Miriam Montes

Tribuna Invitada

Por Miriam Montes
💬 0

Danza que rompe barreras

Una reverencia frente al maestro y un aplauso cerrado al final de la clase, es la manera de expresar, en el lenguaje no verbal de un bailarín, un sentido “Gracias, maestro”.

Así sucedió; de manera espontánea, como quien advierte un aprendizaje valioso que no puede ignorar. O mejor, como quien descubre que la lección preciada se trata de algo mucho más importante que memorizar y ejecutar una secuencia de pasos. Ese día, el privilegio del “maestro” recayó en un grupo de ocho niños y niñas entre siete y once años provenientes del residencial Las Margaritas, en el sector Cantera.

Ocurrió un lunes, en la sede de la escuela de baile Centro Danza, dirigida por Laura Valentín y Osmay Medina. El grupo avanzado de ballet clásico iniciaba la rutina de “tendús” y “demipliés” en la barra. Aparecieron, de imprevisto, las niñas y niños vestidos de negro y zapatillas deportivas, junto a su maestra de teatro, Melany López, y varios padres. Quisieron conocer la escuela de baile, como una reacción a la visita “artística” que hizo Centro Danza a la comunidad de Cantera semanas atrás.

Allí, sentados sobre el suelo de madera, con los ojos fijos en los bailarines, los niños observaban…

Entonces, el maestro Osmay Medina invitó a los niños a ejecutar los ejercicios en la barra. La integración fue inmediata. A los pocos minutos, los observadores se convirtieron en participantes. Luego, fueron ellos los observados.

Interrumpida la clase de ballet, los niños presentaron su pieza de baile ante una audiencia que disfrutaba aquel despliegue de talento, musicalidad y vigor. El próximo paso no se dio a esperar: enseñar, entre risas compartidas y reprimendas graciosas, los contoneos rítmicos a los bailarines de Centro Danza. Como si el liderazgo les naciera, los niños tomaron control de las estrategias pedagógicas.” Tú para este grupo, tú para aquel… Tú lo estás haciendo bien. Tú…tú no”. Risas. “Así de suave, no. Hazlo como si fueras robot, así…” Más risas. Kendrif, expresivo y afectuoso, se abraza al cuerpo de Camila, y esta le devuelve el cariño. La “clase” de coreografía llegaba a su culminación. Bailarían todos juntos.

¡Prevenidos! Tumbados en el suelo a la espera de la clave musical, el espacio se llenó de expectación. La música pulsó con brío. Movimiento, sonrisas, osadía. Cesaron entre ellos los encasillados de observadores y observados. Los danzantes se habían convertido en un solo cuerpo de baile, ejecutando un mismo latido musical, una misma proyección, una misma alegría. Los maestros (que ya no lo eran) observaban a los “nuevos” maestros. Aquellos no parecían ser necesarios. El arte lo era todo. Y las ganas de bailar. Y la alegría del junte.

Un aplauso rotundo selló el encuentro. Algarabía, foto grupal, abrazos… Los niños, encaramados sobre los hombros y en los brazos de los bailarines de Centro Danza, posaban para la cámara. Se valía fijar el momento inolvidable. La magia los rozaba a todos.

Eran los chicos y chicas pertenecientes al capítulo de San Juan del “Boys and Girls Club de Puerto Rico”, una asociación sin fines de lucro con el propósito de ofrecer a niños de escasos recursos económicos la oportunidad de exponerse a diversas manifestaciones artísticas.

Nos dejaron lecciones. Sin saberlo, rompieron los usuales fraccionamientos entre observadores y observados, tan parecidos a las estructuras jerárquicas y de poder. Disiparon las barreras socioeconómicas. Minimizaron los estigmas de la cultura del ballet. Abrieron espacios de oportunidades. Trajeron el teatro a la calle. Experimentaron la libertad de expresarse con belleza. Promovieron el valor de la aceptación y la humildad por encima de la ejecutoria individual. Olvidaron, acaso, alguna carencia familiar. Al bailar, demostraron que, para el espíritu, la unidad y la armonía son, no solo posibles, sino inmensamente superiores.

Otras columnas de Miriam Montes

💬Ver 0 comentarios