Enrique Anduze

Desde la diáspora

Por Enrique Anduze
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Un boricua con el espíritu inmortal de La Rambla

Hoy he regresado a Barcelona, luego de estar fuera de ella casi una semana. Esta cuidad es uno de mis lugares favoritos en el mundo y donde he recopilado gratas experiencias de lugares y personas que llevo y llevaré conmigo siempre.

Hace menos de 24 horas, Barcelona ha experimentado uno de los eventos más traumáticos de esta gran sociedad catalana, un acto terrorista en uno de los centros más grandes de congregación social, La Rambla.

La semana pasada caminé con mi hermana por La Rambla al menos dos veces al día. Caminábamos para arriba y para abajo, tranquilos y sin preocupación. Disfrutando de la maravillosa arquitectura, la deliciosa comida, y del caluroso y acogedor recibimiento de su gente en bares y restaurantes. Sin duda, puedo decir que pasé una de las mejores semanas de mi vida.

Hoy, en esta gran cuidad, a eso de las dos de la tarde, desde mi hotel me dirigí caminando hacia La Rambla. Sin miedo, caminé por esas calles que ayer, ensangrentadas, fueron escenario de muerte y tanto sufrimiento. Visité los lugares demarcados como monumento a las víctimas para hacer mis oraciones por todos ellos y para solidarizarme con el pueblo catalán y los residentes de Barcelona. Entre representantes de medios que buscaban una historia y curiosos tomando fotos, podía observar y palpar un espíritu inquebrantable. Uno que no pudo ser derrotado por los cobardes que tratan de imponer su causa mediante la muerte de personas inocentes.

Vi caras sonrientes, niños jugar en la Plaza Cataluña, personas locales y turistas como yo, sentados en cafés o disfrutando de una caminata. Catalanes unidos gritaban “¡No tinc por!”, no tenemos miedo, en castellano. Otros portaban carteles que leían “¡No al odio!”, mientras que algunos llevaban rosas en mano, el símbolo de San Jordi (San Jorge) santo protector venerado en Cataluña y símbolo de amor. En fin, La Rambla, donde ayer hubo muerte, ¡hoy rebalsa de vida! El terrorismo no los derrotó.

No puedo decir que no existe un dolor tras bastidores. Es evidente que sí. Pero con todos los catalanes con quien hablé, todos demostraban una gran fuerza de espíritu y un compromiso de no dejar de ser quienes son y quienes serán siempre; una sociedad con una gran historia, una gran cultura, gente de gran valentía.

En las palabras de Federico García Lorca, La Rambla es “la calle más alegre del mundo, la calle donde viven juntas a la vez las cuatro estaciones del año, la única calle en la tierra que ‘yo’ desearía que no se acabe nunca”.

¡La Rambla no se acabó ayer, ni se acabará nunca!

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