Zaira Arvelo

Tribuna Invitada

Por Zaira Arvelo
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Vecinos que no conocía me salvaron la vida

Mi esposo y yo casi morimos ahogados y aún no hemos recibido ayuda alguna por parte del gobierno municipal, estatal o federal. Les cuento cómo sobrevivimos y comparto nuestra historia con ansias de identificar al héroe que nos rescató.         

Les debo mi vida a dos jovencitas, una dama cuyo hogar también se inundó y un joven con dos kayaks. Ya hacía tres años desde que mi esposo y yo alquilábamos esta residencia en el barrio Camaseyes de Aguadilla. Si alguien me hubiera dicho que podía fallecer allí, no lo hubiera creído. Pero ese es precisamente el punto, nadie lo hizo. Ni el personal de emergencia del pueblo de Aguadilla, ni el mapa de la Junta de Planificación, ni el alcalde.

Todo iba como de costumbre. “Voy a hacernos una última cena antes de que esto empiece,” pensé. Arroz con habichuelas rosadas, chuletas y tostones. De ahí, una buena ducha para mitigar el calor y de ahí a esperar. El viento comenzó a intensificarse a las 6:00 a.m. del miércoles y azotaba parte de atrás de la casa. Y aunque es cierto que parecía que las ventanas de metal se quebrarían, el viento no nos trató mal. Ya a eso de la 1:30 p.m. nos llegó la calma del ojo de María.

Las estaciones de radio habían colapsado con la excepción de Radio Una 1340AM. El sistema de emergencias había fallado por igual y también las antenas de celular. Habiendo visto el pronóstico del tiempo la noche antes, sabía que aún nos faltaban sobre siete horas después de la virazón. Así que hice una corta sesión de yoga en la sala pa’ bajar la tensión y me di otro baño mientras mi esposo aprovechaba el silencio para descansar un rato. Me dio con mirar para afuera y vi que se empozaba agua al frente de la casa pero la casa tiene sobre seis escalones y está rodeada de terrenos baldíos. Nunca pensé que el nivel de agua llegaría a alcanzar 7 pies dentro de mi casa. 

La virazón se comenzó a sentir casi a las 4:00 p.m. y yo no tenía idea alguna de que las peores 18 horas aún no habían comenzado. Cubrimos con plástico las ventanas del frente de la casa, preparamos un mapo, unas toallas y un balde. Todo bien rutinario, ya que de niña había sobrevivido a Hugo, Georges y Hortensia.

Desafortunadamente, no había preparativo que hubiese podido mitigar lo que sucedió después. Un chorro de agua comenzó a adentrarse por la puerta del frente a eso de las 6:00 p.m. así que nos apresuramos a levantar objetos que aún yacían bajitos. Entonces, nos percatamos de un par de cucarachas voladoras cuyo tamaño nunca habíamos visto. El pozo séptico se había llenado y había comenzado a subir por el inodoro, la ducha y el lavamanos con toda su fuerza, trayendo consigo un ejército de animales. Después, comenzó a entrar un chorro extremadamente fuerte por la puerta de atrás arrancando los escrines de sopetón.

María ya estaba encima con toda su furia, había anochecido y simplemente no podíamos lanzarnos afuera a enfrentar los proyectiles que pasaban a sobre 150 mph. Comencé a gritarle a los vecinos del lado izquierdo y a los de atrás, silbé un pito de emergencia en su dirección pero María silenciaba nuestro ruido. Hicimos señales con un flashlight fútilmente. Marcamos el 911 y nada. En cuestión de minutos, el agua nos llegaba a las rodillas y los terrazos del piso burbujeaban y se desprendían debajo de mis pies. Respiré profundo por lo que pareció ser unos minutos, me centré e identifique los últimos elementos que necesitaríamos para escapar. Ya tenía mi bulto de emergencia listo de antemano.

El cuarto que serviría de refugio originalmente, el baño, estaba clausurado, así que empujé nuestro matres de aire hacia la sala porque allí tendríamos dos opciones: el balcón del frente y la cocina. No fue hasta que intenté alertar a los vecinos por segunda vez que me percaté del peligro en el que estábamos. La oscuridad se disipó momentáneamente con los relámpagos y su reflejo reveló que lo que antes era una carretera, múltiples terrenos con árboles adultos, y casas era ahora un lago turbio.

De salir y quedarnos a la intemperie pereceríamos con el viento, la fuerza del agua nos arrastraría y nos separaría. El agua ya nos llegaba a los muslos, estábamos atrapados. Sin ver otra opción, nos subimos al matres de aire como a las 7:00 p.m. donde permaneceríamos por las próximas 16 horas. Fue allí, mientras oía la lluvia incesante y la furia del agua adentrándose ya por las ventanas cuando entendí que podría morir. El agua no cesaba de subir y ya a eso de las 11:00 p.m. estábamos a menos de dos pies y medio del techo por lo que tuvimos que acostarnos.

A medida que se acercaba la media noche, celebraba silenciosamente que mañana había llegado. Entonces contaba las horas para que llegara el amanecer. Mi lógica era que tan pronto pudiéramos ver, podríamos salir nadando hacia afuera y subir al techo. El personal de la Guardia Costanera asignado a la Base Ramey, que yace justo detrás de la carretera Burns atrás de la casa, o el personal del aeropuerto seguramente nos rescataría. Pero eso nunca pasó.

El lapso de 4 a 6 a.m. duró una eternidad. Realizaba mentalmente juegos infantiles, como el de apellido, animal, cosa y comida para permanecer alerta. Analizaba todas las posibles alternativas de qué hacer si el agua subía aún más, si las ventanas o la puerta colapsaban. Salió el sol pero no veíamos nada. Teníamos miedo de alterar algo y que se metiera aún más agua.

El sonido de ruidos humanos, de maquinaria, de voces a la distancia, fue música a mis oídos. Fue las 8 a.m. y aun flotábamos ya exhaustos. Decidí romper el cristal decorativo localizado arriba de la puerta de la sala. Presionando mi cabeza sobre el matres y poniendo mi cabeza de lado podía ver figuras humanas al cruzar del lago. Comenzamos a usar el silbato de emergencia en esa dirección. Alguien señaló en nuestra dirección. Y no podía contener mi alivio cuando discerní lo que era el uniforme de bomberos. Silbé otra vez. Pasaron dos horas.

El sueño me derrotó y pegué los ojos pero mi esposo me despertó “Zaira, ahí hay alguien?.” Volví a posicionarme y vi a dos jóvenes en kayaks. Extendí mi brazo por el cristal.  “Ea, rayos!,” dijo uno de ellos. “¿Están bien?” “¿Tienen niños?” “¿Cuántos son?” Les dije que éramos dos adultos y que estábamos bien. Sospechábamos que la puerta del frente se habría ensanchado pero como no tiene mango afuera tendríamos que intentar abrirla desde adentro. Mi esposo brincó y desapareció bajo el agua. Salió a coger aire, se aguantó del matres y se tiró a patear la puerta. Cuando la logró aflojar, el joven del kayak se lanzó y comenzó a halarla bajo agua.

Luego de un corto nado, estábamos libres con los bultos en la espalda mientras éramos arrastrados por el lago de escombros: cables eléctricos, el ciclón, los aguacates. Aun bajo la lluvia, nos sacaron por un área de casas humildes que yace entre la carretera 467 interior y el residencial Agustín Stahl. Nunca las había visto, y entre la desorientación y la multitud de personas saludando, llorando y abrazándome, una jovencita enfatizó: “Yo les dije que había gente allí”. Nuestro presentimiento se cumplió. Nadie vino a rescatarnos, ni el personal del Municipio de Aguadilla, ni la Defensa Civil, ni la Guardia Costanera, ni los bomberos, ni la Policía.

Estamos vivos porque dos jovencitas oyeron nuestro silbato mientras tomaban fotos del nuevo lago de Camaseyes. Varias patrullas que merodeaban el residencial y transitaban por la carretera 107 las ignoraron cuando ellas les pedían parar y aun cuando les explicaron lo que oían. Estamos aquí porque un extraño sobreescuchó su quejar y actuó. Nadie sabe la identidad del héroe del lago de Camaseyes. Pero estamos vivos gracias a él, a las nieta/hijas de Nidza, quien nos dio refugio ese día, y a la dama, quien luego supimos fue la persona con la cual correspondimos señales de flashlight durante la madrugada

Me siento extremadamente decepcionada frente a la desorganización y la falta de información que ha caracterizado el pasado mes y medio en Puerto Rico. Yo soy una adulta saludable que sabe nadar y mi esposo también lo es.

Otros no han tenido nuestra suerte. Niños y niñas, envejecientes, la población con necesidades especiales, personas con condiciones críticas, y otros grupos vulnerables han perdido y continúan perdiendo la batalla durante y después de María.

El viernes 22 de septiembre, a dos días de esta tragedia, nadie se había tomado la molestia de pasar por esta pobre área de Aguadilla. Sí, había movilización hacia la base y sí seguían saliendo y entrando helicópteros del aeropuerto aledaño. Pero posiblemente iban de camino a atender a otros ciudadanos cuyas vidas valen más o tal vez como muchos hacen sólo lo necesario para nutrir su presencia en las redes con sus excelentes tomas de esta tragedia.

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