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Habíamos quedado en encontrarnos en Nueva York. Él vivía allí; yo iría en una visita breve para ofrecer una charla en Baruch.

“Tomémonos un café después de tu charla”, me había escrito a principios de noviembre. “Hay mucho que hablar”.

No llegamos a encontrarnos; ya no nos encontraremos jamás. Ni yo llegué a NY ni él regresará a la ciudad donde vivió por décadas y donde enseñaba cursos de teoría social y cultural en NYU. Juan Flores murió el 2 de diciembre en un hospital de la Carolina del Norte, en donde se encontraba ofreciendo una serie de conferencias en la Universidad de Duke.

Su legado es inmenso. En una decena de libros y una gran cantidad de artículos y ensayos estudió el tema de las identidades en un mundo cambiante. Insularismo e ideología burguesa (1980); Divided Borders: Essays on Puerto Rican Identity (1993); La venganza de Cortijo (1997); From Bomba to Hip-Hop: Puerto Rican Culture and Latino Identity (2000) incidieron sobre las diferentes modalidades del ser puertorriqueño y caribeño y cómo las transformaban los traslados. En The Diaspora Strikes Back. Caribeño Tales of Learning and Turning (2009), reflexionó no solo sobre los migrantes, sino sobre los dos polos de su movimiento: sus lugares de origen y las sociedades donde se habían relocalizado. Examinó cómo las nuevas y complejas identidades forjadas en la Diáspora transforman ambos lugares, debido –en el caso de sus lugares de origen- al retorno frecuente de los migrantes o a sus retornos simbólicos a través de remesas o intercambios culturales.

Nos ayudó así a entender no solo lo que somos y cómo lo somos sino dónde estamos: “Si bien el concepto tradicional de la identidad puertorriqueña, con su fundamento territorial, se basaba sobre la idea de la criollización caribeña o la transculturación sincrética de tradiciones culturales indígenas, africanas e ibéricas”, escribió para la revista FORO de este periódico,  “la formación de la identidad diaspórica se encuentra, en nuestro tiempo, en medio de un proceso comparable de re-criollización, un nuevo tipo y nivel de interacción y de fusión cultural que incluye las experiencias culturales con las que entran en contacto. Eso es lo que significan las relaciones de los puertorriqueños de los Estados Unidos con caribeños de diferentes trasfondos, con otros latinos, con asiático-americanos, italianos, irlandeses y europeos del este y, sobre todo, con los afro-americanos. Estos intercambios y convergencias no están supeditados a la formación cultural diaspórica: son integrales y definitorios de tal formación. Los puertorriqueños “de aquí” [de los Estados Unidos] son criollos nuevos no por su hibridez cultural sino que son híbridos de maneras nuevas y complejas”.

Su pensamiento captó la dinámica siempre cambiante de las relaciones entre grupos étnicos, raciales y nacionales, entre las metrópolis y las periferias, entre los centros imperiales y las colonias, entre los lugares que ocupa una nacionalidad. Flores entendía que resulta imposible esencializar –inmovilizar- identidad alguna.

Su misma identidad personal fue cambiante. Nacido en Nueva York, hijo del puertorriqueño Ángel Flores, editor de importantes antologías de cuentos latinoamericanos, respondió al nombre de “John” durante su juventud. Su madre, Kate Flores, de ascendencia húngaro-rusa, escribió Relativity and Consciousness, una comparación de las teorías de Einstein y de Darwin.

“John” se crió entre escritores e intelectuales como Ciro Alegría, Octavio Paz, Rafael Alberti, Concha Meléndez y muchos más que acudían continuamente a su casa. No fue ese, sin embargo, su camino inicial. Una rebeldía juvenil “sin causa” hizo que sus padres lo llevaran a Suiza, donde el muchacho afianzó el alemán que le había enseñado su madre. Ese fue su campo de estudios en Yale, donde se doctoró con una tesis titulada Poetry in East Germany. Adjustments, Visions and Provocations 1945-1970”.

Enseñó esa literatura en la Universidad de Stanford, en California, donde entró en contacto con los chicanos que se organizaban políticamente en aquellos finales de los 60 y principios de los 70, exigiendo programas de estudios chicanos. Flores se interesó en tales estudios; dejó de ser “John” para convertirse en Juan. “Si escribo unas memorias”, me dijo en una entrevista, “las titularé ‘When I Wasn’t Puertorican’.”

De los estudios chicanos pasó a los puertorriqueños; de Stanford a CUNY y a dirigir el Centro de Estudios Puertorriqueños de Nueva York. “Para mí fue una expansión intelectual. Abríamos un campo nuevo”, me dijo en aquella entrevista.

Ese campo se ha ensanchado gracias a su contribución. Su muerte nos priva de un gran intelectual puertorriqueño, de una mente lúcida y contestataria, de un estudioso excepcional de las diásporas caribeñas.

A mí me priva de un amigo solidario e inolvidable, dispuesto siempre a considerar las múltiples identidades que puede comprender la palabra “puertorriqueño”.

Que descanse en paz.


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