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Corría la huelga de la Universidad de Puerto Rico y todo, hasta los desembolsos de los presupuestos, estaba paralizado. Sin embargo, el resultado de los talleres de arte que durante el pasado verano un grupo de estudiantes de la Escuela de Artes Plásticas de San Juan ofreció en la Comunidad Capetillo en Río Piedras, es muestra viva de que a veces basta algo de voluntad para que las cosas sucedan.

Hace varios años, como parte de una colaboración entre el proyecto CAUCE de la Universidad de Puerto Rico y la comunidad de Capetillo, se estableció el huerto comunitario que hoy administran y sostienen los integrantes de la comunidad. El espacio es una especie de pulmón verde, un reflejo de que -con un poco de cuidado- la naturaleza retoma sus espacios y como agradecimiento devuelve frutos y sustento.

Con los únicos $80 que sobraban de las ganancias de la venta de los productos orgánicos se logró comprar algunos materiales para que cinco estudiantes de un seminario titulado: “Arte, naturaleza y cultura”, pudieran ofrecer talleres en los que aprovecharan el entorno del huerto para la creación artística.

“El curso planteaba ideas en torno a cómo involucrar el arte con la naturaleza, con los ecosistemas. Queríamos explorar qué otros usos podía tener el espacio”, comentó el estudiante Lionel Cruet quien junto a Mariela Parrilla, Solimar Beníquez, Lireiza Rivera y Stephanie R. Cavina ofreció los talleres de arte desde mediados de junio hasta finales de julio en horario de 1:00 p.m. a 5:00 p.m.

“La UPR tenía unos fondos para trabajar con el huerto pero con la huelga no se podía entrar a buscar ese dinero. Entonces con el dinero de las últimas ventas trabajamos ajustes en los materiales y fuimos consiguiendo todo lo que necesitábamos. Como realmente estábamos trabajando con material rehusado y estábamos enfocados en una visión más de aprecio a la naturaleza pues lo pudimos manejar”, explicó Cruet.

El grupo trabajó talleres de experimentación con materiales reciclados, de creación de figura tridimensional y de creación de relatos. Había participantes, cuyas edades fluctuaban entre los cinco y los veinte años, que entraban y salían, cuidaban el huerto y compartían en ese pequeño espacio que ha cambiado las dinámicas de la comunidad. Allí además del huerto hay un pequeño salón donde los jóvenes y niños hacen sus asignaciones durante el año escolar.

“Sabíamos que habría mucho tiempo de ocio y con eso queríamos trabajar”, dice.

“Pusimos como fin desde el principio que lo que realmente queríamos trabajar era el desarrollo del individuo a través de un interés por el arte. Sembrar esa semilla del conocimiento porque si nadie les habla de esto, de que hay formas creativas de expresarse, de que no hay que ser artista para poder crear cosas no saben que lo pueden hacer”, destacó Cruet quien el pasado jueves presentó junto a sus compañeras, en la EAP, la documentación fotográfica del proceso en el que lograron integrarse en la comunidad.

“Es una comunidad que funciona como una familia, es un poco fuerte, los jóvenes se conocen desde pequeños y tienen sus propios códigos que nosotros debimos aprender para poder integrarnos”, cuenta Cruet quien espera que este tipo de iniciativas y lazos entre la escuela y las comunidades continúe.

“Podríamos trabajar en un mural o algo así en el futuro”, propuso el estudiante consciente de que en ese huerto sembraron muchas semillas de curiosidad que, con suerte, cosecharán mentes creativas.


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