Juan Zaragoza

Tribuna Invitada

Por Juan Zaragoza
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La Isla de las Alucinaciones

No solo en el desierto por la falta de agua se alucina. Esa percepción de una realidad inexistente también se da entre los bien hidratados, especialmente en esta isla, donde la verdad y su ausencia conviven bajo el mismo techo. Isla donde la fantasía usurpa el lugar de la realidad para facilitarnos el manejo de la tragedia diaria.

Alucinamos sobre lo que somos, queriendo ver blancura, negando nuestra negritud y pensando que nos gobernamos, cuando lo poco que había de eso se esfumó, o peor aún, tal vez nunca existió.

Hay una alucinación de que las cosas van mejorando, mientras la realidad nos muestra que con cada paso que damos desandamos dos. Nos fallan los sentidos para ver cómo vamos a diario por un camino de retroceso. Recientemente lo hemos visto con la Autoridad de Energía Eléctrica, niño símbolo de la infraestructura necesaria para el desarrollo, la cual retrocede a tal velocidad, que pronto volveremos al uso del kerosene para las estufas y el alumbrado de las calles.

Alucinamos para no tener que pensar cuán lejos nos arrojará esta crisis, que como marullo de un embravecido mar viene a reclamar lo suyo para llevarlo mar adentro. Ya no es cuestión de si hay una recesión o no, es más que eso, es que como país vamos en un proceso de involución. Y ni siquiera nos atrevemos a mirar por el cristal retrovisor del vehículo que conducimos, para evitar ver al país en que vivimos achicándose en la distancia.

Hasta hace poco hablábamos de la década pérdida, una mezcla de diagnóstico y de reclamo de que no fuera más que eso: una década. Es triste ver cómo nos adentramos en lo que para muchos es, más que un siglo perdido, un siglo de retroceso. Si en el pasado, para otras culturas, hubo un siglo llamado el Siglo de la Luces, para nosotros, este que va gateando es el Siglo de las Sombras.

Solo nos queda alucinar, pensando que vamos hacia adelante al mismo paso que el resto se las naciones del mundo, incluyendo países más pequeños que nosotros. Incluyendo otros de los que nos burlábamos y a los cuales mirábamos con desprecio.

Constante es la alucinación de que estamos en quiebra, cuando lo cierto es que para lo que el gobierno quiere siempre hay, y, si no, se busca. Como para gastar el salario anual de un maestro en llevar las escoltas del gobernador a Moscú, a fin de protegerlo de peligros inexistentes. O, más increíble todavía, comprar un vehículo blindado por un cuarto de millón, que equivale al salario anual de 10 policías.

Pero sobre todas las alucinaciones, la que nos cubre como una espesa neblina es esa de pensar que hay algo que se llama gobierno. La santísima trinidad del desgobierno, compuesta por lo que queda del que elegimos, la Junta Fiscal, y las expresiones diversas del gobierno federal, confunden al más creyente, que no sabe ya a quién rezarle. Esa alucinación es tan grande y tan abarcadora que casi se convierte enun mundo paralelo. Un mundo donde el ELA que se nos vendió a nosotros y al mundo, resulto que nunca existió. Donde no hubo tal acuerdo en la naturaleza de un pacto ni cesión alguna de poderes.

Las alucinaciones que nos arropan me recuerdan el libro de Adolfo Bioy Casares, “La invención de Morel”. En este, el protagonista, un condenado a cadena perpetua, escapa a una isla desolada, donde una extraña máquina ha creado siluetas de personas a quien él mira y les habla, pero ellas no reconocen su existencia. Clave para descifrar el misterio, fue un atardecer donde vio dos soles poniéndose y dos lunas que aparecían.

Con frecuencia, miro asustado los atardeceres, temiendo que aparezcan dos soles, confirmando que nuestro gobierno y nosotros vivimos en mundos paralelos.

Es hora de dejar las alucinaciones a un lado y enfrentarnos con la realidad.

Después de todo, aquí en esta isla estamos nosotros y una realidad lenta y pesada. Esta es nuestra única compañía.

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