Bárbara I. Abadía-Rexach
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Mala educación

Después del paso del huracán María, conviví durante varias semanas con mi familia en Fajardo. En las largas noches a oscuras, con aroma a repelente de mosquitos, compartíamos chocolate caliente con queso de papa entretanto rememorábamos historias y recontábamos anécdotas familiares. Hicimos rompecabezas a la luz de los quinqués. También, jugamos “nombre, apellido, cosa, pueblo, país, capital, fruta y animal” con las letras del abecedario mientras duraban las baterías de las linternas. Aquellas noches en casa de mi abuela me permitían revivir mi infancia y ver a las nuevas generaciones de mi familia divertirse, a la par que aprendían y compartían conocimientos sin la asistencia de aparatos tecnológicos. Abuela recalcaba que la educación de antes era mejor que la de ahora.

A través de las redes sociales, circulan vídeos en los que se pone a prueba cuánto aprendieron las personas en sus años de estudio. En uno de estos, aparecen jóvenes universitarios fallando en preguntas de geografía e historia general; otro, enseña a personas, en una playa, que no atinan en ninguna de las preguntas que les hicieron sobre el idioma español.

Hay un problema grave de falta de educación que salpica a toda la sociedad. Punto. Por ejemplo, el país entero ha sido testigo de los desaciertos por falta de saberes de los funcionarios desde las esferas más altas del gobierno hasta el Departamento de Educación.

Quienes educamos a jóvenes adultos somos testigos de las carencias en los procesos de desarrollo del aprendizaje con las que vienen los estudiantes a la universidad. Las personas deben responsabilizarse por adquirir conocimientos; es imperativo que cada familia les garantice a sus miembros la educación, y que los educadores nos atemperemos a las nuevas maneras en las que los estudiantes aprenden. Sin embargo, no podemos dejar de denunciar la ineficiencia de los sistemas educativos del país en los niveles elemental, secundario y superior. Antes de comercializar la educación de los niños y las niñas, hay que repensarla desde los contextos insulares.

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