Alfredo Carrasquillo Ramírez

Punto de vista

Por Alfredo Carrasquillo Ramírez
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Coronavirus: entre el temor y la esperanza

A pesar de los numerosos esfuerzos de contención a través del mundo, los casos de COVID-19 siguen multiplicándose de manera significativa y preocupante. La escasez de pruebas, la falta de transparencia y la torpeza de los gobiernos para gestionar la crisis nos enfrentan a un mar de incertidumbre. 

A ciencia cierta, no sabemos cuántos estamos contagiados ni podemos prever si los hospitales podrán manejar el volumen de casos que se compliquen o si habrá ventiladores suficientes para los que presenten dificultades respiratorias. Tampoco tenemos una perspectiva clara de cuánto tiempo tomará esta emergencia global de salud pública, cuándo podremos retomar la rutina laboral y volver a circular con cierta normalidad, ni en qué momento habrá una vacuna disponible. 

Pero más allá de las preocupaciones inmediatas y coyunturales, esta crisis ha puesto sobre la mesa problemas más complejos y estructurales frente a los cuales –y no por falta de advertencias– amplios segmentos de la población nos habíamos hecho de la vista larga.  

Primero, una crisis de credibilidad. El quiebre de instituciones de importancia como los gobiernos, los organismos internacionales y los medios de comunicación hacen que enfrentemos esta emergencia desde la más profunda sospecha. La erosión de estos liderazgos, organizaciones y propuestas hacen que no sean creíbles ni confiables para buena parte de la ciudadanía en todos los países del orbe.  

Segundo, una crisis de los programas de salud. Con muy pocas y honradísimas excepciones, los sistemas de salud pública y privada, a lo largo y ancho del planeta, están estructurados de manera equivocada y su colapso aquí y allá nos confronta a mucho más que la compra de respiradores, reactivos y mascarillas. Los sistemas sanitarios tienen que rediseñarse en su totalidad, no solo para atender crisis como esta, sino para desafíos como los que traerá el envejecimiento de amplios sectores de la población en las próximas décadas. 

Tercero, una crisis provocada por los efectos de –y las reacciones a– la globalización y la mundialización. Más allá de la retórica xenófoba de los populismos de derecha, la interconexión de países y mercados es un hecho inevitable. Ello hace que las estrategias de contención, cierre de fronteras y cuarentena tengan un alcance y una efectividad muy limitada y –lo que es más– que no sean sostenibles. Como muy bien decía Yuval Harari, la desconfianza y la fragmentación tienen que dar paso a la cooperación global y a la solidaridad que se manifieste, por ejemplo, en el intercambio de información científica relevante y confiable entre los distintos países y gobiernos del mundo. 

Mentiría si les dijera que albergo esperanzas de que las generaciones que hoy lideran las instituciones relevantes a la atención de estos desafíos que enumero vayan a gestionar estas crisis de manera diferente o que vayan a tener el desprendimiento y arrojo de encaminar transformaciones de importancia. Confieso que, a corto y mediano plazo, el temor me habita; pero veo, a lo lejos, señales de esperanza.

Luego de un prolongado silencio mientras cenábamos en la primera noche del toque de queda, Lucía, mi hija de dieciséis años, me dijo: “Voy a tener muchas cosas que contarles a mis hijos”. Ella, al igual que buena parte de su generación, ha vivido experiencias bastante dolorosas y complejas, que muchos de nosotros nunca tuvimos que enfrentar cuando éramos adolescentes. Les ha tocado crecer en medio de una profunda recesión económica, de una compleja crisis social, de numerosas emergencias ambientales globales y de un quiebre sin precedentes de la confianza en las instituciones políticas y los medios de comunicación.  

Basta escucharle conversar con sus compañeros de escuela y sus amigos, o prestar atención a su lectura de asuntos de interés común, para constatar lo que empiezan a advertir los estudiosos de los cambios generacionales. Ese grupo demográfico nacido entre 1994 y 2010, la denominada generación zeta, parece alejarse de los narcisismos y egoísmos de los llamados millennials; y, al menos en sus conversaciones, pues su ámbito de acción cívica y política es todavía muy reducido, da muestras de una toma de conciencia interesante y prometedora sobre las problemáticas que les hemos dejado en herencia.

Tal vez la ya famosa Greta Thunberg es un adelanto de lo que podemos esperar de la generación que hoy crece y se educa en las escuelas y universidades. Si esta se revela como una generación más flexible, solidaria y comprometida con la libertad, el ambiente, la democracia, la diversidad y el cambio; y si se materializa su voluntad de apoderarse y moverse de la observación pasiva a la acción decidida, valiente e innovadora, habrá eventualmente razones para pasar del temor a la esperanza.

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