en Chicago, donde reside.

Once de sus compañeros fueron arrestados primero en Evanston, un suburbio de Chicago, el 4 de abril de 1980. “Oscar estaba ahí, pero no lo vieron. O él los vio antes de que lo vieran a él”, reveló uno de ellos, el exprisionero político Carlos Alberto Torres, en una entrevista a finales de enero en Chicago.

El FBI nunca lo encontró. 

Un policía le detuvo el 29 de mayo de 1981 en la localidad de Glenview, un suburbio de Chicago, tras López Rivera hacer un viraje ilegal en el automóvil que conducía. 

“Hay algo que verdaderamente las agencias federales han tenido en contra mía, y es que nunca me pudieron capturar. Por eso también su comportamiento en contra de mi familia”, afirmó López Rivera, en una de sus entrevistas desde prisión con El Nuevo Día.

Las FALN

El primer atentado que las FALN se atribuyeron ocurrió en octubre de 1974. Un total de cinco bombas fueron detonadas en la ciudad de Nueva York, en edificios vinculados a bancos como Midland Marine Bank, y petroleras como Exxon y la Union Carbide. No hubo heridos.

El FBI alegó que en total los atentados de las FALN fueron más de 100 y las víctimas fatales, cinco. El más controvertido de todos e inusual fue el ataque del 24 de enero de 1975, en el restaurante Fraunces Tavern en la zona de Wall Street. Cuatro personas murieron y 63 resultaron heridas.

“Lo hicimos en represalia por la bomba ordenada por la CIA que mató a Ángel Luis (Charbonier) y Eddie Ramos, dos jóvenes trabajadores que apoyaron la independencia puertorriqueña y la mutilación sin conciencia de 10 personas inocentes y un precioso niño puertorriqueño de seis años de edad en Mayagüez”, indicaron las FALN en su comunicado.

En los momentos más turbulentos de la Guerra Fría, el independentismo mantuvo que el bombazo de Mayagüez fue un ataque de los grupos de extrema derecha cubana que consideran eran protegidos por el FBI y la Policía de Puerto Rico.

Oscar López Rivera ha señalado que en aquellos tiempos él estaba vinculado a la Comisión de Asuntos Hispanos de la Iglesia Episcopal en Nueva York. Para el FBI, a través de esa comisión se ayudó a financiar las FALN. La Iglesia lo negó.

Cuando ocurre el atentado a la Fraunces Tavern, López Rivera ha asegurado que estaba en Puerto Rico. “Llegué a Puerto Rico como el 9 o 10 de enero de 1975 para una conferencia de la comisión hispana de la Iglesia Episcopal. La conferencia se terminó entre el 26 y 27 de enero. Estuve en Puerto Rico todo ese tiempo”, dijo en una entrevista con El Nuevo Día en febrero de 2014.

Arrestado el 29 de mayo de 1981, López Rivera nunca se defendió en el juicio, que consideró viciado. Se le acusó como a sus colegas de las FALN de sedición, conspiración para derrocar el gobierno de EE.UU. También, de tener una pistola de forma ilegal y violaciones al comercio interestatal. 

Su convicción ocurrió el 11 de agosto de 1981. Se le sentenció a 55 años de cárcel, y fue enviado a la prisión de máxima seguridad de Leavenworth, en el noreste de Kansas. 

En 1986, fue trasladado a la institución penal de Marion, Illinois, después de imputársele en junio un intento de fuga que López Rivera consideró un entrampamiento. A causa de ese cargo, se le sumaron otros 15 años de cárcel a su sentencia.

En Marion, entonces la cárcel de mayor seguridad en el sistema carcelario de EE.UU., comenzaron los 12 años de solitaria para el prisionero político. Se le privó de poder distinguir la noche del día, encerrado en una pequeña celda de 6 x 9 durante 22 horas y 45 minutos.

La Campaña 

Para principios de los 1990, cuando López Rivera y los prisioneros políticos de las FALN llevaban cerca de una década encarcelados, desde la diáspora, el liderato boricua comienza a organizar una campaña a favor de su liberación.

La campaña “Ofensiva 92” tuvo un sonado éxito en agosto de 1999. Entonces, el presidente Bill Clinton ofreció clemencia a una docena de prisioneros políticos puertorriqueños de la FALN y Los Macheteros.

A López Rivera, Clinton le propuso cumplir 10 años más de cárcel. 

López Rivera rechazó la oferta, pues no incluyó a sus compañeros Carlos Alberto Torres y Haydee Beltrán. “Nunca, ni en Vietnam ni en la calle, dejé a nadie atrás”, ha indicado López Rivera. Para agosto de 1999, López Rivera ya había cumplido 18 años en cárceles estadounidenses.

Con el tiempo, Beltrán y Torresquedaron en libertad. Entonces, López Rivera solicitó libertad condicionada a la Comisión de Libertad Bajo Palabra. Bajo presión del FBI y familiares de víctimas del ataque a las Fraunces Tavern, como Joseph Connor, hijo de Frank Connor, en 2011 se le negó libertad condicionada. Joseph Connor considera a López Rivera responsable por la muerte de su padre. 

“No dudo que son sentimientos genuinos de un hijo que perdió a su padre. Pero, el FBI ha investigado ese caso de arriba abajo. Nadie puede decir que tengo sangre en mis manos, absolutamente nadie”, indicó López Rivera en febrero de 2014.

En una entrevista reciente, Connor afirmó a El Nuevo Día que, debido a que considera a López Rivera el líder de las FALN, el prisionero independentista debió asumir responsabilidad por los ataques realizados, aunque no haya colocado la bomba en el restaurante neoyorquino.

“En la audiencia sobre libertad condicionada estábamos esperando que, por lo menos, tomara alguna responsabilidad, pero no lo hizo”, dijo Connor. López Rivera dijo a El Nuevo Día en julio de 2006 que las FALN nunca tuvieron una estructura de liderato.

Carlos Alberto Torres también ha afirmado que ni López Rivera ni él tuvieron relación alguna con el ataque a la Fraunces Tavern. “Oscar no tuvo nada que ver con eso, yo no tuve nada ver que con eso. Hubiese querido que no ocurriera. Todo lo que lo rodea es trágico, Puerto Rico es una colonia y es trágico, las reacciones que el colonialismo causa son trágicas, y cosas así como Fraunces Tavern son trágicas, particularmente para las familias”, señaló Torres.

Solicitud de clemencia 

Una vez se le negó libertad condicionada, la que no hubiese podido solicitar de nuevo hasta 2023, López Rivera pidió clemencia en 2011 al presidente Obama.

La orden de excarcelación la dio el presidente Obama el 17 de enero, por recomendación del Departamento de Justicia de EE.UU. dos días antes de dejar la Casa Blanca. La conmutación se dio sujeto a que el prisionero político cumpliera cuatro meses más de condena, bajo arresto domiciliario.

El 9 de febrero, el gobierno federal colocó a López Rivera bajo la custodia temporal del congresista Gutiérrez, para que fuera trasladado ese día a la casa de su hija, Clarisa, donde –bajo la supervisión de un centro adscrito al Negociado de Prisiones–, termina su condena, con un grillete electrónico en un pie que permite al gobierno monitorear todos sus movimientos. 

Extinguida su condena, López Rivera podrá reencontrarse a tiempo completo con su familia, como ha podido hacer con su hija Clarisa, a quien vio por vez primera cuando ella tenía 10 años, poco después de su arresto.

La comunicación con su hija se tornó muy limitada durante los 12 años y medio en aislamiento. A su nieta Karina –cuya abuela por parte de padre es la exprisionera política de las FALN, Carmen Valentín–, la vio por vez primera cuando ella tenía 40 días de nacida. Clarisa le llevó a Karina a la cárcel de Marion, donde estaba en confinamiento solitario.

Impedido de tener contacto físico, López Rivera comenzó a jugar ‘las manos en el cristal’ con su nieta. Un juego que se extendió por siete años y ayudó a formar la relación entre el abuelo y la nieta, y que dio título a las cartas que López Rivera le escribió desde la prisión y han sido publicadas en El Nuevo Día.

Oscar López Rivera ha indicado que valora profundamente a su familia, y que uno de sus momentos más tristes en prisión fue la muerte de su madre, el 14 de febrero de 1997. Sus carceleros no le permitieron ir al funeral. 

Arresto domiciliario

Aunque restringido a cuatro paredes, los pasados cuatro meses han servido de transición a López Rivera. Ha recibido a familiares, amigos y personalidades.

Pequeños actos, que antes eran prohibidos, ahora son cotidianos. Leer los periódicos por internet, ver televisión o hablar por teléfono forman parte de su nueva vida, aunque, según narran sus familiares, mantiene mucha de la misma rutina de la prisión.

“Se sigue levantando temprano, ya a las 4:15 a.m. está despierto, hace ejercicios, desayuna para luego intercambiar su tiempo entre escribir y retocar sus pinturas”, contó su hermana Mercedes. A sus 74 años hace 100 “push-ups” diarios.

Desde prisión anhelaba volver al mar, el cual volvió a ver desde el aire en su viaje desde Carolina del Norte, donde hizo escala el 9 de febrero al salir de la prisión de Terre Haute, Indiana, hacia San Juan. 

También ha hablado de la fascinación que siente por las mariposas monarca, que vuelan miles de kilómetros desde Minnesota y Canadá hasta los bosques de Oyamel en México.

Al extinguirse su condena el miércoles, lo primero que hará será desayunar con sus familiares. A las 3:30 p.m., habrá “una fiesta de pueblo” en la plaza de Río Piedras. Será su bienvenida formal a Puerto Rico.

El jueves le recibirán en Chicago, el sábado en San Sebastián, el 31 de mayo en San Francisco, y el 11 de junio encabezará el Desfile Puertorriqueño de Nueva York reconocido como “Prócer de la Libertad”. Regresará a Nueva York para declarar el 19 de junio ante el Comité de Descolonización de la ONU, que pidió su excarcelación.

En el umbral de su plena libertad física, como las mariposas que tanto ha admirado, López Rivera prepara una cargada agenda que le llevará también a recorrer miles de kilómetros.

Las periodistas Omayra González Méndez y Teresa Canino Rivera colaboraron con este reportaje.


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