Foto de archivo de Flavia Lugo de Marcichal con una de las cartas que su esposo, Carlos Marichal, le escribió.
Foto de archivo de Flavia Lugo de Marcichal con una de las cartas que su esposo, Carlos Marichal, le escribió. (Alberto Bartolomei)

En tiempos de cambios continuos como los nuestros, la fidelidad es una rara virtud. Flavia Lugo de Marichal, quien acaba de morir de la mejor manera en que puede darse ese paso trascendental -a los 95 años, en paz y rodeada de su familia- fue una mujer fiel. Lo fue a su patria, cuyo derecho a la independencia defendió siempre, deseando ardientemente que cumpliera su destino histórico; lo fue a su pueblo, Yauco, que recordaba con cariño y al que volvía una y otra vez, no solo en persona, sino en su conversación y en su solicitud por propiciar su bienestar cultural; lo fue a la UPR, donde trabajó por años como profesora y decana asociada de Humanidades y también al Colegio Universitario del Sagrado Corazón, donde estudió su bachillerato, distinguiéndose por sus habilidades dramáticas. Al teatro le fue fiel no solo como intérprete sino también como dramaturga, y lo fue a la escritura: a su haber tiene cientos de cuentos infantiles que escribió o adaptó para WIPR radio. Fue fiel, sobre todo, a su familia.

Su vida tiene visos de cuento de hadas: una chica joven y hermosa, comprometida para casarse; un artista español exilado que fue su maestro y se enamoró de ella; un rechazo inicial seguido por un enamoramiento gradual que nunca disminuyó en intensidad. La historia la contó ella misma en una entrevista de hace años: “Yo estaba comprometida para casarme. Trabajaba en la WIPR, la emisora de radio. Un mediodía, al coger la guagua en Santurce, Marichal (así se llamaba el profesor, Carlos Marichal), se subió una parada después. El asiento a mi lado era el único vacío. Él me miró la mano y preguntó: ‘¿Todavía tiene novio?’ Ese día –me contó luego- decidió que se casaría conmigo”.

Comenzó entonces un asedio constante: flores a la mañana, flores por la tarde, visitas diarias a la estación de radio y el ofrecimiento de acompañarla en guagua de vuelta a su hospedaje en Río Piedras, viaje invariablemente punteado por invitaciones a tomarse un ‘zumo de naranja’ en El Nilo, la emblemática cafetería de la Parada 22.

Un posible final para esta historia de amor hubiera sido que Flavia se casara con su novio y recordara toda la vida, con cierta nostalgia, lo que pudo haber sido y no fue. Pero no tuvo que recordarla, porque Flavia vivió su historia de amor. “Un 22 de diciembre,” dijo en la entrevista. “Marichal fue a la WIPR, llegó a mi escritorio, me tocó la cabeza y me dijo: ‘Muchachilla, me he enamorado de usted’.” A continuación, hubo un rompimiento con el novio y… una boda con el profesor.

Aquello de “Y vivieron felices y comieron perdices para siempre jamás…” se cumplió durante los dieciocho años del matrimonio de Flavia y Carlos Marichal, con el colofón añadido de los seis hijos que tuvo la pareja. El amor perduró aún después de la muerte del artista en 1969. Flavia mantuvo vivo el recuerdo de su marido y educó a sus hijos en ese amor. Mientras vivió él, cada día primero del año le dedicaba una carta en forma de un hermoso librito que él mismo había ilustrado. Las Navidades en que murió –un 29 de diciembre- Flavia encontró, el uno de enero, una carta para ella en la mesa. Era de sus hijos y decía: “Hoy empezamos un nuevo año sin Papi, pero será como si siempre estuviera aquí con nosotros”.

Patriota, escritora, actriz, esposa, madre, abuela y bisabuela, Flavia fue también una amiga extraordinaria. Su alegría era contagiosa; confiable su solidaridad. Difícil resulta pensar que ya no estará entre nosotros para sonreír, para contar, para escuchar. Quienes la conocimos y la quisimos le debemos a esa amiga la fidelidad a su recuerdo.

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