Hiram Sánchez Martínez

Punto de vista

Por Hiram Sánchez Martínez
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¿Vista preliminar o juicio de fogueo?

He pasado los últimos días, como tanta otra gente, viendo por televisión y medios digitales la vista preliminar contra Jensen Medina Cardona por el asesinato de la joven Arellys Mercado.

Se trata de un drama de la vida real que nada debe envidiarle a las novelas turcas ni a los “courtroom dramas” de las series de “streaming”. Y mientras rememoraba desde la butaca del “family” mi época en el estrado —ayudado mi recuerdo tal vez por los tiros de cámara hechos desde una posición en que se tiene al público de frente y en un plano inferior al del estrado—, me preguntaba si los jueces y juezas del Tribunal Supremo de Puerto Rico no habrían hecho lo mismo. No porque no tuvieran otra cosa que hacer, pues sí que tienen y muchas, sino porque habrían descubierto lo que jueces, fiscales y abogados somos capaces de hacer con su mandato contundente y reiterado de que la vista preliminar no es un minijuicio.

La televisión ha hecho posible que veamos —y ellos(as) vean— cómo se ha convertido una vista preliminar, no en un minijuicio, sino en un juicio pleno sin jurado. Hemos presenciado el pobre control que lamentablemente ha tenido el componente judicial para evitar que esto suceda. Los interrogatorios se han extendido sin consciencia de la pertinencia, ni del tiempo que debe dedicarse a los testimonios en esta etapa. La prueba tangible que se ha ofrecido hasta ahora ha sido, por largos tramos, absolutamente irrelevante a la pesquisa de las meras probabilidades, que es, después de todo, el estándar jurídico que rige la determinación judicial de causa probable para acusar.

Se ha pasado por alto que el juez(a) de la vista preliminar no es el jurado que adjudica la culpabilidad del acusado. Tratándose de una etapa en que por ley las Reglas de Evidencia no aplican [R. 103(f)], no se justifican las circunvoluciones de la vista como si se tratara del juicio. Hay controversias que simple y llanamente son grano para el molino del jurado. Y que conste que no podemos culpar a los abogados de defensa, pues estos, ante la ausencia de un descubrimiento de prueba amplio y oportuno, utilizan la vista preliminar para estos fines. Algo que, si yo fuera abogado de defensa, y el juez me lo permitiera, también haría.

Volviendo a los jueces y juezas del Tribunal Supremo, y sin ánimo de faltarle a ninguno, por quienes profeso un gran respeto, como debe ser, el proceso contra Jensen ha puesto de manifiesto cómo la doctrina del alto foro sobre la vista preliminar vive oronda en las páginas de los libros, mientras que la vida real —la que abogados, fiscales, jueces, víctimas y testigos viven fuera de los libros—, le ha desfigurado el rostro y la ha desviado de su propósito original. Algo que la televisión nos devela ahora sin recato. A mi juicio, esto se debe en parte a que los jueces apelativos —entiéndase los del Tribunal de Apelaciones y los del Supremo—por la naturaleza de sus funciones, viven un poco alejados de lo que sucede realmente todos los días en los salones de sesiones. No es su culpa, por supuesto, sino un defecto del diseño constitucional o reglamentario que no contempla que de vez en cuando puedan servir voluntariamente, aunque sea por breves períodos de tiempo, como jueces o juezas del Tribunal de Primera Instancia. Incluso podrían, por ejemplo, escuchar las grabaciones de vistas preliminares tomadas al azar, para ejercer lo que en otros entornos del quehacer humano llamamos “control de calidad”. Porque, después de todo, como sociedad tenemos derecho a una justicia de buena calidad.

En fin, que quien haya seguido a diario la transmisión de la vista preliminar de Jensen, que continúa hoy, lunes, no sería capaz de expresar las diferencias entre esa vista y un juicio. Todo porque la vista preliminar se ha convertido en un juicio de fogueo en el que las partes parecen estar convencidas de que no se trata de una determinación de causa por probabilidad, sino de causa por culpabilidad fuera de duda razonable.

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