Unos viajeros caminan por el Aeropuerto Internacional John F. Kennedy en Nueva York, el 4 de marzo de 2020. (Chang W. Lee/The New York Times)

Por Max Fisher

Una de las preguntas más comunes que se les formulan a los expertos en salud acerca del nuevo coronavirus es una variación de lo mismo: ¿Cuán preocupado debo estar?

Se trata de una pregunta complicada por dos motivos:

El primero es que, aunque el conocimiento global acerca del COVID-19, la enfermedad causada por el nuevo coronavirus, aumenta cada día, aún hay mucho por saber. Por ejemplo, se cree que muchos casos son asintomáticos o presentan síntomas leves, lo cual dificulta medir el alcance de la propagación del virus o su mortalidad.

El segundo es que gran parte del riesgo no se debe al virus en sí mismo, sino a la manera en que afecta las sociedades que alcanza.

Es probable que la enfermedad no sea especialmente mortal para la mayoría de las personas; los funcionarios de la salud suelen ubicar la enfermedad en un punto dentro del rango de una influenza estacional inusualmente grave. Incluso en el caso de una pandemia global, se espera que mueran menos personas que con el virus de la influenza. Hasta ahora, la información sugiere que, si te contagias del coronavirus, tienes más probabilidades de no presentar síntomas en absoluto que de requerir hospitalización.

Se cree que el coronavirus es mucho más peligroso para las personas mayores de 70 años o con enfermedades preexistentes como la diabetes. Esto también es cierto en el caso de la influenza.

No obstante, la propagación de la enfermedad del COVID-19, junto con las medidas para contenerla, también provoca trastornos que ni el peor caso de influenza ocasiona. Desaceleraciones económicas, interrupciones en las cadenas de suministro, cierres de instituciones educativas, restricciones al tránsito público y políticas de trabajo en casa obligatorio; todas estas acciones tienen consecuencias, te enfermes o no.

Entonces, ¿cuán preocupado debo estar?

Permíteme responder con una anécdota personal. A principios de diciembre, enfermé y presenté síntomas que por casualidad se asemejaban a los de una infección grave por COVID-19. Estuve postrado en cama durante semanas con neumonía y, durante ciertos periodos, tuve dificultades para respirar.

Fue muy desagradable y problemático, pero me encontraba bien en general. Un par de visitas al médico y recetas médicas a tiempo garantizaron que los síntomas no constituyeran un riesgo grave.

Mis amigos y familiares me ayudaron a ponerme al corriente con mis obligaciones personales. Mis colegas hicieron lo mismo en el trabajo.

En total, el efecto neto de mi enfermedad a nivel social, económico y de salud pública fue insignificante.

No obstante, mis síntomas fueron soportables porque soy relativamente joven y no tengo enfermedades prexistentes. De otro modo, habrían requerido de hospitalización o habrían representado un riesgo de fallecimiento.

Además, las consecuencias sociales de mi enfermedad fueron mínimas porque solo soy una persona. Como hemos visto a partir de la propagación del coronavirus, cuando una comunidad es afectada por miles o decenas de miles de casos a la vez, hay riesgos sistémicos que una enfermedad como la mía no presenta.

Las acciones gubernamentales para limitar la propagación del coronavirus pueden aumentar esa carga.

En Italia y Japón, los cierres de las escuelas han provocado que los padres se queden en casa y no trabajen durante varias semanas seguidas. Eso ocasiona un costo financiero para las familias que necesitan faltar al trabajo o contratar a una persona que les ayude, además de un costo educativo para los niños que no asisten a clases.

Las restricciones al tránsito y otras medidas representan más dificultades, en especial para quienes trabajan medio tiempo y no tienen días libres con goce de sueldo. Todo se acumula.

Las alteraciones económicas también pueden ser graves. Uno de mis vecinos trabaja para una empresa que manufactura electrónica de consumo; otro para una empresa mundial de mercadotecnia. Algunos son médicos.

Si de pronto nuestros empleadores se vieran afectados por una escasez de personal al mismo tiempo, aun si tuviera una duración de solo un mes más o menos, las consecuencias económicas aumentarían con rapidez.

Si las interrupciones en las cadenas de suministro empeoran, podría volverse más difícil encontrar productos que necesitan de piezas o materiales que provienen de los países afectados, que, en un mundo globalizado como el actual, podría tratarse de cualquier producto.

Así como el efecto directo del virus en tu salud depende de tus características personales, como tu edad, cualquier riesgo sistémico de un brote también varía con base en tu contexto personal.

Si vives en un lugar con un gobierno capaz, además de un sistema de salud y recursos económicos abundantes, es probable que el riesgo para tu salud sea menor. El Estado estará en mejores condiciones para absorber cualquier carga social y económica, y para garantizarte un cuidado apropiado si enfermas.

Como en Italia y Japón, los habitantes de los países más ricos también podrían confiar en la ayuda financiada por el gobierno.

No obstante, si vives en un lugar donde el Estado y la sociedad funcionan con menor eficacia, es probable que las consecuencias sean mayores… y que la carga sea transferida a cada familia. Una desaceleración económica también podría ser más intensa y duradera.

Tal vez, entonces sea más sencillo pensar que esto no es tanto un cambio radical en las circunstancias globales, sino una profundización de una de nuestras tendencias con mayores consecuencias de la época, en la que la gente acaudalada está bien protegida, mientras que las cargas son transferidas a los más pobres y a la clase trabajadora.

En otras palabras, una historia de inequidad más antigua que el nuevo coronavirus.

c.2020 The New York Times Company


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