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La gestora cultural Camille Vandenbunder llegó a la isla y no se quiso marchar

Esta historia comienza en el tope de un monte en Hazebrouck, una pequeña ciudad ubicada en la región francesa de Norte-Paso de Calais, muy cerca de Bélgica. Allí, había una casa hecha de ladrillos, que su dueño fue reconstruyendo durante años utilizando sus destrezas de carpintero. Alrededor de la casa se observaba una extensa explanada y, a lo lejos, las montañas de Bélgica, un paisaje donde se podía dejar ir la mirada al horizonte durante horas. Hacía frío durante diez meses al año y casi todo el mundo se conocía. La casa tenía su historia. Durante la Segunda Guerra Mundial, por su ubicación y altura, había servido de observatorio para preveer la entrada de los alemanes que invadirían por esa zona. Muchas partes de ese pueblo fueron campos de batalla, y hoy día hay muchos cementerios militares y algunas de las personas más viejas recordarían durante décadas ese periodo de guerra tan intensamente vivido.

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