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De acuerdo a este estudio, existen pruebas de una similitud química entre la Luna y la Tierra que podrían confirmar el origen de nuestro satélite. (NASA)

La Luna es un satélite que ha acompañado a la Tierra durante millones de años y que tiene efectos no solo naturales dentro de nuestros ecosistemas, sino en el hombre mismo, ya que ha dado origen a miles de representaciones artísticas que muestran la belleza de este astro luminoso.

Sin embargo, a pesar de todo este tiempo y de la unión tan estrecha que nos liga a ella, la causa de su origen representa todo un misterio para la humanidad. Aunque existen diferentes hipótesis, en realidad no hay una en concreto que nos indique como se formó.

Ahora, salió a la luz una nueva teoría que podría probar cómo fue que nuestro satélite natural se creó, aunque para la comunidad científica representaría un hecho sin precedentes.

Se trata de la synestia, que señala que la Luna “nació” luego de que un cuerpo astronómico del tamaño de Marte se estrelló contra la Tierra hace unos 4,500 millones de años.

Tras esta colisión, miles de escombros fueron enviados al espacio, mismos que lograron mantenerse dentro de la órbita terrestre y que tras varios años pudieron unirse para que finalmente se creara la luna.

Previo a esta hipótesis, científicos aceptaban una teoría que se fundamentaba en que la Luna era un objeto que se formó en el disco de acreción del que nacieron los planetas rocosos del Sistema Solar, y la Tierra lo capturó por su propia gravedad.

Este nuevo estudio publicado en el Journal of Geophysical Research, explica que el choque entre estos objetos no provocó ninguna alteración en la órbita terrestre, pero sí cambió su eje a un ángulo mucho más cercano al actual.

Con el pasar del tiempo, la Luna se fue alejando de la Tierra, hasta llegar a un punto en el que la inclinación de su eje respecto al ecuador terrestre alcanzó los cinco grados y situó la Luna en su órbita actual.

Los científicos que delimitaron esta hipótesis, señalaron que a pesar los estudios presentados se necesitan todavía muchos años de cálculos astronómicos, análisis químicos y observaciones espaciales que puedan confirmar esta teoría.


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