Juan Manuel Mercado Nieves

Punto de Vista

Por Juan Manuel Mercado Nieves
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Pérez Casillas: insensibilidad con las víctimas de Maravilla

La historia es nuestra y la hacen los pueblos” (Salvador Allende).

La determinación de la alcaldesa de Canóvanas de conferirle el nombre de Ángel Luis Pérez Casillas a una facilidad pública, más allá de demostrar con creces su miopía administrativa, puso de manifiesto su pobre juicio y falta de solidaridad y empatía con las familias de Arnaldo Darío Rosado y Carlos Soto Arriví, dos jóvenes que el 25 de julio de 1978, en el Cerro Maravilla, murieron víctimas del entrampamiento provocado por una pandilla de fanáticos que quisieron hacer de la Policía de Puerto Rico un escuadrón al servicio de la reacción y del colonialismo.  Pero si desafortunada fue la pretensión de la alcaldesa de honrar a un impresentable, peores han sido las manifestaciones balbuceadas para justificarlo.

Ya ha circulado que Pérez Casillas dirigió la División de Inteligencia de la Policía para la fecha de los asesinatos políticos del Cerro Maravilla.  Igual se ventiló que fue encarcelado, junto a sus socios en la maldad por obstrucción a la justicia y por perjurio - delitos que aparejan depravación moral.  Sabemos también que Pérez Casillas nunca fue acusado por haber dirigido el entrampamiento que llevó a la muerte a Rosado y a Soto Arriví.

Lo que el país no sabe es que Pérez Casillas no merece más protagonismo del que tiene.  Era un peón en una sofisticada maquinaria de persecución en la que Estados Unidos a través de sus agencias de seguridad -civiles y militares- en contubernio con los gobiernos del Partido Popular Democrático y su aventajado pupilo, el Penepé, se dedicaban a estrangular sistemáticamente al independentismo.  Según el manual de instrucciones de la División de Inteligencia de la Policía: “…nuestras investigaciones giran en torno a individuos que profesan ideales separatistas y estos al saber que los estamos investigando alegan que los estamos persiguiendo y reprimiendo por sus ideales políticos y como todos sabemos, esto está prohibido por nuestra constitución”.  Tan arraigado y comprometedor fue el proceso de persecución y represión, que hubo que llevar al exgobernador Rafael Hernández Colón a los tribunales para que entregara las listas de informantes y las carpetas por actividades constitucionalmente protegidas. 

Pero como dice Pedro Navaja, “la vida te da sorpresas”.  Gracias a la torpeza y a la falta de empatía de Lornna Soto y de su padre, Chemo, hoy después de uno de los veranos más trascendentalmente activos en nuestra historia, volvemos a hablar de persecución política.  Represión que sigue viva y que ha experimentado el pueblo puertorriqueño de primera mano, cuando los cuerpos de seguridad subordinados al comisionado de la Policía, Henry Escalera abusaban de ciudadanos que manifestaban su indignación ante una pandilla que delinquía, desatendía exigencias de transparencia gubernamental y se burlaba de nuestros muertos. Algo muy parecido a lo que hace Lornna Soto al pecar de la peor de las mezquindades, ignorar el dolor por la muerte de un allegado, que es el caso de las familias de los muertos en Maravilla.  

Como dijera el expresidente chileno Salvador Allende, la historia la hacen los pueblos.  Hoy el país supo la intención de que se retire el nombre propuesto a la referida facilidad.  Este triunfo es para los puertorriqueños que supieron responder ante la insensibilidad.  De igual forma, tenemos la responsabilidad de seguir construyendo nuestra historia, mirando hacia atrás, armados de la memoria, haremos un mejor país para las generaciones del futuro.  Así Lornna y Chemo Soto, sus amigos los convictos en el caso del Cerro Maravilla y todos los que han querido menoscabar la aspiración del pueblo a una verdadera vida democrática y justa, tendrán su día ante la historia.  Por ahora, queda: prohibido olvidar.

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