Roberto González Nieves

Tribuna Invitada

Por Roberto González Nieves
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Hora de abandonar nuestros miedos

Celebramos con alegría el nacimiento del Hijo de Dios. La fiesta de la Navidad es la fiesta de la alegría al saber, al conocer la noticia de que Dios ha bajado a este mundo, ha venido a visitarnos con su amor, con su ternura, con su misericordia y con su paz. Por eso es que hoy la Iglesia canta gozosa con los ángeles del cielo, con ese coro celestial: "Gloria  a Dios en los cielos y en la tierra paz  a los hombres que ama el Señor." (Lc. 2, 14)

Hoy la Iglesia, el pueblo santo de Dios celebra gozosamente la Navidad. La celebra con profunda alegría porque donde nace Jesús, nace la esperanza y donde hay esperanza no hay desesperación porque donde nace Jesús, nace la paz y donde hay paz no puede haber un culto al odio, no puede haber una cultura de la división ni de la violencia. Hoy nace Jesús y donde Él nace, nace la misericordia y donde nace la misericordia no puede haber lugar para la crueldad, para la destrucción de mi prójimo que es mi otro hermano o hermana que Dios nos ha dado.

Hoy también es el día de los pequeños y los humildes, hoy es el día de los marginados, de los sufridos, de los que se les hace difícil de sostener a una familia, de los que no cuentan mucho en las sociedades desalmadas, consumistas.  Las circunstancias que rodean el nacimiento de Jesús son las mismas que nos gritan hoy que Dios quiere que fijemos nuestra atención en los más pobres, en los más pequeños, en los más débiles, en los más vulnerables, en los descartados, en los que pasan hambre.

Decía anoche el Papa Francisco: “el que no tenía lugar para nacer es anunciado a aquellos que no tenían lugar en las mesas ni en las calles de la ciudad. Los pastores son los primeros destinatarios de esta buena noticia. Por su oficio, eran hombres y mujeres que tenían que vivir al margen de la sociedad. Las condiciones de vida que llevaban, los lugares en los cuales eran obligados a estar, les impedían practicar todas las prescripciones rituales de purificación religiosa y, por tanto, eran considerados impuros. Su piel, sus vestimentas, su olor, su manera de hablar, su origen los delataba. Todo en ellos generaba desconfianza. Hombres y mujeres de los cuales había que alejarse, a los cuales temer; se los consideraba paganos entre los creyentes, pecadores entre los justos, extranjeros entre los ciudadanos. A ellos (paganos, pecadores y extranjeros) el ángel les dice: «No teman, porque les traigo una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo: Hoy, en la ciudad de David, les ha nacido un Salvador, que es el Mesías, el Señor» (Lc 2,10-11).

¿Quiénes fueron los primeros invitados a la Navidad? Los pastores representantes de los sencillos, de los vulnerables, de los más frágiles en la sociedad, representantes de los que ocupan los últimos puestos. A esas personas, gentes sencillas, Dios cuando se hace presente en este mundo, son a los que primero tiene presentes para alegrarlos y consolarlos, para decirles que no teman y para envolverlos con su claridad.

El misterio de la Navidad que la Iglesia celebra hoy debe iluminar el proceso de recuperación de Puerto Rico de los huracanes Irma y María, de la restructuración de su deuda, de su estabilidad fiscal y de su desarrollo económico.  La celebración navideña que celebramos hoy nos pone de manifiesto que Jesús primero se hace presente entre los más pobres representados en los pastores. Ellos son los primeros en recibir la Buena noticia, los primeros en alegrarse, los primeros en contemplarlos, los primeros en cantarle, en alabarle, en adorarle y en anunciarle. Jesús nace entre los pobres y los humildes. Jesús viene a implantar un reino donde todo el mundo cuenta, donde no se descarta a nadie y donde siempre hay que comenzar con los más sencillos en mente. Ese es el mensaje del pesebre que estamos llamados a contemplar hoy.  La Navidad nos invita a hacer nacer un nuevo Puerto Rico con los más vulnerables en mente. La Navidad nos enseña que lo primero que hay que reestructurar son nuestras alegrías, nuestras esperanzas, nuestros valores y nuestra conciencia social, comenzando en nuestras familias.

En nuestro pueblo puertorriqueño tan sufrido, tan desesperado, tan devastado nos debe alegrar y animar en nuestra recuperación las palabras del ángel a los humildes pastores: «No teman, porque les traigo una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo: Hoy, en la ciudad de David, les ha nacido un Salvador, que es el Mesías, el Señor» (Lc 2,10-11).  

La Navidad nos invita a dejar nuestros miedos y a abrazar el misterio de la alegría y la esperanza. La Navidad nos pide ser un pueblo sin temor a su futuro, a ser un pueblo que camine de frente con la valentía de los hijos e hijas de Dios. No temamos de vivir en Puerto Rico, de hacer nuestras vidas aquí, de criar a nuestros hijos e hijas en esta tierra y a ser los protagonistas de la reconstrucción de nuestra Patria. La Navidad nos enseña a nunca ningún pueblo debe perder la esperanza y la alegría de vivir. Allí donde la vida es dura, es difícil, donde se sufre, el Señor se hace presente para ser acogido, para ser abrazado y para iluminar a cuanto corazón se abra al misterio del amor.

Por último, la Navidad es siempre la fiesta de la alegría. Puerto Rico no es un pueblo triste. A nosotros no solo nos alegra la belleza de nuestras playas y campos; no solo nos alegra el canto del coquí y su calor tropical. También nos gusta celebrar aún en medio de los golpes que da la vida porque Puerto Rico es la Isla del Cordero y nuestra fe en Jesús nos hace saber que somos amados por Dios, protegidos por su providencia. Nos alegra saber que Dios ha venido a este mundo, nos alegra saber que Dios es tan cercano, que Dios nos bendice que su paz. Nos alegra tener una fe que nos interpela a amarnos los unos a los otros, nos alegra profesar una fe que nos motiva a vivir en el amor y en el respeto; nos alegra forjarnos como pueblo creyendo en la generosidad, en la caridad, en la hermandad y en el amor familiar.

La alegría de nuestro pueblo viene de nuestra fe, una alegría que nació y nace de la resurrección de Cristo porque no hay Navidad sin la pasión, muerte y resurrección de NS Jesucristo. Primero la Iglesia celebró la resurrección de Jesús y siglos después su nacimiento. Por eso el gusto por la Navidad, la verdadera Navidad, aún en medio de nuestro dolor surge de la victoria de Cristo Resucitado sobre el poder de la muerte y de las tinieblas que oscurecen la vida. Por tanto si Puerto Rico se levanta con el Señor podrá reconstruirse como una nación justa, solidaria y próspera.  ¡Feliz Navidad!

Este escrito es parte de la homilía de la Misa de Navidad, a cargo del Arzobispo de San Juan.

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