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“Siempre quise ser arquitecto”, dice Jesús Eduardo Amaral, cuyos diseños –convertidos en edificios institucionales, residenciales y eclesiásticos– han enriquecido las perspectivas visuales de los puertorriqueños con sus formas limpias, sencillas, funcionales. A sus 90 años recién cumplidos, reflexiona en esta entrevista sobre su larga y fructífera carrera profesional, que incluye haber sido fundador y primer director de la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Puerto Rico (UPR), pionera en el país. “Amaral fue una figura clave de la arquitectura puertorriqueña de los años 60”, comenta su colega Jorge Rigau, fundador también de una escuela de arquitectura, la de la Universidad Politécnica.

Usted nació en Humacao. ¿Qué impacto visual dejó ese pueblo en su sensibilidad infantil?

—Humacao es un pueblo hermoso; tiene una gran plaza con árboles y fuentes y, en el centro, la iglesia. En mi niñez era un pueblo tranquilo; no había mucha riqueza, pero sí tenía una vida artística y cultural. Había gente interesada en el arte, en la música, en la literatura. Los maestros de escuela superior eran excelentes; muchos enseñaron luego en la UPR, como José Ferrer Canales. En la “high” –que era un edificio imponente– publicábamos una revistita de estudiantes, “Jumacao”, de la que fui administrador cuando estaba en cuarto año. Yo también publiqué en ella (“mira esto”, me dice sonriendo, mostrándome un poema cuya primera estrofa dice así: “Bandadas de golondrinas./ Torres de iglesia vieja./ Campanadas que en la noche/ suenan tristes, hondas, huecas…”). También dibujaba. (Me enseña varias caricaturas que llevan su firma en las que aparecen elementos de la vida del momento, como la presencia en Humacao de los soldados de la cercana base militar en Ceiba, tan importante durante aquel momento de la II Guerra Mundial.)

Siempre me ha parecido que las formas arquitectónicas que uno ve durante la niñez dejan en la imaginación una huella que influye en la manera en que uno organiza espacialmente el mundo.

—Yo me crie en un entorno urbano. Cuando era muy joven viví en un edificio que se parecía algo a los del San Juan antiguo. Era de dos plantas y en la de abajo estaba el comercio de mi papá. En la segunda había dos apartamentos; nosotros vivíamos en uno. Yo iba a San Juan frecuentemente con papá a hacer compras para el negocio. Almorzábamos en La Mallorquina. Sé que desde entonces me interesaba la arquitectura porque cuando pasábamos por la construcción del Hotel Normandie –que aún no estaba terminado– me impresionaba mucho. Además, desde que estábamos en octavo grado, mi amigo Efrer Morales y yo (luego fue mi cuñado y mi socio) nos suscribimos a una revista de arquitectura moderna, Architectural Forum, que traía fotos de obras como la casa “Fallingwater” de Frank Lloyd Wright y también de los edificios de la Feria Mundial de Nueva York en 1939. Me sentía dichoso de encontrarme con todo eso; fue muy importante para mí.

¿Supo desde entonces que sería arquitecto?

—Siempre quise ser arquitecto. Yo no tuve que buscar; encontré enseguida lo que quería hacer.

Pero inicialmente estudió ingeniería civil.

—Papá tenía dos amigos que habían estudiado ingeniería civil en Cornell. Uno era Juan Manuel Beltrán, que había hecho el edificio del Banco Popular en San Juan y el otro era Arturo Saldaña, mi padrino. Cuando me gradué de la “high”, entre los dos convencieron a mi padre de que yo estudiara ingeniería. Solicité admisión a Michigan y a Cornell y decidí por la última. Mi papá me llevó a la universidad. La primera vez que monté en avión fue en 1944 para ir a Ithaca, donde está Cornell. Era un Panamerican C-47 que iba parando en Santo Domingo, en Haití y en Cuba hasta llegar a Miami. De ahí tomamos un tren, el “Silver Meteor” que nos llevó a Nueva York en 48 horas. Estuvimos una semana en Nueva York. Se me abrieron los ojos al ver todos aquellos edificios. Luego hubo que tomar otro tren, el Black Diamond, de la Lehigh Valley Co., para viajar a Ithaca, que tomaba seis horas.

¿Cuándo cambió a arquitectura?

—Me gradué en cuatro años de ingeniero civil. Esos años fueron difíciles porque no le tenía amor a la materia. Pero la escuela de arquitectura y la de ingeniería estaban frente a frente y frecuentemente me iba a visitar la de arquitectura, que era la primera en la nación. Empecé a coger cursos allí y, cuando solicité, me aceptaron. Mi papá por fin accedió a que estudiara arquitectura. Esos estudios fueron una delicia. Es una disciplina mucho más creativa.

¿Regresó a Puerto Rico tras graduarse?

—Cuando me gradué en el 1951 recibí una comisión de segundo teniente de la Fuerza Aérea y estuve dos años en servicio activo. Primero me mandaron a Pittsburgh y el segundo año me mandaron a Puerto Rico con un “compassionate transfer” porque mi padre estaba muy enfermo. Estuve en la base Ramey de Aguadilla. Allí conocí a María Luisa; nos casamos en 1953. Me licencié e integré a la profesión.

¿Encontró algún eco aquí de la estética arquitectónica moderna?

—Cuando volví estaban haciendo el Caribe Hilton. Fui ayudante de Miguel Ferrer, que había estudiado en Cornell. En un momento dado me tuve que ocupar de los jardines, diseñados por el arquitecto paisajista Hunter Randolph. Por entonces un grupo de arquitectos jóvenes tratamos de impulsar aquí un modernismo puertorriqueño integrando al vocabulario moderno imágenes y soluciones que eran parte de la tradición.

Usted colaboró estrechamente con Ricardo Alegría en su obra de restauración del Viejo San Juan. ¿Cómo casaba esa experiencia de restaurar la arquitectura colonial con la estética de la arquitectura moderna?

—Poco después de que yo regresara a Puerto Rico, Ricardo Alegría empezó a restaurar el San Juan antiguo. Me pidió que lo aconsejara. Yo iba tres tardes en semana al Instituto de Cultura y hablábamos sobre lo que él estaba haciendo y cómo podía hacerlo mejor. Fue una gran experiencia. Alegría era un visionario. Muchas de las soluciones arquitectónicas de la arquitectura colonial todavía aplican. Se pueden, además, buscar formas puertorriqueñas dentro de la expresión de la arquitectura moderna. Esa combinación de lo colonial y lo moderno se estaba manifestando en Brasil. Oscar Niemeyer, el arquitecto de la ciudad ultramoderna de Brasilia, lo había puesto en práctica en la ciudad de Ouro Preto, donde usó un vocabulario moderno con elementos antiguos. Varios arquitectos contemporáneos restauraron allí pueblos antiguos. Yo visité algunos además de Brasilia, a la que fui cuando se estaba construyendo y luego cuando estaba funcionando ya como ciudad. En mis viajes siempre llevaba unos cuadernitos donde escribía un diario de mis experiencias en el extranjero y de lo que veía.

¿Cómo surgió la iniciativa de fundar una Escuela de Arquitectura en la UPR?

—En Puerto Rico en aquel momento los ingenieros hacían a menudo el trabajo de los arquitectos. Nosotros queríamos darle presencia a nuestra profesión y luchamos por ello. Al principio fue difícil convencer a Jaime Benítez, entonces rector, para que accediera a su fundación. Pero por entonces él viajó a Cornell y se encontró con Burnham Kelly, nieto del famoso arquitecto Burnham de Chicago. Hablaron y una delegación de Cornell vino a Puerto Rico. Me citaron a una reunión donde estaban Canfield, Burnham y Benítez. Este finalmente se convenció de la conveniencia de la Escuela. La Escuela de Arquitectura de Cornell tuvo mucho que ver con la fundación de la Escuela de Arquitectura de la UPR. Esa relación entre Cornell y Puerto Rico se ha mantenido. Desde antes de que yo estudiara allí había habido arquitectos puertorriqueños egresados de su programa, como Rafael Carmoega y Miguel Ferrer. Después ha habido varios, muy destacados.

Fue el primer director de la Escuela de Arquitectura de la UPR.

—Benítez me llamó en 1966 para que me hiciera cargo de la Escuela: diseñé el currículo y seleccioné a los profesores. Siempre quise que se mantuvieran los estándares muy altos. A los muchachos se les daban proyectos interesantes y difíciles y a veces se pasaban allí las noches haciéndolos en grupo. Así es que se estudia arquitectura; es un trabajo grupal, pero eso me trajo problemas con la administración universitaria una vez que se fue Benítez.

¿Cuál era su visión para la Escuela de Arquitectura?

—Una escuela de arquitectura ofrece clases profesionales. El servicio es importante. Tiene que crear una conciencia de ese arte, de cómo es su vocabulario visual. Debe proponer ideas sobre cómo resolver problemas. Debe tener en cuenta el ambiente en el que se va a trabajar. Yo no quería graduar a muchos estudiantes, quería graduar a estudiantes excelentes.

Hábleme de su oficina de arquitectura en Puerto Rico.

—Levanté una oficina pequeña. Según iba creciendo, la oficina recibía comisiones de obras grandes: el condominio Costa Azul, el centro gubernamental de Humacao, el recinto universitario de esa ciudad, el colegio San Antonio Abad, el Banco de San Juan, el colegio Regional de Bayamón, la iglesia de Yabucoa, entre otras.


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