El Diamond Princess, donde más de 700 personas resultaron infectadas. Los médicos sospechan que pasajeros sin síntomas propagaron muchas de las infecciones a bordo. (AP)
El Diamond Princess, donde más de 700 personas resultaron infectadas. Los médicos sospechan que pasajeros sin síntomas propagaron muchas de las infecciones a bordo. (AP) (The Associated Press)

Por Matt Apuzzo, Selam Gebrekidan y Dan D. Kirkpatrick

Munich — Camilla Rothe estaba a punto de salir a cenar cuando el laboratorio del gobierno la llamó para darle el sorprendente resultado de la prueba. Positiva. Era el 27 de enero y acababa de descubrir el primer caso del nuevo coronavirus en Alemania.

Pero el diagnóstico no tenía sentido. Su paciente, un empresario de una compañía de autopartes cercana, sólo podía haberse infectado a través de una persona: una colega china que estaba de visita. Y esa colega no debía haber sido contagiosa.

La visitante había parecido perfectamente sana durante su estancia en Alemania. No tosió ni estornudó ni mostró señales de fatiga ni fiebre durante dos días de largas juntas. Les dijo a sus colegas que había comenzado a sentirse enferma después de su vuelo de regreso a China. Días más tarde, dio positivo a la prueba de coronavirus.

Los científicos en ese entonces creían que sólo las personas con síntomas podían propagar el coronavirus. Asumieron que actuaba como su primo genético, el SARS.

“Las personas que saben mucho más que yo acerca de los coronavirus estaban absolutamente seguras”, recordó Rothe, especialista en enfermedades infecciosas del Hospital de la Universidad de Munich.

Rothe y sus colegas fueron de los primeros en advertir al mundo. Pero los políticos, funcionarios de salud pública y académicos rivales desestimaron o ignoraron al equipo de Munich.

Algunos hicieron esfuerzos activos por socavar sus advertencias en un momento crucial, mientras la enfermedad se propagaba imperceptiblemente en iglesias francesas, estadios de fútbol italianos y bares en estaciones de esquí austríacos. Un crucero, el Diamond Princess, se convertiría en un presagio mortal de la propagación asintomática.

Entrevistas con médicos y funcionarios de salud pública en más de una decena de países muestran que durante dos meses cruciales —y ante evidencias genéticas cada vez mayores— los funcionarios de salud y los líderes políticos occidentales restaron importancia o negaron el riesgo de la propagación asintomática. Las principales agencias en materia de salud, incluyendo la Organización Mundial de la Salud (OMS) y el Centro Europeo para la Prevención y el Control de las Enfermedades, emitieron consejos contradictorios y a menudo confusos.

Es imposible calcular el costo en vidas de ese retraso, pero los modelos sugieren que las acciones tempranas y agresivas quizá habrían salvado decenas de miles de vidas. A países como Singapur y Australia, que utilizaron pruebas y rastreo de contactos y pasaron rápidamente a poner en cuarentena a viajeros, les fue mejor que a aquellos que no lo hicieron.

Ahora es generalmente aceptado que personas aparentemente sanas pueden propagar el virus. Aunque varían los cálculos, los modelos que usan datos de Hong Kong, Singapur y China sugieren que del 30 al 60 por ciento de la propagación ocurre cuando las personas no muestran síntomas.

"Ella no estaba enferma"

La noche de la primera prueba positiva de Alemania, el virus parecía muy lejano. Se habían reportado menos de 100 muertes en todo el mundo. Italia, que se convertiría en la zona cero de Europa, no registraría sus primeros casos hasta tres días después.

Algunos reportes de China ya habían sugerido la posibilidad de una propagación asintomática, pero nadie había demostrado que pudiera ocurrir.

Al día siguiente, tres empleados más de Webasto, la compañía de autopartes, dieron positivo. Rothe decidió que debía sonar la alarma.

La mañana siguiente, el 30 de enero, funcionarios de salud entrevistaron a la empresaria china por teléfono. Hospitalizada en Shanghai, dijo que, en retrospectiva, quizá había tenido dolores o fatiga leves en Alemania, pero los había atribuido al largo trayecto de viaje.

Cuando los funcionarios de salud describieron la llamada, Rothe y Michael Hoelscher, su jefe, rápidamente enviaron un artículo sobre la propagación asintomática a la revista The New England Journal of Medicine. En cuestión de horas, ya estaba en línea.

Lo que no sabían los autores era que en un suburbio a 20 minutos de distancia, otro grupo de médicos también se había apresurado a publicar un informe.

Nimiedades académicas

El segundo grupo estaba conformado por funcionarios de la autoridad sanitaria bávara y la agencia nacional de salud de Alemania, conocida como el Instituto Robert Koch.

Su equipo, encabezado por la epidemióloga bávara Merle Böhmer, envió un artículo a The Lancet, otra revista médica de primera. Sin embargo, el grupo hospitalario de Munich los había superado por tres horas. Böhmer dijo que el artículo de su equipo, que no fue publicado, había llegado a conclusiones similares.

Rothe había escrito que los pacientes parecían ser contagiosos antes del inicio de cualquier síntoma. El equipo del Gobierno había escrito que los pacientes parecían ser contagiosos antes del inicio de todos los síntomas, en un momento en que los síntomas eran tan leves que la gente quizá ni siquiera los reconocía.

Los médicos del Instituto Robert Koch estaban convencidos de que la mujer china no había reconocido sus síntomas. Le escribieron al editor de The New England Journal of Medicine, arrojando dudas sobre los hallazgos de Rothe. Los editores decidieron que la disputa equivalía a nimiedades. Si se necesitó una larga entrevista para identificar los síntomas, ¿cómo podría esperarse que alguien lo hiciera en el mundo real? La revista no publicó la carta.

El 3 de febrero, la revista Science publicó un artículo en el que describió el reporte de Rothe como “deficiente”. Science informó que el Instituto Robert Koch había escrito al New England Journal para rebatir sus hallazgos y corregir un error. El informe de Rothe rápidamente se convirtió en símbolo de investigaciones apresuradas.

La mañana siguiente, Clemens-Martin Wendtner hizo un anuncio sorprendente. Wendtner supervisaba el tratamiento de los pacientes con Covid-19 en Munich —ahora eran ocho— y había tomado muestras de cada uno. Descubrió el virus en la nariz y la garganta a niveles mucho más altos y mucho antes de lo que se había observado en pacientes de SARS. Eso significaba que probablemente podría propagarse antes de que las personas supieran que estaban enfermas.

Pero la nota en la revista Science ahogó esa noticia.

Parálisis política

Böhmer, del equipo bávaro de salud, recibió una sorprendente llamada telefónica en la segunda semana de febrero. Los virólogos habían descubierto una mutación genética sutil en las infecciones de dos pacientes del foco infeccioso de Munich. Se habían cruzado durante un momento muy breve: uno le pasó el salero al otro en la cafetería de la compañía, cuando ninguno tenía síntomas.

Böhmer se había mostrado escéptica acerca de la propagación asintomática. Pero ahora no había duda.

Dijo que de inmediato compartió el hallazgo, y su importancia, con la OMS y el Centro Europeo para la Prevención y el Control de Enfermedades.

Sin embargo, ninguna organización incluyó el descubrimiento en sus reportes. El director de emergencias de la Organización Mundial de la Salud, Michael Ryan, dijo el 27 de febrero que la importancia de la propagación asintomática se estaba convirtiendo en un mito.

"No hay marcha atrás"

El foco de infección de Múnich no fue la única advertencia. Las autoridades de salud chinas habían advertido que los pacientes eran contagiosos antes de mostrar síntomas.

Pero los funcionarios de salud pública veían peligroso promover el riesgo de los propagadores silenciosos. Si poner en cuarentena a las personas enfermas y rastrear a sus contactos no podía contener de manera confiable la enfermedad, los gobiernos quizá abandonarían esos esfuerzos por completo. “Estos reportes se ven en todas partes, en todo el mundo”, dijo Josep Jansa, un alto funcionario de salud de la Unión Europea. “No hay marcha atrás”.

Para principios de marzo, los investigadores de Hong Kong calcularon que el 44 por ciento de las transmisiones de Covid-19 ocurrían antes de que iniciaran los síntomas, y uno británico puso la cifra en 50 por ciento. El estudio concluyó que las personas se volvían infecciosas alrededor de dos días antes de que surgiera su enfermedad. Para cuando los pacientes sentían el primer dolor de cabeza o la primera molestia en la garganta, quizá ya habían estado propagando la enfermedad durante días.

Más de 700 personas a bordo del Diamond Princess, en Japón, enfermaron. Catorce murieron. Los investigadores estiman que la mayor parte de la infección ocurrió mucho antes.

Aceptación. O no.

Para fines del mes, los Centros para el Control de Enfermedades llegaron a la conclusión de que hasta el 25 por ciento de los pacientes podrían ser asintomáticos. Desde entonces, los CDC, los gobiernos de todo el mundo y, finalmente, la OMS han recomendado que las personas usen cubrebocas en público.

Aun así, la OMS envía señales confusas. A principios de junio, Maria Van Kerkhove, la dirigente técnica de la respuesta al coronavirus de la organización, repitió que la transmisión de los pacientes asintomáticos era “muy poco común”. Cuando los médicos se quejaron, la agencia dijo que había habido un malentendido.

En Munich, quedan pocas dudas. Böhmer publicó un estudio en The Lancet el mes pasado que halló transmisiones “sustanciales” de personas asintomáticas o con síntomas excepcionalmente leves y no específicos.

Rothe y sus colegas recibieron una nota de pie de página.