Manuel G. Avilés-Santiago

Desde la diáspora

Por Manuel G. Avilés-Santiago
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Javier Báez y la nación desnuda

Para un país que vive una de las crisis más complicadas de su historia, la foto del cuerpo desnudo de Javier Báez es una exaltación de la vida y el goce frente al abismo nuestro de cada día.  No hay como la desnudez para proveer alivio a las pupilas fatigadas por la mediocridad y la falta de imaginación. También para obligarnos a mirar a nuestros propios cuerpos, entre ellos, el cuerpo nacional.

No sería la primera vez que un deportista puertorriqueño se desnuda. La espectacularización del deporte, en especial del boxeo y el béisbol, se ha valido de los cuerpos de los deportistas semi-desnudos como seducción de mercadeo. Por ejemplo, en la década de los ochenta, varios especiales boxísticos transmitidos por la cadena de cable televisión HBO exhibían el cuerpo semidesnudo del fenecido Héctor “El Macho” Camacho mientras lo mercadeaban como un Latin Lover. Algo similar hicieron con el también púgil puertorriqueño Miguel Cotto quien mostró sus glúteos en un documental previo a su pelea estelar con Manny Pacquiao. El pasado año, el lanzador de ascendencia boricua, Jake Arrieta, también realizó una sesión fotográfica al desnudo en la pasada edición especial de cuerpos para ESPN. Sin embargo, fue el desnudo del segunda base de los Cachorros de Chicago, Javier Báez, el que ha generado mayor interés mediático, particularmente, en las redes sociales. ¿Por qué?

El cuerpo de Báez no sólo emerge ante una mirada voyerista de quienes lo observan con admiración o recelo. También, sus fotos detonan una mirada pública que pro-sume (acción simultánea de producir y consumir) al pelotero a la vez que comenta, manipula, reinventa y circula no sólo la foto original, sino también la amalgama de memes que se generan. Consumimos a Báez como objeto de deseo o repulsión, pero también los co-producimos cuando le adscribimos una multiplicidad de significados en ese mercado de fantasías, vidas prestadas y promesas rotas que son las redes sociales, nuestra plaza pública.

Es en ese rol de pro-sumidor que el público se siente parte de la “Marca Javier Báez”. Esta situación no debe extrañarnos si tomamos en consideración la hipervisibilidad conferida por su más reciente participación en el pasado Clásico Mundial de Béisbol.  Como parte del popular #TeamRubio, Báez se garantizó un reconocimiento mediático masivo. El pueblo de Puerto Rico se hizo eco digital de orgullo no solo ante su destacado desempeño como segunda base sino también cuando este defendió públicamente a su novia, quien fuera víctima de cyber-bullying. Pero hay algo más.

Desde ese caleidoscopio, emerge el héroe propio. Inscrita en su piel está la narrativa nacional por excelencia: una historia de amor hacia su familia, superación y orgullo boricua pa’ que tú lo sepas.  Es la foto de un cuerpo que juguetea con la crisis y circula entre Puerto Rico y los Estados Unidos sin necesidad de adscribirse a discursos de anexión, separación o a dilemas de quitarse o noquitarse. Conla seguridad y el desparpajo que da la vulnerabilidad de la piel desnuda.

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