Angela Gheorghiu se estará presentando este viernes 29 de marzo junto a la Orquesta Sinfónica de Puerto Rico. (Suministrada) (semisquare-x3)
Angela Gheorghiu se estará presentando este viernes 29 de marzo junto a la Orquesta Sinfónica de Puerto Rico. (Suministrada)

En algo los entusiastas de la ópera coinciden: la soprano lírica rumana Angela Gheorghiu nunca pasa desapercibida en sus citas con el escenario. Tampoco fuera de él.

Su voz y tesón la han llevado a alcanzar los roles con los que soñó. Su sinceridad extrema y su intuición, han provocado legendarias polémicas en la industria operática.

Pero el ruido pasa y queda ante la audiencia que disfruta de su talento una mujer perfeccionista, agradecida del privilegio de haber nacido con su voz y consciente de su estatus de diva operática.

A Puerto Rico retorna para presentar “Angela Gheorghiu, concierto extraordinario” este viernes 29, junto a nuestra Orquesta Sinfónica dirigida por el Maestro Maximiano Valdés a quien, anticipa, desea conocer cuanto antes.

Quiero cantar un repertorio hermoso y tener una noche memorable juntos”, vaticinó Gheorghiu cuya carrera musical despuntó en el 1990. “He cantado por años en San Juan pero regreso con frecuencia a Puerto Rico porque es mi lugar favorito en el mundo para vacacionar. Mis amigos cercanos en San Juan lo saben y, por supuesto, no me pierdo un conciertos con la voz fabulosa y divina de Marc Anthony, el talentoso y hermoso Ricky Martin, la multi talentosa Jennifer López o Bruno Mars. Puerto Rico es un país que adoro y me afecta cuando su gente está en angustia. Estoy impresionada con la forma en que se han recuperado y en cómo se han unido”.

Gheorghiu opta por el silencio y la relajación que resulta de ver una película, recibir un masaje o dar una caminata corta, antes de subir al escenario. Sabe que una vez cante la primera nota será Troya; una mezcla de emociones se apoderará de ella cuando comparta historias de amor, odio, alegría o tristeza. La intuición se convierte en su brújula.

Desde los cuatro años he cantado para darle alegría a otros. Al mismo tiempo soy estudiosa y trato de impartirle el estilo y el espíritu apropiado a todo lo que interpreto. Para nada pienso que todo este talento con el que nacimos los cantantes líricos es solo para complacernos. Algunos cantantes dicen que lo hacen para ellos mismos, pero eso es una contradicción. Porque si fuese así andaríamos cantando en nuestros hogares o por las calles y no en espacios construidos especialmente para las audiencias que entienden y aman cada sonido y cada frase. Para mí es importante brindar alegría, placer, incluso transportar a la audiencia a otra dimensión, hacer que se olviden por dos horas de la vida cotidiana que nunca ha sido ni será perfecta. La vida es complicada y la música es mi instrumento ideal para compartir las más hermosas emociones del alma humana. El aplauso es mi primera y más grande recompensa”, señala la artista.

Cada puesta tiene un saldo emocional. “Luego de presentaciones como Tosca o Bohème, La Traviata, Fausto o Adriana Lecouvreur -que es el rol más difícil que he interpretado- no es fácil porque se llevan un pedacito de mi alma pero me recupero poco a poco gracias a mi familia, mis amigos, mis fans”.

Ella, su maestra

La última lección de canto Gheorghiu la tomó a los 18 años. Asegura que nunca ha tenido un maestro vocal, un entrenador o un pianista con el cual prepare sus roles.

Soy mi propia maestra, encuentro el camino sola y nunca le he pedido nada a nadie para cantar o no cantar un rol. Siempre he sabido de forma instintiva qué es bueno y qué no lo es para mí. Nunca he aceptado un rol para después decir, ‘lo siento, esto no es bueno para mí’. Yo sé y siento lo que tengo que hacer para no destruir lo que Dios me ha dado: una voz con un color muy peculiar por la cual le agradezco a él y a mis padres”, puntualiza.

La soprano aspira a mantener el mismo color en su voz el mayor tiempo posible, “como hizo Luciano Pavarotti”. “No es saludable para ninguna voz cantar el más amplio repertorio porque la voz podría dañarse”, advierte. “La voz humana es de hecho, el instrumento musical por el que cada artista lírico y cada cantante, de cualquier estilo, tiene que vivir y comportarse con cuidado. Hay que respetar la voz para que no suene muy vieja muy temprano”.

La calidad musical -para esta artista- es un asunto que raya en lo sagrado.

“Créeme que cuando algo no está bien soy la primera persona en sentirlo y en sufrirlo”.

Dice que prefiere voces “hermosas” y con un sello identificable. Enumera una extensa lista de cantantes que le precedieron así como de colegas. Sí, están Renata Tebaldi y María Callas, Anna Netrebko o Fedora Barbieri, Renee Fleming, Anna Netrebko. No deja fuera a Plácido Domingo, a Luciano Pavarotti, a su ex esposo Roberto Alagna o a Jonas Kaufmann. No parece tener problemas en reconocer otros talentos.

¡Amo las voces hermosas y con personalidad!"

Se ha caracterizado por expresar su opinión en todo momento. Después de tantas cosas dichas, ¿se arrepiente de alguna?

“Los gustos cambian y no debí haber dicho la verdad de lo que pensaba, quizás más adelante o con más diplomacia. No me gustan la fealdad ni la destrucción de la ópera frente a los ojos silentes de quienes temen si serán contratados. Por mi particular valor de decir ‘no’, parece que algunos teatros me han castigado”, reflexiona.

La cantante asegura que procura nunca vincularse en una producción que tenga más desaciertos que aciertos. Los desaciertos los percibe como “una ofensa”. Después de todo, dejó su casa para sentir “la satisfacción de un trabajo bien hecho, con buen gusto y respeto por aquellos que compusieron las partituras”.

“Me disculpo con los directores de teatros o directores si, al igual que ellos, me siento directamente responsable por la presentación. Adoro el éxito, no el fracaso”, dice.

Ahora que es una renombrada soprano, piensa en la niña que era en el pueblo Adjud, en Rumanía. Le complace decir que “he hecho lo que he querido”.

No me traicioné y nunca he traicionado a nadie. Lo que soñé lo alcancé. Quizás me arrepiento de que a veces fui menos diplomática y gané enemigos en el teatro. Estoy bien segura de que no me entendieron bien, yo no me impongo ni doy lecciones. Quizás este temor venga de mi vida en Rumanía, cuando en los tiempos comunistas no tenía el derecho a tener una opinión y no se me permitía hablar. Después tuve permiso y yo hasta pensé que se podía decir la verdad, pero en el arte de la ópera los gustos son subjetivos. Di gustibus non disputandum est!”, culmina usando un adagio en latín que en español podría resumirse como “sobre gustos no hay disputas”.


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