Celestino Matta Méndez

Punto de Vista

Por Celestino Matta Méndez
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¡Queremos vivir!

¡Queremos vivir!  ¡No queremos infectarnos! Este es hoy el clamor de nuestro pueblo ante una pandemia que amenaza nuestra vida. Exigimos que el gobierno en el que nos hemos “organizado políticamente” para “promover el bienestar general y asegurar para nosotros y nuestra posteridad el goce cabal de los derechos humanos”, de los cuales el derecho a la vida es primario y fundamental, haga todo cuanto tenga que hacer para garantizar y proteger nuestra vida. 

Todos nuestros demás derechos, reconocidos en la Constitución y en los diversos códigos de ley, giran en torno y están supeditados a este derecho fundamental a la vida.   

Nuestra Carta de Derechos, que forma parte de la Constitución, establece en su inicio que “la dignidad del ser humano es inviolable, y todos somos iguales ante la ley”.  Para que haya dignidad e igualdad tiene que haber vida, y nuestro gobierno tiene que protegerla y preservarla, aún a costa de limitar algunos derechos individuales.  

Nuestro bienestar social, el interés público a la protección de la vida, está en un primer plano, es primordial y superior a cualesquiera otros intereses. ¿Habrá un daño más irreparable para limitar derechos y privilegios que la pérdida de la vida?  Lo que está en juego es… la vida. La vida de los mayores, de los jóvenes, de los niños, de trabajadores, de inmigrantes, de policías, bomberos, de los servidores de la salud, de religiosos, en fin, de todos. La vida de un pueblo. 

“La sociedad civilizada impone ciertos compromisos entre la libertad individual y el interés social… Nadie tiene derecho, en una sociedad democrática, a promover sus particulares intereses a costa de un mayor sector del pueblo, imponiendo a este un tributo de sufrimiento, privación, y desvalimiento, no importa la justicia real o nominal de la reclamación” (Autoridad de los Puertos v. Tribunal, 29 de mayo de 1975). Y hoy de lo único que se trata es de contener un virus que amenaza la vida de todos. 

Y no es únicamente nuestra vida particular la que está en juego, sino también la de nuestros semejantes. Una persona que no sigue las medidas de seguridad y se infecta, con o sin síntomas, no va y se aísla para curarse o morirse él solo. Con síntomas, o sin ellos, puede infectar o poner en peligro a otros, familiares, amigos, particulares y finalmente a los profesionales de la salud que tendrán que ayudarlo. Esto nos impone una tremenda responsabilidad. Todos, sin excepción, tenemos que cumplir cabalmente con las guías impuestas para contener el virus.    

Por todo ello tenemos que levantar nuestra voz y condenar a quienes reclaman derechos que vulneran la seguridad de nuestra vida; los que critican las medidas de contención  y seguridad que se han puesto en vigor, sin sugerir o traer a consideración otras que entiendan como más efectivas. Tenemos que condenar con todas las fuerzas de nuestro ser a aquellos que atacan al gobierno sin otro interés que alimentar el tribalismo político y desvirtuar las medidas que se han puesto en vigor, a los únicos fines de adelantar sus intereses políticos. Increíblemente, aún bajo esta histórica pandemia, con la aflicción, el miedo y la ansiedad de todo un pueblo, inclusive con el acecho de la muerte, la politiquería, el fraude y la corrupción, y las diversas agendas políticas, no desvanecen.  ¿Qué político de oposición ha tenido la gallardía y ejercido el patriotismo de unirse al gobierno para contribuir a la gesta de contener esta plaga que nos acecha? 

Para vencer este horrible mal, tenemos que aislarnos. Sí, pero no únicamente en nuestros hogares como parte de la cuarentena. Tenemos y debemos aislarnos políticamente para que podamos discernir y rechazar las faenas politiqueras, las críticas y análisis viciosos que no abonan nada a nuestro bienestar y a buscar soluciones, sino que lo único que logran es confundir, crear incertidumbre, dudas y malestar, y frustrar a todos aquellos servidores públicos que de verdad, patrióticamente, están luchando por nuestro pueblo, y  sirviéndonos aun a costa de arriesgar sus vidas.

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