Angie Vázquez

Tribuna Invitada

Por Angie Vázquez
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Trump: infante político “conchú”

A 100 días de incumbencia presidencial en Estados Unidos, muchos son los escándalos y sobresaltos causados por el impredecible Donald Trump y su administración republicana. Su inesperada nominación y triunfo puso en vilo al mundo presentándose como un candidato sin plataforma conceptual, políticamente en blanco como la tabula rasa de Locke, sin lealtad a ningún partido y a nadie, en sus propias palabras. Prorrumpió burlón, malcriado, demandante, caprichoso y grosero al mundo de la política pública. Con su limitado y pobre vocabulario hiperbólico, equivalente al de un niño de tercer grado, y con un ecolálico libreto de entretenimiento televisivo, vendió sueños y exaltó emociones. Todo sería “nice”, “big”, “beautiful”, “great” (su favorita), “magnificent” o “wonderful” y el país de Disney le concedió la oportunidad.

La principal tarea de su equipo de consejeros ha sido criar un infante político “conchú” (en jerga puertorriqueña) incapacitado para escuchar, negociar, entender o dialogar. Como todo “toddler” aprendió alguna regla básica para guardar algunas apariencias, pero continúa desafiando el protocolo tradicional y los acuerdos existentes del orden mundial. Entonces, sus “baby-sitters” reforzaron su crianza para controlar el “enemy within” del grosero elegido. Hoy parecen satisfechos a pesar de los dolores de parto y la errática crianza improvisada. Conjuntamente, algunos medios de prensa norteamericanos recién adjudicaron que había domado parcialmente sus rabietas y arbitrariedades evidenciando, en ello, cierto potencial presidencial. ¡Qué chiste! Hoy mismo les hace quedar mal pues la criatura presidencial dio por terminada abrupta y malcriadamente una entrevista en la cual no quiso, o no pudo, dar explicaciones.

Es la primera vez en la historia presidencial norteamericana donde la carroza va frente a los caballos; esto es, donde se elige un candidato inmaduro (“unfitted and unfinished”) esperando que su desarrollo ocurra a la par de su presidencia. ¿Era tanto el descontento pueblerino como para escoger un candidato nada preparado o la raíz de este desmadre radica en otras fuerzas sociales? La infancia mental de un gobernante es propia de dictaduras y monarquías donde los niños-soles o niños-reyes heredan roles públicos a pesar de su inexperiencia e inmadurez. Corea del Norte es ejemplo de ello, pero Dios los cría y ellos se juntan. Bailando al son del síndrome de inferioridad provocado por el complejo de manos pequeñas, el mundo observa como ambos presidentes juguetean a provocarse como chiquillos caprichosos. Hoy Trump dice que sería un “honor” reunirse con el mismo que ayer declaraba el mayor enemigo mundial. Mañana, quien sabe cuál otro disparate habrá de anunciar al mundo.

En Estados Unidos, a diferencia de Norcorea, el extraño experimento social de construir un presidente inexistente tiene fecha programada para caducar. Tres años deben ser suficientes para confirmar si la crianza presidencial es mejor que lasviejas fórmulas de elección y para reconocer que el Trump por el votaron no existe, sólo el magnate avaro, egocéntrico, xenofóbico, racista y machista de siempre.

En el dominio del espectáculo, los norteamericanos escogieron una figura pública esencialmente fundamentada en flamantes imágenes y no en fortalezas de pensamiento político-ético. Le dieron permiso electoral para jugar al papel actoral del líder, que no es, pero que algunos imaginaron o quieren forjar. Mientras se discute esta agridulce crianza política, siguen ocurriendo eventos sustancialmente importantes para el futuro que se traducen en la desmantelación del sistema como le conocemos.

En la era Trump, no ha llegado la “tan temida” y demonizada revolución de los de abajo sino la sorpresiva revolución de los de arriba que han tomado el poder para crear un nuevo orden social oligárquico, nepotista, clasista y desbalanceado. ¿Seguirá el pueblo apoyando ese inaudito tipo de democracia republicana corporativa capitalista? A mí me parece inaceptable continuar criando cuervos presidenciales que terminarán sacándole los ojos a la población que los eligió, pero es el pueblo norteamericano el que tiene que invalidar al presidente-rey antes de que monárquicamente delegue la presidencia a su prole en futuras elecciones, intenciones de las cuales ya le hemos visto las enaguas.

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