Eusebio Leal Spengler sabía la historia de todas las calles, todos los monumentos y toda la gente que los había hecho posibles. (Archivo)

Acaba de morir en La Habana el historiador de la ciudad, Eusebio Leal Spengler.

Uno de los hombres más brillantes e inagotables que he conocido. El deslumbrante orador, que no solo era el mejor conocedor de La Habana, de cada rincón, de cada museo, de cada cementerio y su completa historia, sino un gran admirador y conocedor de las ciudades coloniales del Caribe. Amaba el Viejo San Juan, que visitó varias veces, y trabó una cómplice amistad con Ricardo Alegría, se visitaban y alababan mutuamente, y se contaban sus cuitas en la defensa siempre cuesta arriba del patrimonio.

Fue anfitrión de reyes, principes y jeques, y de jefes de Estado de todos los continentes, incluyendo el distendido recorrido que ofreció a Barack Obama en su visita a Cuba. Siempre dije a los amigos mutuos, que Eusebio Leal, con su prosa elegante y su dicción perfecta, era mucho más espectacular en lo que hablaba que en lo que escribía.

No obstante, fui leyendo todos sus libros a medida que iban saliendo. Solo uno, no sé por qué razón, dejé en remojo y lo lei hace unos meses. Se titula “Fiñes”, que es el nombre con que vulgarmente se les llamaba a los niños en la Cuba de antaño. En la primera mitad del siglo XX y hasta las décadas del sesenta y setenta, se hablaba de “fiñes”, equivalente acaso a nuestros chamaquitos.

En ese libro, compuesto de historias de su niñez, encontré una anécdota brutal, que sin embargo él contó con cierto humor. Tenía un perrito al que adoraba, molestoso para los vecinos, y sus padres un buen día decidieron deshacerse del can. El niño Eusebio Leal estuvo semanas buscándolo por los lugares donde le decían que lo habían visto, entre ellos la famosa “Quinta de los Molinos”, que fuera residencia de los capitanes generales y en tiempos del perro de Eusebio, no sé si era un museo o qué. Diez años más tarde, mis padres también entregaron a mi adorado perro a unos sicarios que decían haberlo soltado en la Quinta de los Molinos, y durante semanas, con once años, caminé de arriba abajo aquel lugar buscándolo. Nunca apareció. Esa historia me amargó la vida. Quizá menos que a Eusebio, pero me prometí escribirle para contarle que compartíamos, casi al detalle, el mismo trauma, con la Quinta de los Molinos de por medio. No lo hice y ahora me arrepiento,

Cuando esta mañana me llamaron para darme la noticia, aparte del golpe de tristeza, me quedé pensando adónde iría tanto conocimiento, tanto entusiasmo, tanta intuición cuando el cerebro naufraga. Eusebio Leal Spengler sabía la historia de todas las calles, todos los monumentos y toda la gente que los había hecho posibles. Conocía el Cementerio Colón de La Habana, como si toda la vida hubiera sido un muerto aventajado paseándose entre los muertos rezagados de la eternidad. Su sabiduría iba más allá de su ciudad natal, experto en la historia de otras ciudades cubanas y de casi todas las ciudades latinoamericanas.

Si lo ponían a hablar de los Estados Unidos, era capaz de dar largas disertaciones sobre Filadelfia o Nueva York. De Madrid conocía un mundo. Y de México igual, pues me consta que enloquecía a los agregados culturales de la Embajada cubana en la ciudad, pidiéndoles que lo llevaran de un lado para otro a fin de escudriñar exhibiciones, edificios históricos, tumbas de este y del otro.

Yo tenía 15 años cuando lo conocí. Él tan solo 25, pero ya dirigía impresionantes visitas guiadas por los museos habaneros. Una vez, estando en el Museo Napoleónico, aparentemente entretenido contando la historia de unos muebles, se volvió bruscamente hacia mí y exclamó: “Esos aretes son museables”. Se trataba de un regalo que me había hecho mi abuela moribunda por mis quince y que no pegaban ni un poquito con mi pobre ropa de los años duros.

Décadas más tarde, cuando coincidimos como jurados del Premio Casa de las Américas, en Cuba, le hablé de aquel encuentro y me dijo que no lo recordaba. Pero que esa forma de interrumpir una charla para reparar en un objeto antiguo, era típica de él.

En un artículo publicado hace dos años en la Smithsonian Magazine, se le llamaba “el hombre que salvó a La Habana”.

Fue condecorado infinidad veces, desde China al Perú. Y hasta que no se enfríe su cadáver, todavía tibio, La Habana no se lo va a creer. Solo asimilará su muerte al cabo de los días, cuando no vea pasar la guayabera blanca que contenía un pecho inteligente y puro, y un corazón atemporal como un reloj de arena.