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Fragmento de una de las piezas de Iván Girona. (Suministrada) (horizontal-x3)
Fragmento de una de las piezas de Iván Girona. (Suministrada)

Caracoles, martillos o fíbulas diminutas, cartílagos o maxilares abiertos en flor, órbitas y mezclas de una diversidad biológica que puede ahogar el reino terrestre en el marino, y darse un chapuzón inverso hacia el celeste. Toda una extraña y curiosa proliferación de formas emergen de unos dibujos realizados con navaja, generando lóbulos y líneas en positivos y negativos, gracias a una precisión sorprendente y poética.

Aunque percibimos los referentes aquí y allá, el resultado constante de la búsqueda de Iván Girona en esta exhibición en El cuadrado gris, es líricamente abstracto. Se trata de “cut outs” en papel rojo adheridos a las paredes de exhibición, como si flotaran en el espacio. Resulta interesante, por tanto, ver cómo una vez más, el espacio del sótano de la casa de la curadora, Anna Astor Blanco, se presta para que el dibujante trate su obra como una intervención del espacio que empuja hacia la instalación por el modo en que se disponen los fragmentos. Estos parecen gravitar y cobrar vida. Obligan al espectador a buscarlos, donde quiere que estén situados en la pared. La disposición permite tomar conciencia sobre las paredes que sirven de soporte y el espacio mismo.

Este juego no es ajeno en la obra de Girona. Sus trabajos en metacrilato, integran el soporte del soporte, es decir, la pared, dentro de la reflexión de elementos en juego. Y de estos metacrilatos, se evoluciona por simplificación a estos dibujos a navaja. Mientras que en los trabajos en metacrilatos, se hace el dibujo en el papel que cubre el cristal y luego se corta y se pinta la zona, aquí Girona toma cartulinas rojas finas, y las dibuja, si no con lápiz, con navaja o tijeras. Crea con este rico proceso, unos organismos fantásticos, sí, que remiten a todos los reinos, pero que son autónomos, los ha inventado el artista como si fueran abstracciones gravitantes que han invadido la casa.

Ese rojo de las formas, al invadir el espacio, se nos propone como advertencia, como alerta a algo. Nos obliga a relacionar el medio de dibujar –navajas o tijeras- y pensar que el corte puede ser peligroso. El papel adquiere una dimensión humana, o por lo menos, animal. No obstante, la abstracción nos lleva a pensar en un mundo más amplio, que se abre en sus formas, en una belleza que se regodea en su diversidad.


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