A nivel mundial, los puertorriqueños son la segunda etnia que más visita San Agustín, Florida, superada solamente por los canadienses.

San Agustín, Florida – Como a dos horas al noreste de Orlando hay una ciudad donde la historia y la leyenda se entremezclan; es el asentamiento más antiguo en Estados Unidos y tiene a los puertorriqueños como sus turistas principales entre los hispanos.

De hecho, a nivel mundial, los boricuas son la segunda etnia que más visita San Agustín superada solamente por los canadienses. Durante el pasado trimestre 4,986 puertorriqueños pasaron por esta ciudad mientras que el número de canadienses sumó 17,176. En total, en los pasados tres meses 49,103 personas visitaron esta ciudad, según datos del St. Agustín, Ponte Vedra & The Beaches Convention Bureau, entidad responsable de promover el turismo de este enclave.

Este atractivo no sorprende al tomar en consideración la conexión que hay entre la historia de esta ciudad y Puerto Rico, pues el primer gobernador de Borinquen -Juan Ponce de León- fue quien descubrió en el 1513 lo que creía era una gran isla que bautizó como “La Florida” por haberse tropezado con ella el día de pascua florida, explicó Richard Golman, presidente de esa entidad turística.

“La gente viene aquí en Navidad por las luces, pero también huyendo de la locura de Orlando y sus parques. Y claro, si eres puertorriqueño, vives en Florida y extrañas la isla, debes venir a San Agustín”, manifestó la puertorriqueña Evelyn Pérez, directora de ventas del St. Agustín, Ponte Vedra & The Beaches Convention Bureau.

La historia de la épica conquistadora de Ponce de León se entrelaza en San Agustín con el mito que cuenta que el explorador español venía por estas tierras en busca de un manantial capaz de devolver la juventud a quienes bebieran de sus aguas. La realidad es que en esta ciudad existe un manantial en el cual Ponce de León sació su sed. Además, la historia valida que los indígenas timucua que habitaban estas tierras floridanas vivían hasta los 80 años en contraste con los europeos, cuya vida promedio apenas alcanzaba los 40.

La “magia” estaba en que las aguas de ese manantial provenían del acuífero floridano, purificado naturalmente por las piedras calizas subterráneas que, a su vez inyectaban minerales valiosos al vital líquido. Eso, sumado a la dieta saludable de los timucua constituían verdadera “fuente de la juventud” que no tenían los españoles cuya dudosa higiene, mala calidad del agua y pobre alimentación pasaban factura con muertes prematuras, según rezan los libros de historia.

Tal fuente de la juventud, cuyo manantial ubica en el número 11 de la avenida Magnolia, no es lo único que atrae a los boricuas. El magneto es una amalgama de factores que incluyen el parecido de esta ciudad con el Viejo San Juan, con sus calles estrechas y su ciudad caminable; la cercanía con el mar que le infusiona ese aroma a salitre; la arquitectura colonial; y el despliegue de luces en Navidad.

Además, en cualquier recorrido turístico, habrá un guía que hablará de Ponce de León, comentará sobre Puerto Rico y seguramente tendrá una pequeña insignia en su solapa donde se asomará su apellido de ascendencia hispana.

“Este fue el primer sitio donde me sentí como en Puerto Rico por el morrito (Castillo San Marcos) y la estatua de Ponce de León”, dijo el chef Michael Lugo Homs, quien nació en Arecibo y, aunque pasó su niñez en Texas, todos los veranos su madre, Judith Socorro Homs, se encargó de que lo pasara en Borinquen. Aquí, Lugo abrió hace 13 años el exitoso y exquisito restaurante “Michael’s Tasting Room”, cuyos platos reflejan la influencia boricua.

El Castillo San Marcos es una pequeña fortaleza en San Agustín que fue diseñada y construida por los mismos arquitectos e ingenieros españoles que erigieron el Castillo San Felipe de El Morro en San Juan. Es la fortaleza militar más antigua en Estados Unidos.

La estatua de Ponce de León en la Plaza de la Constitución de San Agustín es igual a la que se encuentra en la Plaza San José del Viejo San Juan.

A la semana del paso del huracán María por Puerto Rico, Lugo Homs logró abordar un vuelo a la isla y se apareció en casa de su madre Judith Socorro Homs. “Prepara las maletas que te vas conmigo a San Agustín”, le dijo a su progenitora. Desde entonces la maestra retirada trabaja con su hijo en el restaurante que ubica en la calle Cuna de la antigua ciudad.

“Como boricua, sé lo que es comer bien y compartir en familia y es lo que he querido hacer en este restaurante”, dijo el hombre en una esquina del espacio donde medio centenar de comensales cenaban generando un bullicio similar al que se percibe en cualquier lugar en la isla donde se reúne más de un puertorriqueño.

Este ambiente festivo cobra más relevancia en estos días cuando la ciudad se engalana con más de tres millones de bombillitas de Navidad. Este evento de las “Noches de luces” es un atractivo mundial. Aquí, ordenanzas del condado establecen que tras Acción de Gracias y hasta temprano en el año todos tienen que adornar las fachadas de casas y negocios con lucecitas incandescentes color blanca para emular los primeros años de la fundación de la ciudad cuando los residentes colocaban en Navidad una vela cerca de la ventana de la casa, explicó Gordon.

Las dos alas

Manuel Herrero, nació en Cuba, pero se crió en Puerto Rico y es el propietario del Café La Herencia, que ubica en la Calle Avilés, una de las calles más antiguas de esta histórica ciudad.

“Una vez vine de visita y se me pareció tanto a San Juan por la manera en que la ciudad está diseñada que me quedé. Al poco tiempo abrí el negocio”, indicó.

En este restaurante no hay lujos ni pompa, pero se puede degustar un sabroso y cargadito café, suculentos sándwiches con pan criollo como el que le gusta al boricua y de vez en cuando se tropezará con alguna oferta culinaria cubana con un arroz con gandules o con pollo muy puertorriqueños.

El ángel boricua

Pero no todo el boricua que ha llegado a esta ciudad lo hace por la necesidad de mantenerse cercano a algo que le recuerde el terruño. Otros han hecho de San Agustín su casa porque en esta ciudad hay una importante escuela pública especializada en atender a niños y niñas ciegas y sordas.

Fue lo que trajo a Rabssy Melecio a este litoral hace casi 30 años. Estaba agotada de los viajes diarios de Ciales a Puerto Nuevo para llevar a su hija sorda a la escuela.

“Me levantaba a las cuatro de la mañana para hacer el viaje hasta Puerto Nuevo y me quedaba allá hasta que salía por la tarde para entonces regresar a Ciales y ponerme a estudiar con ella, mis otros dos hijos y atender a mi esposo. Así estuve ocho años hasta que no pudimos más”, contó.

Su hija, entonces una niña, investigó sobre una escuela para sordos en San Agustín y le compartió a sus padres la idea. “Llegamos, y ese primer día vi que era un lugar pequeño, bonito, cerca del mar… como San Juan. Ya no me voy de aquí”, afirmó.

Y no sólo se ancló en esta comunidad, sino que se convirtió en el puente para que varias decenas de familias puertorriqueñas, también con hijos sordos o ciegos, llegaran a San Agustín.

“Donde vivía, llegaron a haber 18 familias a la misma vez que llegaron para matricular a sus hijos”, dijo Melecio al explicar que su tarea consistía en ayudarlos a conseguir alojamiento, obtener el mobiliario de la vivienda, y a insertarse en la comunidad.

La escuela de Florida para Sordos y Ciegos (FSDB, por sus siglas en inglés) se estableció aquí en 1885, es pública y sirve a niños desde pre-kínder hasta grado duodécimo.

“Yo recibí ayuda de mucha gente cuando llegué con mi hija y mi familia y yo he querido hacer lo mismo con los que llegan. Lo único malo es el wichi-wachi…, el inglés. No es fácil haber dejado la isla, pero ya llevo 26 años aquí y creo que esta era mi misión en la vida. Y todavía lo hago”, dijo la mujer quien también llegó a operar en San Agustín un exitoso negocio donde vendía pasteles, morcillas, arroz con gandules y otros suculentos platos de la comida puertorriqueña.


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