Benjamín Torres Gotay

LAS COSAS POR SU NOMBRE

Por Benjamín Torres Gotay
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La herida más profunda

Lo perdí todo”, es algo que se dice fácil. Lo sabe, mejor que muchos, doña Zenaida Nieves, de 78 años, del Barrio Nuevo, de Bayamón, donde ha vivido toda su vida. Hasta el 20 de septiembre de 2017, cuando María pasó por allí dando garrotazos a izquierda y derecha, tenía su casita, mitad de cemento, mitad de madera, en la que vivía con su esposo y una hermana mayor, de 85 años, a la que cuida porque es discapacitada intelectual. 

Después del 20 de septiembre, de la casita solo le quedó el piso de cemento, por el que todavía se acerca de vez en cuando doña Zenaida, a aspirar la atmósfera del sitio donde fue feliz por décadas, tratando quizás de recapturar algo de la esencia de lo mucho que allí vivió con su esposo y sus tres hijos. 

Del esposo, solo le queda el recuerdo. El hombre había quedado parapléjico en un accidente de trabajo cinco años antes de María. El golpe bestial del huracán, la ansiedad, la tristeza, la falta de electricidad, la dificultad para procurarse atenciones, todo eso lo mató el 29 de octubre de 2017, un mes y nueve días después del fenómeno, mientras estaba internado en el hospital Hermanos Meléndez de Bayamón.

“Del huracán pa’ acá él se puso grave y no mejoró jamás. Él necesitaba la electricidad para vivir y no la tenía”, me dijo doña Zenaida, quien asegura que les pidió a los médicos que contaran a su esposo como una víctima de María, pero no sabe si lo hicieron. 

Conocí a doña Zenaida hace un par de semanas, cuando hacía entrevistas relacionadas al primer aniversario de María en el Barrio Nuevo. No buscaba específicamente a alguien que hubiese perdido a un familiar como consecuencia del huracán. Pero, como sabemos los que hemos recorrido la isla desde aquel desventurado 20 de septiembre, no es posible andar por Puerto Rico hablando del huracán María sin encontrarse a cada paso, aquí y allá, con alguna herida todavía fresca, todavía sangrante, causada por el fenómeno natural más destructivo que hemos atravesado en nuestra historia. 

Ninguna herida es más profunda, ni sangra más profusamente, que la relacionada a las muertes causadas por el huracán. Primero, por la manera en que se produjeron, pues muchísimas fueron muertes lentas, dolorosas, evitables, de seres queridos que se fueron apagando y extinguiendo en la oscuridad, ya que, por las extraordinarias dificultades que vivía una isla que había vuelto a la prehistoria tras el huracán, no pudieron recibir la atención adecuada. 

Segundo, porque se olía, desde el oficialismo, y desde las fuerzas políticas y de opinión pública que les hacen coro, un incomprensible y hasta cruel afán por minimizar la cantidad de fatalidades a consecuencia de la tormenta, empeñándose en que solo 64 habían fallecido. 

No hay en la memoria colectiva de los puertorriqueños un gobierno más preocupado por su imagen que este que tenemos hoy. La preocupación por la imagen, el banal empeño en querer proyectar la farsa de que la tragedia no era tan grande porque no tanta gente había muerto, fue la causa por la cual había desde el oficialismo resistencia a reconocer el hedor, metafórico y literal, de los cadáveres apiñados en las morgues de los hospitales, en la funerarias, en el Negociado de Ciencias Forenses y hasta en casas y patios, donde se cree que muchos fueron enterrados. 

Fue eso lo que hizo sentir a miles de puertorriqueños la indecible humillación, la ardiente indignación, de que para las autoridades sus muertos no existían, no contaban o, peor, no importaban. 

No es fácil ocultar las verdades, mucho menos cuando se trata de muertos. Reportajes del Centro de Periodismo Investigativo y del diario The New York Times publicados a principios de diciembre de 2017, hablaban ya de cerca de 1,000 muertos. La presión hizo al gobierno contratar a la Universidad George Washington en febrero de este año. Un explosivo informe de la Universidad de Harvard a finales de mayo de este año estremeció el país y rompió el dique que mantenía las angustias contenidas. Otras revelaciones en el camino, como un análisis del demógrafo Alexis Santos Lozada, abonaban a que la cifra era espantosa.

Al recibir hoy el informe de la GWU, no quedaba más que ponerle ya una cifra oficial de muertos y ver si había en el gobierno, que con tanto empeño se negaba a reconocer esta dolorosa realidad, algún propósito de enmienda. Cifra oficial va a ser muy difícil, pero desde hoy  quizás podemos acordar que es 2,975, que son las muertes ocurridas entre septiembre de 2017 y febrero de 2018 que exceden el promedio de las ocurridas en los mismos meses desde el año 2000, con los ajustes correspondientes. 

El propósito de enmienda parece que va a ser más difícil de discernir. El gobernador Ricardo Rosselló dijo “no soy perfecto, yo cometo errores”, ordenó que se preparen los protocolos de respuesta a emergencias que no existían o estaban obsoletos cuando María y comisionó el diseño de un monumento de recordación de las víctimas. 

Pero no parece que vaya a tomar ninguna medida contra los dos funcionarios que son señalados en el informe como que más fallaron en la ejecución de los planes de emergencia, la comunicación y el conteo de los muertos: los secretarios de Salud, Rafael Rodríguez y de Seguridad Pública, Héctor Pesquera, quien fue el que peleaba públicamente con periodistas de aquí y de afuera insistiendo en que solo las muertes directamente relacionadas al huracán o certificadas por escrito como tal tenían que ser contadas. 

Mas ya es un hecho de la vida en el Puerto Rico de 2018 que el gobernador Rosselló tiene una extraña aversión a darle sacudidas en público a sus subalternos que le fallan a él y a todos nosotros y, quizás, como en muchos otros casos, cualquiera de estos viernes, ya en la frontera de la tarde y la noche, llegará el comunicado diciendo que alguien de repente quiere pasar más tiempo con su familia o atender otros asuntos personales o de salud. 

A los demás nos queda, entonces, confiar en que con el reconocimiento por fin de que los muertos fueron 2,975 podamos empezar por fin a cerrar la herida con la que María nos hendió el alma en dos y que por las insólitas dificultades que tenemos para ponernos de acuerdo a veces hasta sobre las cuestiones más elementales no habíamos podido ni empezar a sanar.

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