Imágenes son proyectadas en las paredes que delimitan el patio interior del MoMA como parte de una instalación. (Archivo)

La cuarentena y el virus aíslan, asustan, pero también suspenden y calman la ansiedad por consumir de todo.

Vemos que con menos también se puede estar y de hecho quizás algunos están más tranquilos. Esto no significa que decrezca la sensibilidad por ver en el arte una contención y una manera de darle sentido a todo este paréntesis o suspensión permanente de la vida que llevábamos hasta ahora. No. Se puede seguir interesado en las obras de los artistas y, desde la casa, viajar en el tiempo a través de obras emblemáticas. Y aprender.

Para eso, el Museo de Arte Moderno de Nueva York (MoMA), siempre atento a cómo reaccionar ante los cambios, ofrece una serie de cursos en distintos idiomas que permiten recorrer parte de las obras de la colección y nos da la oportunidad de poner en perspectiva la forma en que ha cambiado la mirada de los artistas a lo largo de los siglos XX y XXI.

A diferencia de otras formas de organizar el arte moderno en torno al tiempo y movimientos, la colección del MoMA se articula sobre lugares y espacios, arte e identidad, transformación de objetos de la vida cotidiana y arte y sociedad. Una contextualización precisa, con la información histórica y biográfica necesaria, acompaña cada lectura para no abrumarnos y seguir con el interés por aprender. Como dice Ricardo Capponi, "el arte se valora, produce atracción y seduce en la medida que tiene novedad, originalidad y capacidad de sorprender". Y las obras que aquí subrayamos, pese a no ser tan conocidas, sorprenden y resuenan en estos días.

Una obra interesante que nos hace pensar en la relación con las cosas es la taza cubierta de piel hecha por Meret Oppenheim cuando era estudiante de arte, en 1936. Después de tomar té con Picasso y Dora Maar, la artista forró la taza y la cuchara con piel, convirtiendo las piezas en algo ominoso por ser tan atrayente como asqueroso a la vez. No en vano la creación fue considerada como la pieza surrealista por definición, según las palabras del propio André Breton. La taza, que en condiciones normales sirve para tomar algo, provista de esa piel es una amenaza, como lo es hoy en día el contacto con las cosas que otros han tocado. Sin tener piel, los objetos que tocan otros son amenazas invisibles que espantan casi tanto como si estuvieran cubiertos por algo repulsivo.

"House by the Railroad", de Edward Hopper, la primera obra adquirida por el museo, también despierta la atención en estos días. Al igual que gran parte de sus pinturas en las que la soledad es la protagonista, esta pintura efectuada en 1925 evidencia la ausencia y desolación del paisaje invadido por un eventual movimiento, que no es tal y que pone en perspectiva lo que pasa cuando una línea de tren o una carretera irrumpen en la mitad del paisaje, convirtiendo a la vivienda en un ícono de la resistencia. La casa de Hopper habla de esa experiencia de cientos de hogares y barrios que quedaron y han quedado descuartizados cuando, en virtud de la conectividad, se fragmenta una ciudad. Carreteras que con la cuarentena quedan vacías, silenciadas y sin sentido en un paisaje estéril donde prima el gris, encienden la idea de si podemos vivir sin la obsesión de la movilidad constante.

En este recorrido por la colección, aparece otra obra que cuestiona la precariedad del habitar. Se trata de "Niagara Falls" (1971), de Gordon Matta Clark. Poco tiempo después de graduarse de Cornell, el artista se dio cuenta de que no sería arquitecto y patentó de alguna manera la anarquitectura con sus obras que deconstruyen casas que están a punto de ser borradas por un buldócer. La casa que protagoniza la obra ubicada sobre las populares cataratas del Niágara fue demolida posteriormente, revelando no solo su precariedad, sino que también la perpetua condición de desplazamiento a la que ha sido sometida la condición del habitar moderno, por razones económicas, donde una ciudad, exceptuando sus centros históricos, rara vez sigue siendo lo mismo después de un tiempo.

El recorrido por las obras puede hacerse en varias semanas o al ritmo que se quiera. Hay uno que otro quiz y lecturas complementarias que ayudan a profundizar y, de paso, pensar que en el estar también se puede viajar gracias al arte y silenciar el ruido de lo contingente aunque sea por un rato...

En el sitio Moma.org se puede revisar esta colección.


💬Ver 0 comentarios