Uno de los  desaciertos del filme es no aprovechar la oportunidad de convertir su encuentro con las fuerzas del mal en una verdadera prueba de fe. (Suministrada) (semisquare-x3)
Uno de los desaciertos del filme es no aprovechar la oportunidad de convertir su encuentro con las fuerzas del mal en una verdadera prueba de fe. (Suministrada)

A partir de hoy, los cines locales comienzan a exhibir “The Nun”, el tercer “spinoff” dentro del “universo de "The Conjuring” y el primero que no gira alrededor de la muñeca demoniaca Annabelle.

En esta ocasión New Line Films, división especializada de Warner Brothers Media, se ha esforzado para que el filme no registre como un ejercicio comercial superfluo. El largometraje llega cargado con mucho talento que dejará al público satisfecho y construye todo alrededor de una trama lo suficientemente genérica para dejar miles de posibilidade para las secuelas.

El personaje titular de este filme fue derrotado al final de “The Conjuring 2”, lo cual lanza la trama a mediados de la década de los 50. Cuando un convento aislado en las montañas de Rumania es trastornado por el suicidio de una de sus monjas, el Vaticano recluta al sacerdote Burke (Demián Bichir) y la novicia Irene (Taissa Farmiga), para investigar la posibilidad de que esta tragedia sea solo el comienzo de algo más siniestro.

Y efectivamente, cuando los protagonistas llegan al convento descubren que las monjas allí han estado batallando un fuerza maligna que tiene el poder de destruir todas sus almas.

A pesar de estar repleto de clichés y de manipulaciones que solo van en servicio de proteger la franquicia, como filme de horror “The Nun” es infinitamente superior a las películas de Annabelle. Esto se debe en gran parte por la excelente dirección de Corin Hardy. En este filme, el cineasta evoca la técnica distintiva del trabajo de James Wan en las películas de “The Conjuring”.

Ambos tienen la habilidad de capturar imágenes que aparentan ser simples en su composición, pero han sido diseñadas con toda la intención para invadir el subconsciente y reaparecer más tarde en una pesadilla. La diferencia principal es que con Wan, el espectador siempre tiene la seguridad de que el bien va a triunfar, mientras que Hardy se deleita en sacudir los nervios de una forma opresiva con la posibilidad de que el final feliz nunca llegue.

A eso se le suma un buen uso de temporalidad en la edición del filme. Una vez los protagonistas llegan al convento y el personaje titular ataca, el filme adquiere un ritmo intenso que evita la naturaleza episódica que suele atrofiar el impacto de filmes de este género.

El problema es que la manipulación constante de los nervios del espectador deja poco espacio para darles profundidad a los personajes de Irene y Burke. La producción minimiza esto con Bichir y Farmiga en esos roles. El talentoso actor tiene la habilidad de recordar el pasado misterioso que luego atormentará a su personaje. De la misma forma, Farmiga evoca la inocencia con efectividad.

En esta cinta no hay interés en explorar la psicología de sus personajes o de darle profundidademocional. La misión es ponerle los nervios de punta al espectador y manipular para que no deje de brincar de su asiento en el cine. En eso está muy por encima de la mayoría de las ofertas de este género.


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