Mariel González Mendoza

Desde la Diáspora

Por Mariel González Mendoza
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María: un giro en nuestras vidas

“Será un evento que cambiará sus vidas”. Esas palabras de una meteoróloga estadounidense días antes del azote del huracán María a Puerto Rico son las que más recuerdo de aquellos días en los que los boricuas de la llamada diáspora nos encontrábamos pegados a los medios noticiosos siguiendo su escalofriante trayectoria.

En ese momento no conocíamos la magnitud de lo que estaba por venir y de cómo nuestras vidas cambiarían en un instante.

Para entonces ya las cosas en el centro de la Florida, lugar donde resido y trabajo como médico, empezaban a regresar a la normalidad luego del paso del huracán Irma. Aunque, sí había tenido que escuchar hasta la saciedad las quejas de algunos de mis pacientes que no iban a poder jugar golf por varias semanas ya que se habían inundado los campos, y hasta hubo quien me dijera que “la vida sin golf es solo eso, vida”.

Escuchar esos comentarios me hizo reflexionar, y recordé las palabras de la meteoróloga. Pensé en cuan contrastante había sido el paso de Irma por la Florida y el paso de María por Puerto Rico.

Mientras que para algunos residentes de la Florida el impacto de Irma se había limitado a no permitirles jugar golf por un par de semanas, para los puertorriqueños el impacto de María desenmascaraba una dura realidad, la realidad de que somos una isla pobre y vulnerable, con una infraestructura del siglo pasado que dejó a la isla incomunicada y sin poder restablecer los servicios básicos en un tiempo prudente como lo han podido hacer otros lugares azotados por desastres similares.

El paso de María significaba además el comienzo de una nueva manera de vivir, de subsistir y de reinventarse. Nuestro pueblo comenzaba a vivir una de las peores catástrofes en su historia y se tendría que acostumbrar desde ese momento a la falta de servicios básicos, a la escasez de alimento, a las largas filas para comprar gasolina y otros suministros, al ruido ensordecedor de los generadores de electricidad, a un futuro incierto.

Pero María no se habría limitado a cambiar las vidas de los que residen en la isla, sino también las de aquellos que vivimos al otro lado del charco. Nos impactaron las imágenes de la devastación y desesperación que dejara a su paso. Nunca pensamos que veríamos a nuestro pueblo sufrir tanta necesidad e incertidumbre, ni que seríamos el foco de atención de los noticiarios estadounidenses.

Tampoco nos imaginamos que recibiríamos en nuestros hogares a una ola de compatriotas que se vieron forzados a abandonar la isla en busca de mejores condiciones de vida tras soportar el azote de dos huracanes consecutivos.

Muchos no regresarán.

Ya no somos los mismos. Mientras que ya mis pacientes han vuelto a jugar golf, y pareciera que Irma nunca hubiera pasado por aquí, nosotros los boricuas sentimos como si el tiempo se hubiera detenido. Nos preguntamos cuándo las cosas van a volver a la “normalidad”. Nos hemos tenido que acostumbrar de golpe a una nueva realidad.

Nos dedicamos a comprar y enviar suministros que escasean en la isla, a conseguir pasajes aéreos para aquellos que se quieren ir, a proveer alojamiento a aquellos que lograron salir, a ser pacientes cuando se caen las llamadas a la isla, a preguntarnos si nuestros familiares en la isla han tenido qué comer o qué pasaría si se enfermaran.

Queda entonces pedirle a Dios que nos dé la fuerza y la paciencia necesarias para que juntos podamos revivir a Puerto Rico, y que esta experiencia nos ayude a unirnos como pueblo dejando a un lado nuestras diferencias.

También queda agradecer a todos aquellos que aun sin ser boricuas nos están dando la mano en este momento histórico tan difícil para nuestro pueblo.

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