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Dice la leyenda que una tarde cualquiera de 1830, la séptima duquesa de Bedford, Ana, pidió que le llevaran a su habitación té y algún aperitivo ligero. En ese entonces, en Inglaterra la comida se servía temprano y la cena hasta las 8 ó 9 de la noche. Por eso a la realeza le gustó tomar dicha bebida entre comidas y comenzó a repetirlo, sin faltar, todas las tardes.


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