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Julia Constancia Burgos García se fue de este mundo sin nada. Todo lo dejó en palabras.

Cuando fue encontrada inconsciente entre la Calle 106 con la Quinta Avenida en la ciudad de Nueva York, nadie sabía que la persona que murió al ser trasladada al Hospital de Harlem era Julia de Burgos, la poeta más prominente que ha dado la literatura puertorriqueña.

Su cuerpo sin vida fue enterrado en una tumba anónima. Tras su rastro fueron algunos amigos que lograron identificarla y trasladar sus restos a Puerto Rico. Recibió un funeral de heroína y fue sepultada en el Cementerio de Carolina, el lugar más cercano al siempre suyo Río Grande de Loíza.

Así fue el fin de una de las voces literarias más contundentes no sólo del País, sino del grupo de poetas latinoamericanos de su generación. Sin embargo, su vida fue mucho más que el mito construido a partir del estereotipo de “la poeta”.

Nacida un día como hoy en Carolina, fue la única entre 13 hermanos que cursó estudios secundarios. Incluso, se tituló en Educación en la Universidad de Puerto Rico. Aunque se dedicó al magisterio, la poesía fue una constante en su vida. Cuentan quienes la conocieron que solía distanciarse un momento a trabajar sus versos como si se tratase de un largo flujo de conciencia que la enajenaba por momentos del mundo.

Algunas de sus influencias más importantes fueron Luis Llorens Torres, Clara Lair, Rafael Alberti y Pablo Neruda. Publicaba sus poemarios e iba de pueblo en pueblo vendiéndolos ella misma. Poco a poco se dio a conocer en el ambiente literario y escribió otros géneros como el drama. De la mano con su incursión en el mundo de las letras se insertó de lleno en el grupo “Hijas de la libertad”, la rama femenina del Partido Nacionalista de Puerto Rico que lideraba Pedro Albizu Campos. Su vida transcurrió durante algunos años de modo intermitente entre Nueva York y La Habana.

Tras la ruptura de su matrimonio con Rubén Rodríguez Beauchamp conoce al médico y sociólogo Juan Isidro Jimenes Grullón, a quien puede llamársele el amor de su vida.

Vivió un interesante periodo en La Habana donde estudió griego, latín, francés, biología, antropología, sociología, psicología, higiene mental y didáctica, entre otras materias. Sin duda, una mujer que muy poco tenía que ver con las inquietudes “femeninas” de su época.

Al romper con Juan Isidro regresó en el 1942 a la Gran Manzana donde deambuló en busca de empleo y llegó a trabajar como inspectora de óptica, empleada de un laboratorio químico, vendedora de lámparas, oficinista y costurera.

Aunque su obra recibió múltiples reconocimientos no logró publicar en vida dos de sus poemarios más importantes: “El mar y tú y otros poemas” (1954) y “Yo misma fui mi ruta” (1986).

Póstumamente, se convirtió en la poeta laureada. Hoy su obra aún espera los análisis críticos que podrían colocarla a la par con voces poéticas de la época.


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