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La expresión serena, la sensualidad sugerida y la proporción de su figura convirtieron esta escultura por mucho tiempo en ideal de belleza femenina. (Archivo)
La expresión serena, la sensualidad sugerida y la proporción de su figura convirtieron esta escultura por mucho tiempo en ideal de belleza femenina. (Archivo)

Dos mujeres misteriosas y de sonrisa tranquila descansan en el museo del Louvre de los flashes y de la ansiedad de los espectadores por verlas. La Gioconda y la Venus de Milo son tal vez las obras más famosas del museo francés, esas que generan remolinos de personas en sus respectivas salas.

A raíz del coronavirus, ahora todo es silencio en el antiguo palacio francés. Pero las elucubraciones e interpretaciones sobre la Venus de Milo continúan, avivadas por los 200 años que se cumplieron desde que el 8 de abril de 1820 se encontró la milenaria escultura cubierta de tierra y telarañas.

La identidad de la persona que la halló genera dudas hasta hoy. En muchas fuentes se habla del campesino Yorgos Kentrotas y en otras aparecen Yorgos Bottonis y su hijo Antonio. También se menciona a un albañil, Theodoros Kendrotas. La pala del misterioso descubridor dio con un nicho subterráneo, tapado con una pesada losa. Era una zona de ruinas en la isla de Milos, que forma parte del archipiélago de las Cícladas, situado en un lugar estratégico de Egeo. En 1820 pertenecía al Imperio Otomano.

La hermosa dama que apareció en las entrañas de la tierra pesa cerca de 900 kilos (1,984 libras) y está compuesta de varios bloques de mármol. Mide 2,11 metros de alto (6.9 pies) y deja caer el peso de su cuerpo curvilíneo sobre su pierna derecha, lo que hace que el hombro izquierdo y la pelvis se inclinen en sentido inverso. El cuerpo gira con sutileza en forma de S, en lo que algunos llaman "la curva de Praxíteles", por el famoso escultor clásico. Su cabeza parece pequeña en proporción al cuerpo, pero toda la figura -y también su leve sonrisa- genera una sensación de armonía y equilibrio.

Los músculos del hombro izquierdo de Venus sugieren que su brazo estaba alzado. ¿Se apoyaban en una base? ¿O sostenían una manzana que daría al héroe Paris? No lo sabemos, porque la estatua se encontró sin sus extremidades superiores. Otros dicen que sostenían una corona, un espejo o un escudo. Restos de brazos se encontraron cerca, así como el pedestal de la estatua.

En cuanto a los colores, la profesora titular de la UC Claudia Campaña explica que "no se descarta que fuera policromada. Sí se sabe que llevaba una diadema, una pulsera y pendientes, seguramente se las robaron porque en la estatua están las marcas y los anclajes para ellos".

Agitado viaje a París

La sala 16 -en el ala Sully del Museo del Louvre- es el lugar donde habitualmente se puede apreciar la Venus de Milo. Salvo durante la II Guerra, en que fue escondida en el castillo de Valençay (las fuerzas alemanas no se habrían percatado de su reemplazo por una copia de yeso).

Pero volvamos a 1820. Los primeros interesados en la escultura fueron Olivier Voutier y Dumont d’Urville, miembros de la marina francesa que por esos días atracaron en Milos. Ellos le habrían llevado la noticia al el Marqués de Rivière, embajador francés en la corte otomana. Hubo negociaciones y se envió un barco francés al Egeo. Tras algunas tensiones, la estatua partió rumbo a Francia.

Justo en ese período, las potencias europeas formaban colecciones de obras clásicas y el Museo Británico (fundado en 1753) publicitaba por esos días su "adquisición" de los Mármoles del Partenón. De ahí que la fama de la Venus de Milo no solo se deba a su delicada hermosura, sino también a la propaganda francesa. En esos años, tras la derrota de Napoleón, a Francia se le exigió la devolución de obras como la Venus de Médicis y el Apolo Belvedere, que fueron retornadas al Vaticano y Florencia. De modo que la llegada a París de la Venus fue recibida con gran algarabía.

La mentira

Dicen que los especialistas franceses, con el orgullo herido por la devolución de piezas a Italia y obsesionados con la etapa clásica de Grecia, vieron con cierta desilusión que el pedestal de la escultura, que también arribó a París, indicaba como autor a Alexandros de Antioquía, un escultor activo en los siglos I y II a. C. (Antioquía aún no se desarrollaba en la época clásica).

Con el paso de los días, la problemática base desapareció oportunamente y un especialista, De Quincy, celebró la obra como fruto del período Clásico (siglos V y IV a.C.) y la escuela de Praxíteles. El engaño duró hasta que el conde de Clarac llamó la atención sobre el desaparecido pedestal. No apareció, pero se empezó a dudar de esa datación.

Según estudios actuales, la escultura se creó entre el 130 y el 100 a. C. Y aunque procede de una época tardía de la Grecia Antigua (el período helenístico) su estética es más bien clásica. A juicio de la historiadora del arte Claudia Campaña, "la obra está esculpida según los paradigmas clásicos. Su expresión calma, las perfectas proporciones de la figura femenina y su tenue insinuación de desplazamiento guardan directa relación con la “Venus de Cnido”; de Praxíteles (siglo IV a. C.), quien contribuyó a definir el estilo clásico griego y la noción de lo bello, relacionándolos con el equilibrio formal y emocional que supone una contemplación plácida. El arte helenístico es más expresivo y dinámico".

Pablo Chiuminatto, académico de la Facultad de Letras de la UC, recuerda que "el tironeo por situar una obra antigua, de la cual evidentemente no podemos tener información que permita una decisión objetiva, no es solo un problema de esta pieza, sino que de toda la historia antigua y medieval, aunquehay excepciones". Según Chiuminatto, doctor en filosofía, "la disputa es en sí misma un tanto infructuosa, salvo para los investigadores especializados. ¿Cuándo comienza el helenismo y termina el clasicismo? Sin duda, no se trata de un check-list sobre si usa un peinado rizado, los pliegues en el peplo o el acabado del plinto. Soy un convencido de que las diferencias o los paralelismos hablan más de nosotros, de quienes admiramos y valoramos aún esa obra, que de los propios griegos antiguos".

Hermosa y vulnerable

Diosa del amor y la fertilidad, la divinidad griega que representa la escultura podría ser Afrodita (se la bautizó como Venus, su equivalente romana, al vincularla el dominio de Roma en Milos). Anfitrite, la diosa del mar tranquilo y esposa de Poseidón -muy popular en Milos-, es otra opción que se ha barajado. Lo que está claro es que la escultura representaba un ideal de belleza femenina.

Para Chiuminatto, "la Venus de Milo permite, aún hoy, comprender el valor que tiene en el contexto occidental la cosmovisión clásica. Representa un fragmento de la historia, de la cultura material, además de la artística y estética. Hay otras Venus, pero ésta vino a llenar las aspiraciones de una época que admiró e idealizó el mundo clásico y no solo su canon de belleza".

El académico explica que la Revolución Francesa "enalteció también el modelo democrático grecolatino, el imperialismo romano, asumiéndolos como parte de la herencia que funda Occidente. Basta observar cómo este tipo de obras y la fiebre por el coleccionismo -contrabando, también- fue asumido en esa época por los principales países europeos como parte de su política cultural".

"La obra ayudó a comprender, todavía mejor, lo que los griegos entendían por cánones clásicos, deidad y belleza femenina", acota Claudia Campaña. Además, la académica hace notar que el hecho de que la escultura no tenga brazos influye en que "se percibe algo indefensa e imperfecta, lo que genera en el observador un cierto deseo de protección y empatía". Bella, vulnerable y misteriosa, seguramente la Venus de Milo seguirá generando preguntas en el futuro, como lo ha hecho desde que fue desenterrada en una pequeña isla del Egeo.

La Venus y nuestro canon de belleza

Según la académica Claudia Campaña, el descubrimiento de La Venus de Milo ayudó a construir nuestra idea de mujer hermosa. "A partir del siglo XIX se estableció una suerte de culto a la belleza idealizada. Más aún, los 90-60-90 (35”-23”-35”) de esta altísima y curvilínea figura de mármol, guste o no, siguen vigentes y deseables para muchos (as)".

"!Cuántas cirugías estéticas se han realizado buscando un rostro joven y proporcionado, una nariz recta, unos pechos bien rellenos y simétricos¡", comenta la profesora de la UC. "Y no solo eso; esta imagen ha servido de modelo para definir lo sensual y lo erótico. Nótese que Venusfue representada con su pierna izquierda levemente levantada y, se supone, que cuando su extremidad baje caerá la tela que envuelve y cubre sus piernas y parte de sus caderas; el “monte de Venus”; o pubis incluso se insinúa. Así las cosas, el espectador espera ese desnudo total, fantasea con este".

Pablo Chiuminatto se refiere a su vez al "salvoconducto del arte". "El ideal de belleza, Afrodita, en este caso la diosa griega y su designación sincrética, Venus, romana, demuestra esa permisión que tiene lo antiguo respecto de la actualidad. Me refiero a que esa pieza de mármol blanco puede encarnar a la diosa del amor, pero una mujer desnuda, no puede ocupar la portada de ningún medio. Salvo si ha sido transportada, trasladada en el tiempo por el salvoconducto del arte. El ideal de belleza no tiene que ver solo con una hegemonía de ciertos rasgos, también debe entenderse en la lógica de la idealización que toda sociedad y cultura necesita".