Mayra Montero

Antes que llegue el lunes

Por Mayra Montero
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Lo que no le enseñaron a Jensen

El sospechoso de la muerte de una mujer en Fajardo, está aprendiendo a sus 33 o 34 años, lo que debió haber aprendido a los ocho. De ahí su cara de estupor. Un ojo rojo y otro no. Y el distanciamiento corporal de una realidad que, ni se esperaba ni sabía que existía. Mal asunto: las certezas le han explotado en la cara, y de la peor manera posible.

No tiene que haber sido un niño mimado para creerse que siempre saldría adelante, no importa lo que hiciese. Aunque probablemente sí, probablemente fue mimado y complacido en todo; rodeado de una burbuja protectora donde sus caprichos eran órdenes, mientras se iban acumulando los años y se hacía adulto. Creo que es casado y tiene hijos. Habría que ver si la esposa también cerró los ojos a los exabruptos de un marido volátil, cuya única salida violenta no puede haber sido la que segó la vida a una mujer en Fajardo. Hubo señales previas de seguro.

Tenía lancha en la marina. Estaba en la flor de la juventud, con un negocio propio y dinero para acicalarse. ¿Qué más se le puede pedir a la vida?

Pues se le puede pedir impunidad, por ejemplo. Jensen tal vez no había jugado nunca a probar su impunidad. En su casa, en su círculo de familiares y amigos, la tenía asegurada, pero la calle no perdona.

La pelea que protagonizó no fue por un teléfono. Fue por machismo. Un machismo exacerbado porque lo acompañaba una mujer, algo propio de las fieras de la selva, exaltarse delante de las hembras para presumir de fortaleza. La fanfarronería inicial y el tiro que le pegó a la víctima tienen que ver con eso. A lo mejor si hubiera estado solo, el intercambio de palabras no hubiera pasado a más. Pero la vanidad lo perdió. La vanidad, y ese falso concepto de hombría de que delante de la mujer propia jamás se debe tolerar el reto o el insulto de otra. Para él, que le pidieran una descripción del teléfono olvidado antes de devolvérselo, fue una ofensa imposible. ¿Dónde lo enseñaron a llegar con aires de matón, y ejercer de matón? Hay que remontarse a los años escolares. Si en su casa no le bajaron los humos, en la escuela al menos tendrían que haberle inculcado conceptos de igualdad. Hace veinte años, como quien dice el otro día, Jensen era un adolescente de 13 o 14. Todavía a tiempo para echarle el freno.

A la mujer que andaba con él en el momento del crimen, tampoco le han enseñado muchas cosas. En estos tiempos en que la violencia de género desata alarmas permanentes, una mujer cuyo acompañante saca un arma y dispara a matar, tiene por fuerza que verse en el espejo de la que han matado y correr por su vida. ¿O sigue tan campante con el asesino, como si no hubiera pasado nada?

Pues pasó que la mataron a ella también. No de forma literal. Pero el episodio en sí le destruye la vida a cualquiera. Además, la mujer que acompañaba a Jensen debería saber que un sujeto capaz de ceder a la crueldad contra una desconocida, hacia la cual no alberga ningún sentimiento deposesión, será capaz de hacerlo contra aquélla que sí considera suya, y con más rabia todavía.

La nota de prensa informa que el acusado fue a reclamar el teléfono en traje de baño, con la pistola enganchada en la cintura, y a poco se le oyó murmurar una advertencia: “Ustedes no saben con quién se están metiendo”.

Ya lo sabemos, Jensen. Eres el niño de la burbuja, nunca te reclamaron nada, hicieras lo que hicieras caías siempre de pie. Pero esta vez, al parecer, diste un paso definitivo. Y si en algún momento te condenan, tendrás tiempo de sobra para que nos enteremos todos —mujeres, hombres, niños y viejos— con quién nos estamos metiendo. 

Por otro lado, pasarán horas, meses, años en que no cesarás de preguntarte por qué la mujer que te acompañaba tuvo que olvidar el celular en el baño; por qué en lugar de dejar que fuera sola a buscarlo —un trámite normal y cotidiano, ¿dejé por aquí mi celular?—, tuviste que acompañarla e intentar crecerte como un macho despiadado delante de la olvidadiza. Te preguntarás cientos, miles, millones de veces, una cosa que nos preguntamos todos: ¿por qué no te quedaste en el carro y esperaste el minuto o dos que le hubiera tomado a la otra regresar con su telefonito?

He observado con detenimiento a Jensen. Al entregarse en el cuartel de Fajardo, las cámaras, como es natural, lo filmaron y fotografiaron por todos los ángulos posibles. Un ojo rojo y otro no, pesándole los párpados como si hubiera tomado un sedante fuerte. No sé si tomó alguno, pero una cosa es segura: si hay algo que nos deja aletargados, y hasta anestesiados a veces, son las pesadillas. 

¿A quién le reclama Jensen por lo que nunca le enseñaron? ¿A su familia, a sus maestros, a la sociedad en la que se fue formando y que lo llevó a creerse que la gente tenía que saber con quién se estaban metiendo?

Se metían con nadie, Jensen. Fuiste nadie en el peor momento. Esa es la terca, oscura realidad.

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