Silverio Pérez

Tribuna Invitada

Por Silverio Pérez
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¿Cumplir o celebrar?

He celebrado muchos cumpleaños en estos días, incluyendo el de mi padre, el mío y el de mi nieto, y ha sido eso, celebración. No me gusta eso de cumplir años. Es que la palabra cumplir siempre me ha dado la sensación que está demasiada ligada a la obligación, a quedarse por debajo de lo máximo posible. Yo no cumplo con mis hijos, ni con mi esposa, ni con el país, trato de entregarlo todo, que siempre va por encima de lo que hubiese significado cumplir.

Celebrar sí le hace justicia a eso de, en mi caso, darle setenta vueltas al sol. Aunque luego de tantas vueltas uno termine medio mareado, se celebra, y parte importante de la celebración es mirar esas vueltas de la vida y reflexionar sobre ellas porque, aunque nos falte un día de vida, son veinticuatro horas que podemos aprovechar para aprender algo nuevo, para crecer. Siempre he querido crecer. Y se crece aprendiendo. Y al aprender se madura. No necesariamente se madura con la edad. Veo muchos jóvenes sabios y muchos viejos inmaduros. Es más, cuando se empieza a saborear la sabiduría hay un proceso de rejuvenecimiento. Me ha tomado setenta años para sentirme más joven que nunca.

Me doy cuenta de que tengo unos veinte años menos de lo que luce el señor mayor que veo por las mañanas en el espejo. Por eso les sonrío condescendientemente a los que me hacen el halago de decirme que me veo muy joven. Leo entrelíneas: para lo viejo que eres no te ves tan mal. Creo que tenemos a los veinte, el rostro que Dios nos dio, a los cuarenta, el que nos ha dado la vida, y a los sesenta, el que nos merecemos por la forma en que hemos escogido vivir. La piel se nos arruga en la medida en que se nos va arrugando el alma.

Mi fórmula “antiaging”, que se la he robado a mi padre, se compone de entusiasmo, serenidad y hacer el bien a la mayor cantidad de gente posible. Hay que embadurnarse de esas tres cremas todos los días. Y lavarse la cara con humor. El humor hace que la mente se mantenga ágil. El entusiasmo se obtiene de la creación de proyectos, desde los grandes, como un libro, hasta los cotidianos, como la reunión de amigos para ver el mundial de fútbol. Eso hace que el espíritu se mantenga lleno de pasión.

¿Y el cuerpo? Bueno, el cuerpo se va poniendo un tanto perezoso, quejoso, sobre todo de la velocidad a la que lo llevan la mente y el espíritu. Pero entender eso es importante: el cuerpo le responde a la mente y al espíritu. Ahora vivo más que antes, pues cuando joven, entre las preocupaciones del presente y los miedos al futuro, no vivía plenamente. Me importa cada día más el presente, pues si me pongo a pensar que ya voy cuesta abajo, puedo descubrir que ya tampoco los frenos funcionan.

Si celebramos, le decimos al universo que estamos listos para recibir más bendiciones, que a su vez provoquen nuevas celebraciones. En los pasados quince años he logrado más cosas que en los pasados cuarenta y ocho, cuando megradué del Colegio de Mayagüez. Celebro tirándome por una chorrera con mi nieto, mi esposa y mi hija, haciéndoles creer que estoy más asustado de lo que realmente estoy. Celebro regresando al Camino de Santiago por cuarta vez, aunque el cuerpo se declare en desobediencia civil. Celebro cantando, sobre todo por los que no pudieron seguir cantando, como Víctor Jara, que lo asesinaron por cantar. Celebro escribiendo, porque escribir es una forma de pensar con más profundidad. Y si logro que otros me lean, celebro aún más. Celebro sintiéndome querido, por mi esposa, mis hijos, mis nietos, mis amistades y la gente que me sigue. Y celebro porque aún, después de haber visto tantas cosas en mi amado país, sigo apostando a su redención.

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