Pedro Muñiz

Tribuna Invitada

Por Pedro Muñiz
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Shorty, cantera de anécdotas personales

Mi madre y mi padre me decían: Pedro, m’ijo, la estatura de un hombre se mide de los hombros hacia arriba.  Es verdad, pero no me consolaba demasiado.  Cuando niño tenía complejo de ser bajito.  Entonces cuando conocí a Israel Castro, me aliviaba mi complejo.  Pero hasta ahí llega mi comparación. 

De los primeros recuerdos que tengo de Shorty son de La Campana, un restaurante y sala de baile propiedad de mi padre en la carretera 15 de Cayey.  Allí, los fines de semana tocaba Shorty Castro y su Combo  Era un tipo jocoso, simpático y me trataba como un adulto.  Eso me gustaba mucho.  Él tocaba “Maquinolandera” y en el momento en que el coro hacia una pausa decía: lo baila fulano y lo baila Pedrito (sí, desde chiquito fui presenta’o y bailador).  Me hacía sentir importante.  Eso no cambió; atesoro la dicha de ser amigo de Shorty. 

Pocos han sido tan versátiles como él.  Cantaba, bailaba, tocaba percusión, era maestro de ceremonias, escribía (canciones y libretos), actuaba, desarrollaba personajes. Ramoneta Cienfuegos de la O, Camellito, El Angelito, Armando Galán, El conde de París…, los recuerdo, fueron parte de nuestra familia. 

Shortic (como siempre le dije), era una fuente inagotable de chistes.  Me atrevería a apostar que nadie sabía más chistes que él.  Te saludaba y acto seguido te contaba el más reciente de sus chistes. 

Era una cantera de anécdotas personales.  Por ejemplo, de cuando iba a construir una terraza en su casa y le adelantó dinero a dos o tres chiveros para los materiales y nunca regresaron.  De cómo finalmente consiguió uno que al día siguiente envió los materiales en lo que terminaba un trabajo en otra casa y de cómo ese se enterró un clavo en el otro trabajo y murió de tétano. En serio. 

O de cómo llevó su carro a arreglar una puerta que le habían chocado y después de bastante tiempo, finalmente lo fue a recoger y cuando se disponía a irse se le olvidó algo en la oficina del hojalatero, abrió la puerta y un carro que pasaba por su lado le desconchufló la puerta otra vez.  Se bajó y resignadamente le dejó la llave nuevamente al hojalatero. 

Shorty, ¡qué inmenso te veía este niñito y aún más de adulto! 

En lo que respecta al país: eres el hombre bajito más grande que ha dado nuestra industria del entretenimiento.  Vuela alto,  gigante amigo.

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