La madre vegabajeña que emigró a Florida con sus tres hijos vivió la muerte de su progenitora a causa del huracán María, pero ahora regresa a la isla para disfrutar de la Navidad boricua junto a familiares y amigos.

Orlando, Florida - Para quien vive fuera de Puerto Rico, la anticipación de un viaje de vuelta a la isla, aunque sea por corto tiempo, implica un revolcón de emociones tras saber que ha iniciado la cuenta regresiva para “volver a casa”, reconectar con la familia y abrazarse a los sabores, olores y colores con los que se identifican los puertorriqueños.

Este es el ciclo de quien vive a la distancia: primero, la feliz taquicardia que produce la aproximación de un viaje a Borinquen; seguidamente, la llegada a la isla y los días de excitación sensorial por revivir lo que se ha extrañado por tanto tiempo.

 Y luego, el volver a despedirse, observar a través de la ventanilla del avión el bosque de mangle de Piñones mientras se empequeñece, las hermosas playas de arena dorada que se achican a la altura, hasta que una nube se interpone en el camino y comienza nuevamente el conteo hasta la próxima fecha de regreso.

“Esa es la vida del que vive fuera de la isla, y esa distancia es la que nos hace añorar lo que sucede allá. Y el saber que uno va a regresar de vacaciones, y más en Navidad, mueve todas las emociones por saber que verás a la familia, amigos y todo lo que te es conocido”, dijo Thalía Cuadrado, psicóloga clínica con 33 años de experiencia.

Ni siquiera nos quita la emoción saber que uno regresa a un lugar donde las carreteras están llenas de hoyos, donde las cosas no funcionan con la misma eficiencia que en otros lugares y donde hay unas serias carencias. Con todo y ello, esa identificación cultural y psicológica de saber que verás a la gente con la que te entiendes y que vibra igual que tú, te anima y te da alegría”, agregó la especialista.

Esta es la crónica del viaje de vuelta a casa de tres familias puertorriqueñas que viven en Orlando y que permitieron a El Nuevo Día conocer un poco de los detalles de este camino al reencuentro con sus familias durante la Navidad.

La casa sin mami

Evelyn Cruz Román coloca sus dos manos sobre la ropa doblada y se inclina con el peso de su cuerpo para empujar su indumentaria y la de sus tres hijos –Gabriela, Zenyska y Joshua– dentro de la maleta. Explaya una sonrisa cuando menciona que no hay Navidad como la de Puerto Rico, pero su ánimo se transforma en lágrimas cuando habla de que regresará a la casa que habita su padre. Su madre fue una de los “muertos de María”.

Tras el paso del huracán, debido a la falta de servicios básicos, Ramonita Cruz, de 76 años, adquirió una bacteria estomacal. “A causa del huracán, no había un gastroenterólogo y la dieron de alta diciendo que no tenía nada, pero en la casa se agravó. Yo estaba en Florida y, ante su gravedad, viajé de emergencia a la isla. Fui sola. Tuve que dejar los nenes. El día que llegué, murió”, narró Evelyn.

“Mi mamá fue una víctima del huracán y murió el día de mi cumpleaños, el 6 de mayo”, dijo.

Luego de esa tragedia, este es su primer viaje de regreso a Puerto Rico. Junto a sus tres hijos, navegará en los mares de la melancolía y tratará de sumergirse en las festividades boricuas junto a amigos y familiares, pues “no hay Navidad como la que se celebra en la isla. En Estados Unidos, la Navidad es la cena de Nochebuena, los regalos, despides el año y se acabó. ¿En la isla? Eso allá es otra cosa”, dijo Evelyn, quien se mudó a Florida hace casi cuatro años buscando una mejor situación económica y un mejor ambiente para sus hijos.

Nieta del corazón

Mientras esperaba la videollamada de su hija, que reside en Puerto Rico y le dio su primera nieta, Ángeles Victoria Ríos miraba en la televisión las noticias de la isla en su apartamento en Windermere, Florida. “Y en las mañanas, escucho noticias de la isla por radio. Son cosas que no hacía cuando vivía en Puerto Rico, pero que ahora hago, pues quiero saber qué pasa allá”, dijo la maestra de educación especial y quien llegó a Florida central dos meses antes del paso del huracán María por la isla.

Llegó junto a su hijo a este estado buscando un mejor ambiente y un mejor trabajo. “Extraño mucho la isla, pero uno se acostumbra”, dijo la mujer, quien desde que se mudó a este estado hace año y medio ha viajado a Puerto Rico en cuatro ocasiones. “Pero esta es la primera Navidad que pasaré en la isla desde que me fui y voy, sobre todo, a ver a mi primera nieta y a mi hija”, sostuvo.

Pero este viaje es especial también porque verá a su madre y asistirá a una reunión de su clase graduanda: la de 1979 del Colegio Puertorriqueño de Niñas.

Entró la llamada de su hija. “Me llama a diario”, comentó. Su otro hijo, Gabriel, corrió al iPad para ver a la pequeña Ema, quien es un milagro de vida. “Nació muy enferma y no la aseguraban. Pero se recuperó y ahora parece que está más adelantadita de lo que debería”, cuenta la orgullosa abuela.

Ángeles y Gabriel se pegan a la pantalla del aparato. “Te veré pronto, Emita”, le dice Gabriel, quien lleva en su cuello una medalla que ganó en un campeonato de atletas especiales. Culmina la llamada y Ángeles aprovecha para guardar varias cosas en su maleta.

“Aquí, la Navidad es sosa. No fiestean. La gente es aguafiestas”, sostuvo. “Mi isla no está como uno quisiera, pero sé que volveré algún día. Mi tierra es mi tierra”, afirmó.

Aula floridana

El día que Víctor Martínez se mudó a Orlando, despidió el año dos veces: recién aterrizó en la ciudad llamó a su madre a Puerto Rico, donde es una hora más tarde en esta época, y 60 minutos después le dijo adiós al año viejo en el lugar donde se instaló desde entonces.

Llegó tras el huracán empujado por los inconvenientes que impedían que en la isla reanudaran las operaciones normales de la universidad. Por eso, cuando lo aceptaron en la Universidad Central de Florida (UCF) y le extendieron la tarifa con el descuento que se ofrece a los residentes, Víctor vio la escritura en la pared y leyó que era la señal que tanto había esperado para hacer estudios en Estados Unidos.

En Puerto Rico, vivía con su madre en Toa Baja, muy cerca de la playa que extraña tanto y a donde solía escaparse cuando necesitaba organizar sus pensamientos. Y aunque visitó la isla en mayo por semana y media, esta es la primera Navidad que pasará en el suelo boricua que dejó hace un año.

“Al principio, me la pasaba encerrado, como se vive aquí, pero empecé a conocer a otros boricuas y, de alguna manera, he hecho mi pequeño Puerto Rico en Orlando”, dijo el joven de 26 años y estudiante de Comunicaciones.

“Estaré un mes y será un viaje importante, pues quiero reconectarme con mis raíces, con mi familia y quiero ir a la playa. Pero lo primero que haré cuando llegue será abrazar a mami. Estoy loco de que me prepare café en las mañanas, y deseo ver a mi abuelita y mis amigos”, dijo.

“Sé que luego tendré que volverme a ir y dejar a mi familia. Pero no pensaré negativo. Pensaré que he sobrevivido un año solo en Orlando, marcaré una nueva fecha en el calendario y comenzaré la cuenta regresiva para regresar a Puerto Rico”.


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