Muchas personas están posponiendo su boda, lo que repercute en todos los servicios coordinados. (Shutterstock)

No fue que la novia dijo que no a último momento. Ni que entró en escena un personaje misterioso justo cuando el sacerdote decía: “Que hable ahora o calle para siempre”, en caso de que alguien tuviera razones de peso para evitar que se llevara a cabo el matrimonio, como en las películas. Tampoco fue que al novio le dio el frío olímpico y nunca llegó a la iglesia. Sencillamente, en cumplimiento con la orden ejecutiva emitida por la gobernadora de Puerto Rico, no hay bodas -del 16 al 30 de marzo- porque esos son eventos que congregan gente, pletórica de besos y abrazos, y en esta emergencia que vive el País -y el mundo- eso sería un acto potencialmente peligroso para la salud.

“Desde la semana pasada tomamos medidas en nuestras tiendas”, dijo Damaris Santiago, propietaria de D'Royal Bride, uno de los “bridal shops” más conocidos de la isla, donde se consiguen vestidos y accesorios para novias de marcas de prestigio. “Primero, encontramos resistencia en algunos casos, de clientas que querían seguir viniendo a su cita con un grupo grande de acompañantes. Y ya esta semana, se nos ha hecho difícil, en algunos casos, que las novias entiendan que no es que no las queramos atender, sino que a pesar de que sus trajes están listos, no se los podemos entregar porque no podemos abrir las tiendas. Somos gente de ley y orden, y hay que seguir la directriz oficial. Hemos venido a trabajar todos los miembros de mi familia para poner las tormenteras en el edificio y tomar medidas de seguridad para proteger el negocio mientras estemos cerrados, pero no podemos recibir público”, recalcó. “Estamos hablando de por lo menos 50 cancelaciones en este período de dos semanas, pero creo que todavía vienen más. Es que ya estaba empezando la temporada alta de bodas, que generalmente llega a su punto más alto durante los meses de mayo y junio”.

Ante el cambio de circunstancias, “estamos reprogramando todas las citas por teléfono”. Santiago recordó que a pesar de que este enero de 2020 las ventas estuvieron por debajo de lo usual por causa de los terremotos, al mes siguiente, en febrero, cumplieron exitosamente con todos sus números de ventas. Por esto la propietaria expresó sentirse positiva en que tan pronto la situación del coronavirus se estabilice en Puerto Rico, igualmente ocurrirá con su negocio. “La mayoría de las bodas no se han cancelado, se han tenido que posponer. Nosotros continuaremos ofreciendo nuestros servicios en modalidad remoto, es decir, por teléfono, mensajes de texto, a través de nuestra página de Instagram y correo electrónico. La salud y la seguridad de todos es primero”.

Por otro lado, Ana Agosto, coordinadora de bodas de la empresa que lleva su nombre -que acaba de llegar de Londres y Escocia para obtener una certificación para expertos en coordinación de eventos de alto nivel- confirmó que tres bodas que su negocio tenía en agenda para principios de abril, fueron pospuestas. “El papel del coordinador es crucial en situaciones como esta. Yo fui proactiva y logré trabajar las posposiciones, porque es normal que haya mucha ansiedad e incertidumbre”, señaló Agosto. “Sin duda esto trae un efecto bola de nieve, que repercute no solo en el cambio de la fecha de la boda y el hotel de la recepción, sino también con todos los demás proveedores de servicios, desde el que hace las flores, el bizcocho, los fotógrafos, videógrafos, las reservaciones para la luna de miel y así por el estilo”.

Para Agosto, “el impacto económico en la industria hotelera va a ser nefasto, porque aparte de que no se va a celebrar el evento, se afectan las ventas de alimentos y bebidas y suman las cancelaciones de reservas de habitaciones para grupos de bodas, de las que también se rescinde. En el caso de las bodas que se iban a celebrar próximamente”, abundó, “ya se tenía que haber pagado el booking fee y eso no se devuelve, aunque la boda fuera cancelada por causas ajenas a la voluntad de la pareja, como el coronavirus, así que para que no perdieran el dinero, me enfoqué en empezar a mover esos eventos de fecha. Mi trabajo es presentarle soluciones a los novios y sus familias”.

Inclusive, “en algunos casos la pareja va a tener que analizar si está dispuesta a sacrificar la calidad o su 'vendor' favorito, porque ahora, en la nueva fecha de la boda, ese ya no está disponible. Recuerda que para las bodas, normalmente, se separan los servicios hasta con un año o más de anticipación”.

Además, “hay gente que no va a poder cobrar hasta mucho después, cuando la boda se realice; eso lógicamente conlleva un descalabre económico para la persona. Tienes por ejemplo el caso de las flores. Las que se iban a usar en las bodas de ahora ya se habían ordenado, pero ya no se van a utilizar y las flores se van a morir de aquí a la fecha nueva. Es distinto a un repostero, que tal vez dos o tres días antes de la boda empezaba a preparar el bizcocho, aunque quizás también tenga que reinventarse porque quizás no perdió ingredientes pero sí la oportunidad de cobrar por un servicio en determinado momento”.

Por otro lado, Agosto asegura que un efecto no medible es el impacto emocional. “La pareja quizás eligió una fecha para casarse porque era significativa para ellos, porque era una buena época para viajar al destino de la luna de miel, o porque era la mejor temporada para reunir a toda la familia. Pero ahora nada de eso será posible y aunque te habías hecho ilusiones de ver esa familia que viajaría expresamente para tu boda, ya no podrá ser. Así que cuando vienes a ver, son muchas cosas. Es más complejo de lo que parece, aún cuando casi todo el mundo está posponiendo, no cancelando. Sin duda este año tendremos una temporada de bodas atípica y quizás con eventos más pequeños”, concluyó.


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